La Botella al Mar – Página 206 – No es tolerable sufrir, sin réplica, la lluvia de mentiras, errores y banalidades que caen sobre nosotros desde todos los medios de difusión.

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  • Último desprecio al Rey

    Constantino II de Grecia ha fallecido el 10 de enero pasado y el Gobierno le ha negado cualquier tipo de honores no obstante haber sido el último rey de los helenos. Sin honores de Estado, sin honores militares, sin honores al deportista destacado que ganó una medalla de oro para su querida Grecia en los Juegos Olímpicos del año 1960, sin la presencia del Primer Ministro, sin que se haya declarado duelo nacional y sin ninguna bandera a media asta, han sido las ordenes impartidas. Incluso prohibieron el uso en público de la bandera real y cualquier signo similar. Sólo se permitió que sus restos mortales fueran enterrados en la casa que el Gobierno Helénico le robo hace años a la familia real, donde se encuentra el cementerio real en los bosques de la finca de Tatoi, después de un funeral como cualquier ciudadano común y corriente.

    Constantino II fue enterrado vestido de civil, sin ningún protocolo militar en los ceremoniales, por la negativa expresa del Gobierno, siendo el ataúd portado por sus tres hijos varones y nietos, y no por la Guardia Presidencial, los famosos Evzones como habría correspondido a una persona de su altura.

    La negativa del Ejecutivo a dar carácter de Estado al funeral es en realidad coherente con lo que ha sido un historial de agravios ilimitados por parte de la clase política griega hacia la familia real, hasta el punto, de que a pesar de que la bandera nacional cubrió el ataúd de Constantino II, murió sin haber recuperado su nacionalidad originaria, que le fuera despojada a través de una ley. 

    Sin embargo, a pesar de las prohibiciones del Primer Ministro y que dejó de ser soberano de facto en 1974, cuando Grecia adoptó la República circunstancialmente a través de un referéndum, el pueblo ha dicho otra cosa y ha llenado las calles para rendir un ultimo homenaje a su  rey, que tanto quiso a Grecia y su gente y a la amplísima representación de miembros de la realeza que asistieron a despedirlo. –

    El funeral se ofició en la Catedral Metropolitana de Atenas, a puertas cerradas y presidido por el arzobispo Jerónimo II, la máxima autoridad de la Iglesia ortodoxa griega, después de una capilla ardiente instalada en San Eleftherios, para que los ciudadanos venidos de todas partes del país pudieran despedirlo tras largas filas de espera, con banderas y fotografías de Constantino, mientras entonaban el himno.

    Se ha despedido al último Rey sin honores de Estado ni rango oficial alguno, pero con el cariño y reconocimiento de su pueblo a quién tanto quiso y qué cómo recordó su hijo mayor, repasando las facetas de su padre: “Rey, padre, olímpico, ha llegado el día de la separación de nuestra madre y de tus hijos”.

