Autor: Luis María Beccar Varela

  • La Libertad en el Estado de Derecho

    Los Estados que respetan la libertad individual tienen pocas leyes, pues entienden que el bien y la virtud no pueden ser obligatorios ni practicados por la fuerza.

    Es más que sabido que practicar el bien, conlleva paciencia y abnegación a perjuicio inmediato de uno mismo, en consecuencia cada uno será libre de decidir si lo ha de practicar o no, cómo sería: perdonar un deudor, pagar más de lo acordado, ayudar a un pobre mal agradecido, curar a un enfermo sin exigir nada a cambio, etc.

    Esto dicho queda más que claro que la única persona que puede imponer tal generosidad, paciencia o abnegación eso sobre vos, eres vos mismo, pues nadie puede obligarte a violar tu libertad y tus propios derechos contra vos mismo.

    Practicar el bien, no se limita a la honestidad

    Ser bueno es practicar el bien, y practicar el bien no es solamente evitar al mal o el crimen. Eso es ser meramente honesto, pues evitar el mal y el crimen son obligaciones de todos, sin las cuales no existe paz ni progreso social alguno.

    Ser bueno, implica ser virtuoso, renunciar a mis caprichos, preferencias o egoísmos, ya sea en orden a agradar a Dios que nos pide actos de piedad, respeto, obediencia, ya sea con el prójimo de igual modo por amor a Dios, siendo paciente, caritativo, dar sin esperar recompensa ni exigir… etc.

    Por fin, realizar esfuerzos o sacrificios por cumplir con mis obligaciones en relación a mi persona y de aquellos por los cuales soy responsable, no es un acto de virtud, es ser responsable de mis decisiones y de mis actos. Cuidar de los niños, educarlos y en gran medida también cuidar de nuestros padres que han hecho lo mismo con nosotros, es asumir nuestra responsabilidad en ésta vida.

    Así dice un salmo: “Siervo inútil soy, solo cumplo con mis obligaciones”… en tal contexto, en la parábola de los talentos, el servidor que enterró su talento, fue meramente “honesto” y fue condenado por no ser virtuoso, bueno, agradecido con su Señor.

    Así, la mera honestidad es el piso, la base sobre la cual debemos construir el bien.

    Obligar al bien, es un atropello ante Dios y los Hombres

    Imponer el bien por ley, es un atropello ante Dios, que nos ha dado la libertad para hacer el bien y ganar méritos ante Él, ya sea aprendiendo a dominar nuestras malas tendencias al orgullo, egoísmo o sensualidad, ya sea siendo pacientes, caritativos y generosos con los demás, pues Dios es paciente y caritativo con nosotros a pesar de nuestras fallas con él.

    Tambíen es un atropello ante los hombres, imponer pequeñas o grandes cargas a los demás, pues es violar la ley de oro: No hagas a los demás lo que no quieres que los demás hagan contigo.

    Sin duda uno puede perdonar a un deudor una pequeña o gran deuda, pero nadie me puede obligar a hacerlo, a perdonarlo sin que sea un robo. Del mismo modo otro puede pagar un sueldo por encima de lo acordado, pero nadie puede obligarlo sin que sea una extorsión, un atropello y en consecuencia otro robo.

    Así sucesivamente, aquel puede donar parte de su fortuna a una casa de caridad, pero nadie lo puede obligar por ley, sin duda es otra extorsión.

    Sin Libertad no existe motivo alguno para practicar el bien

    Sin libertad toda ley, moral o regla no tiene sentido, como también perdería todo propósito, toda idea de mérito o demérito, de premio o castigo de bien o de mal. Sin ella pasaremos a ser autómatas o esclavos de nuestros propios instintos y pasiones.

    La libertad abre el camino a la existencia de la razón, de la conciencia, del ser mejores que los bichos y bestias del campo. Abre el camino a la filosofía y a comprender la moral objetiva sobre la cual es posible la paz y la convivencia humana, dentro de un marco, sino perfecto, al menos razonable, comprensible y lógico, pues al conocer nuestras propias necesidades, preferencias y gustos, comprendemos las de los demás.

    Ahora, bajo un prisma cristiano, Dios ha dado la libertad al hombre para que éste pueda tener mérito ante Él y de ese modo ganarse de forma meritoria el premio eterno, así la libertad es un don esencial o primordial al hombre.

    La libertad bien llevada nos dignifica, nos engrandece y nos hace crecer ante Dios, ante los hombres y nosotros mismos, gran parte de nuestra autoestima es tener conciencia de nuestros buenos actos, y sin duda muchas depresiones, agustias y temores, es tener noción más o menos clara de nuestras irresponsabilidades, excesos, atropellos, etc.

    Así la grandeza, la dignidad y la gloria del ser humano se basa en su misma libertad de optar por el bien y rechazar el mal. Así en el orden de la naturaleza humana, esta primero la vida, la libertad y luego la salvación o perdición del hombre, pues tal salvación se dará en la medida en que uno responda el llamado cristiano: “si tu quieres, toma tu cruz y sígueme”, es decir, no serás meramente una persona honesta, pero pasarás a hacer el bien.

    Sin duda el mundo material está regido por el mundo inmaterial de las virtudes o vicios nacidos de la mente humana. Así la madre de todas las batallas se traba en el mundo de las ideas, de los principios, y en consecuencia seremos libres, justos, dignos y razonables o no lo seremos de ningún modo.

    Todo punto intermediario, es un punto conflictivo que acaba mal, o el hombre goza de buena salud, o toda enfermedad que no es bien tratada, es un punto intermediario hacia la muerte.

  • Ley Natural y Ley Divina

    Hay una infinitud de disputas económicas, sociales o religiosas entre los cristianos que nos dejan atónitos, pues no es fácil entender cómo gente con el mismo Maestro pueden ser tan radicalmente contradictorios: unos son capitalistas liberales y otros marxistas totalitarios.

    Tal contradicción se da, en gran medida, porque casi toda la literatura cristiana habla de la ley natural y la ley divina como si fueran lo mismo. Si bien es verdad que la ley divina vino a perfeccionar la ley natural, también es verdad que hablar de ambas sin tener claro el propósito de cada una, es abrir la puerta a todo tipo de problemas.

    Así urge comprender a quienes, y a qué obliga cada una.

    1) La Ley Natural es la primera, fundamental y universal. Su cumplimiento hace al hombre agradable a los otros hombres, dictando el respeto por la vida, la libertad y la propiedad de los demás, sin lo cual la sociedad se hunde en el caos y el crimen.

    La Iglesia la promueve de forma universal, independientemente de costumbres, credos, etnias o culturas, pues tanto el ateo como el creyente tienen iguales derechos a su vida, su libertad y en consecuencia al fruto de su trabajo, sin lo cual el hombre pierde su dignidad, su iniciativa y su misma razón de ser.

    2) Ley Divina es únicamente aplicable a los creyentes, y su cumplimiento nos hace  agradables ante Dios, exigiéndonos ya sea la castidad, la caridad, la humildad y una gran lista de virtudes y sacrificios en vista a la salvación individual.

    La Iglesia la propone al individuo como una renuncia voluntaria de sus comodidades o derechos, para seguir a Cristo:  “Si tú quieres toma tu cruz y sígueme”, en consecuencia la única persona que puede obligarte a practicar actos cristianos, eres vos mismo.

    Así queda claro que, la Ley Divina es para quien la quiera cumplir cuando y como quiera, y de aquí que deriva el mérito de sacrificar tu tiempo, tus derechos, placeres o intereses en orden a una promesa para muchos incierta: “Yo seré tu recompensa demasiadamente grande”.

    Los problemas surgen naturalmente, pues como los cristianos aspiran a sacrificios y virtudes que a otros no les interesan, fácilmente caen en la tentación de delegar al Estado la tarea de imponer estas supuestas virtudes a todos, como puede ser la “Justicia Social con los Pobres”, los supuestos “derechos humanos, laborales, infantiles, etc.” y cuando nos damos cuenta, ya hemos perdido la libertad, la familia, la propiedad, la cultura, la privacidad y probablemente hasta la misma libertad religiosa.

    Todo por olvidar lo fundamental: Si ni Dios te puede obligar a practicar la virtud o la santidad, mucho menos el Estado, pues la única persona que puede obligarte a hacer el bien eres vos mismo.

    Por otro lado, existen los consejos evangélicos, que nos invitan a ofrecer la otra mejilla, a no reclamar lo nuestro, amar a nuestros enemigos, a dar bien por mal, o mejor aún a dar sin esperar recompensa = ¿impuestos, regulaciones y expropiaciones?

    Ahora bien. Cuando el Estado te obliga hacer tales cosas, entra en flagrante contradicción con su misión primordial de hacer valer y respetar la Ley Natural ya sea robando el fruto de trabajo, anulando tu patria potestad, tu cultura, tus credos y así ya no más el garante ni de tu libertad ni mucho menos de tus bienes.

    Esta confusión explica por qué muchos cristianos (y no cristianos) bajan la cabeza mansamente ante atropellos y abusos sin resistencia alguna, “es justo que yo siendo rico sea obligado a dar mi ganancia a los pobres”, “siendo cristiano tengo aprender a ser tolerante con travestis y la ideología de género infantil” o “habiendo heredado tierras o empresas, es justo que la divida con los piqueteros o los sindicalistas”, y la lista es de no acabar. 

    Ciegos guiando a ciegos, a tal punto que hasta Francisco y el clero en general, con raras pero gloriosas excepciones, no están exentos de caer en estos abusos de una forma u otra, reinterpretando los evangelios a gusto del poder: “La lucha de Cristo por los pobres, la justicia social, o el derecho de los niños a la…” o lo que fuera.

    Conclusión: Sin libertad real, no existe humanidad, bondad ni virtud. Sin libertad seremos como robots a servicio de estados totalitarios. La libertad no es secundaria al ser humano. Es absolutamente primordial, pues el hombre depende de ella, tanto para su progreso mental, material como espiritual.