  • La magnanimidad y el diálogo

    La magnanimidad es en cierto sentido la virtud del futuro, la gran virtud del futuro. Como el mundo se amplía, como vamos a tener que convivir con mucha gente de otras razas, de otras mentalidades que se encuentran en otras fases del desarrollo cultural, etc., como la convivencia en todos los niveles, en todos los campos se está haciendo cada vez más intensa, la vida se va a hacer invivible si nuestra capacidad afectiva no se dilata. Es necesario que nuestra capacidad afectiva se dilate, que se agrande. Pero no se trata de una ampliación meramente cuantitativa, porque se trata de una virtud, de una perfección. […] La magnanimidad, según la tradición filosófica, teológica y moral, es una virtud que se coloca en la prolongación de la virtud de la fortaleza. La valentía, la fortaleza es una virtud de lucha, es decir, el magnánimo es aquél que sabe enfrentarse con lo grande y luchar por las cosas grandes, y eso es necesario que se forme poco a poco: es una virtud. Porque no es fácil tener visiones grandes, no es fácil extender nuestra mirada para que incluya también lo distinto, lo otro. Es muy fácil quedarse en lo propio, es muy cómodo reducir lo otro a lo propio, pero no es cómodo, no es nada fácil incluir lo otro y mantenerlo como otro. […] Dialogar con el otro significa ampliarse, desarrollarse, perfeccionarse. Cuando el hombre empieza a conocer las cosas, cuando se abre a nuevos horizontes, ya en la primera fase, al encontrar lo otro, un panorama nuevo, tiene dificultades, grandes dificultades; lo que llaman los franceses la puissance d’accueil, es decir la capacidad de recepción intelectual, exige mucha capacidad de lucha. La gente débil no es capaz de ensanchar sus horizontes, la gente enferma, anciana, agotada, nerviosa, etc., no tiene mucha puissance d’accueil, es necesaria mucha fuerza para que el hombre se abra. Esos horizontes están poblados de cosas distintas y diversas que chocan. Lo diverso choca. Piensen ustedes por ejemplo en la tremenda fuerza igualitaria de la moda, en la intolerancia que se tiene por lo distinto. […] no se aceptan actitudes de las cuales se sabe que no van a ser aceptadas por la gran mayoría. El hombre es conformista, porque el conformismo es tremendamente cómodo.

    […]

    De ahí un lindo pensamiento que se encuentra en los Padres orientales, sobre todo en San Juan Crisóstomo, que dice: “no hay humildad sin magnanimidad, pero no hay orgullo sin pusilanimidad”. […] La “magnanimitas” es virtud de ánimo grande, la “pusillanimitas” es actitud de ánimo pequeño. Hoy la pusilanimidad es sinónimo corriente de la cobardía, de la timidez o de la falta de ánimo, pero originalmente significa “pequeñez del ánimo”. El que tiene ánimo pequeño no está en condiciones de enfrentar situaciones grandes […] El orgulloso que vive en un mundo falso, en una realidad falsificada, no puede sino ser pusilánime por dos razones, por dos aspectos como causa y efecto: la persona pusilánime no se encuentra con la realidad, no establece la verdadera apertura con la realidad, con la creación, con Dios, entonces se encierra en su pequeño mundo, busca las vastedades cósmicas dentro de su universo falsificado. La pusilanimidad es consecuencia del orgullo, y por otro lado, es efecto también del orgullo porque aquél que vive en su universo falso, teme ir afuera, entonces todo lo que rompe ese universo falso lo acobarda, lo desmoraliza.

    por Emilio Komar, La estructura del diálogo, Buenos Aires: Sabiduría Cristiana, 2007, p. 22-23; 83-84

  • Fueguitos por todas partes

    La serie me pareció aburrida aunque tiene el atractivo de estar ambientada a 10 minutos de mi casa. Y los pensamientos que se desataron en mi mente no tienen nada que ver con el contenido. Pero el nombre, oh el nombre, (del libro en el que se basa) se me quedó pegado como un chicle de la vereda en la suela del zapato. Porque hay gente que mira el mundo a través de los cristales del Señor de los Anillos, y tienen mucha razón al ver cómo avanza la nube oscura cubriendo todo. Pero también hay miles de fueguitos por todas partes. Este blog es uno de esos fueguitos. Y si uno mira detenidamente, se ven muchos, muchos, muchos fueguitos (y algunas hogueras) dando luz y calor, por todas partes. 

    ¡Vamos pirómanos! ¡A seguir con esta pasión incendiaria! 

  • Sorpresas de la vida (porteña)

    Que en medio de la oleada cultural anticristiana que experimentamos en nuestro querido país un productor teatral de la Ciudad de Buenos Aires apueste por una obra que presenta una discusión sobre la Fe entre un ya anciano y enfermo Sigmund Freud y el fabuloso escritor inglés C. S. Lewis, y que además las localidades estén agotadas, es para mí una prueba de que por debajo de la fachada de la  posmodernidad corren aún ríos subterráneos de anhelo de Verdad y profundidad.