    Que Dios se apiade de todos nosotros.

  • Jesucristo y la “Justicia Social”

    Hay una idea muy en boga, que se expresa en términos cada vez más dogmáticos tanto en círculos académicos como religiosos, de que los cristianos serían comparables a los talibanes en la medida que tengan una opción preferencial por Dios por encima de todas las cosas, incluyendo al prójimo en general y a los pobres en particular. El cristiano “culto o equilibrado” debería dejar de lado tales fanatismos.

    Infelizmente no son pocos los pastores que buscan reinterpretar los evangelios apuntando a un Cristo más filantrópico, humanitario, con una “Opción Preferencial por los pobres” con el fin de formar una sociedad más equitativa y humanitaria.

    ¿Pero se ajusta tal interpretación de Cristo, a la realidad evangélica?

    Los Evangelios nos cuentan que un hombre se acercó a Jesus y le pidió: “Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo. Jesús le respondió: Hombre, ¿quién me ha constituido a mí como Juez o árbitro entre vosotros?” (Lucas 12:13-33). A Cristo no le interesa esa disputa y de inmediato pasó a hablar sobre un hombre que mandó agrandar sus graneros y cuando los llenó, murió. Luego advierte: “Así será el que junta riquezas para sí mismo y no es rico ante Dios”.

    Si Cristo tuviera alguna simpatía por lo que hoy se define como la “redistribución de la riqueza”, o la “lucha contra las grandes concentraciones del capital”, el momento que se presentaba era el ideal para decir algo en ese sentido. Muy por el contrario, en este trecho evangélico, conocido como “la parábola del rico insensato” Cristo pone el foco en otro lado.

    Preferencial quiere decir “primordial, prioritario, preferible, antes que”, y también se relaciona con “esencial o fundamental”. En varios pasajes de los Evangelios Cristo nos explica de forma inequívoca cuáles son sus “Opciones preferenciales”: 1) Amar a Dios sobre todas las cosas, 2) Amar a tu prójimo como a ti mismo, 3) Buscar el reino de Dios y su justicia.

    Nuestro Señor Jesucristo explica quién es el “prójimo” en la parábola del Buen Samaritano. El malherido de esa parábola era un hombre que “fue despojado de todos sus bienes y dejado medio muerto por el camino”. Si tenía bienes para que lo despojen entonces no era un pobre. El Buen Samaritano de la parábola no ayudó a un pobre sino a un comerciante viajando. En esta parábola Jesús enseña que la caridad debe dirigirse a todos los prójimos, pobres o ricos.

    Lázaro, con el cual Cristo tenía una excelente relación de amistad era una persona muy rica de Israel, lo mismo María Magdalena, sin duda las advertencias a los ricos no es por la riqueza en sí, más por amar y confiar más en las riquezas que en Dios.

    Para el cristiano la caridad con el prójimo es parte esencial del mandato de Jesús, y sirve además para hacernos merecedores de la misericordia Divina. “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Así como Dios ayuda a éste pecador que soy yo con su gracia y su paciencia, Dios quiere que yo ayude a otros pecadores también, con bondad y diligencia por más ricos o pobres que sean. 

    Bien decía San Agustín: No existe caridad sin justicia, pues la caridad es antes de todo en orden a Dios.

    En consecuencia toda ayuda a los pobres que tenga un fin meramente humanitario o mundano, no es ni puede ser caridad cristiana, más bien en muchos casos es abominable ante Dios, de aquí las condenas al marxismo y sus derivados, peronistas, socialistas, chavistas etc.

    Cristo ha dejado de ser la autoridad final en nuestra vida, para ser otro “compañero” tan preocupado por la prosperidad de la humanidad o del planeta, como cualquier otro. Ya no es un ser superior o sagrado al que hay que temer, sino un amigo comprensivo, tolerante y poco celoso de sus consejos, leyes o derechos.

    En consecuencia, hemos perdido enormes beneficios sociales conquistados con siglos de luchas y esfuerzos para conformar la sociedad según Dios, “venga a nosotros tu reino”, en materia de jurisprudencia, derecho, educación, respeto por la vida, la libertad y la propiedad, hoy bajamos los brazos para acomodarnos a un discurso aceptado tanto por los enemigos de Cristo como por sus supuestos amigos o representantes, colocando al Pobre en lugar de Dios, que no es necesariamente un modelo de virtud, benevolencia o sabiduría, más bien un potencial resentido, muy útil para la violencia y la corrupción política.

    Así los gloriosos restos de “cristiandad?” van siendo destruidos por la ley de la selva, degenerando en conflictos sin fin y sin sentido alguno.

    Pobres contra ricos.

    Hijos contra padres

    Alumnos contra profesores.

    Mujeres contra hombres.

    Negros contra blancos.

    Estado contra el pueblo.

    Conflictos tan destructivos de la felicidad y prosperidad humana, como falsos son aquellos que dicen buscar su progreso y bienestar, colocando al hombre pobre y sus caprichos, por encima de Dios y su justicia.