    La última sesión de Freud, de Mark St. Germain, se propone mostrarnos el posible diálogo que tuviera lugar en la residencia londinense del fundador del psicoanálisis en los albores de la Segunda Guerra Mundial, cuando éste recibe la visita del ya por entonces encumbrado autor de las Crónicas de Narnia.

    Freud, un ateo empedernido, no concibe que una persona en apariencia inteligente y bien formada como Lewis haya sucumbido a la superchería de la fe religiosa, tal como él la interpreta. Lewis, que habiendo sido ateo atravesó un proceso de conversión,  argumenta una y otra vez sobre la plausibilidad de la existencia de Dios y sobre su acción en nuestras vidas. Asoma una y otra vez el tema del misterio del mal,  así como los clásicos tópicos freudianos de la culpa, la vergüenza y la pulsion sexual.

    Estamos frente a líneas de razonamiento que corren en paralelo y ninguno de los dos está dispuesto a conceder algo al otro.

    Sin embargo, la escena final de la obra nos muestra a Freud solo y “entregado”, a instancias de Lewis, a la experiencia casi mística de la música,  que él siempre había desdeñado por considerarla irracional e incómoda, tal como a la Fe. Esa escena es un guiño a la apertura a lo Sagrado, que quiera Dios Freud se haya permitido al menos en esa fase final de su vida, atravesada por el dolor físico de su enfermedad terminal y también moral, por el avance del Nazismo en Europa y el retorno de la guerra.

  • Las palabras ambiguas invitan las malas acciones

    Uno de los consuelos de estudiar filosofía es darse cuenta de que el aforismo francés plus ça change, plus c’est la même chose —cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual— describe con precisión gran parte de la historia de las ideas, especialmente en el campo de la moral y la política. Es tentador sentir que vivimos en una era de locura sin precedentes, tan desconectada de la realidad que solo puede significar que el fin del mundo está cerca. Pero la locura y la negación de la realidad tienen un legado largo, aunque menos augusto, que vale la pena recordar. De hecho, podemos remontarnos al nacimiento de la filosofía misma.

    Sócrates (470-399 a. C.) pasó gran parte de su tiempo debatiendo con sus interlocutores sobre el significado de las palabras. Siempre buscó claridad en las definiciones. Sus interlocutores, a menudo con prisa por terminar la conversación, casi invariablemente querían dejar los términos lo más ambiguos posible. En un diálogo, por ejemplo, Sócrates se encuentra con un tipo llamado Eutifrón que tiene prisa por procesar a su propio padre en los tribunales atenienses por un crimen contra la “piedad”. Sorprendido por el celo de Eutifrón, Sócrates responde que él seguramente debe estar bien versado en el significado de “piedad” y haber pensado muy cuidadosamente en su aplicación para justificar esta escandalosa falta de respeto filial. Eutifrón le asegura a Sócrates que él es, de hecho, un experto, lo que lleva a Sócrates a realizar un examen dialéctico del significado y la justificación del término, que pronto revela que Eutifrón no tiene la menor idea de lo que está hablando.

    Este tema, la necesidad de establecer significados objetivos y precisos para palabras que no pueden reducirse a los caprichos de los poderosos, es un hilo conductor en los diálogos socráticos. Sin embargo, tiene mucho más que una importancia histórica. El sentido de las palabras —o, mejor dicho, su falta de sentido— sigue causando grandes estragos en la vida individual y social. Tomemos, por ejemplo, estos tres bon mots que han llegado a dominar nuestra propia cultura moral y política:

    1. Mi cuerpo, mi elección.

    2. El amor es amor.

    3. Un hombre puede ser una mujer.

    Con un efecto talismán, estas afirmaciones encantadas han alcanzado el codiciado estatus de “sentido común” en nuestra época, tanto que cuestionarlas inmediatamente invita a rabiosas acusaciones de enfermedad mental (estar infligido con una “fobia”) o mal carácter (estar lleno de “odio”). Sin embargo, arriesguémonos al oprobio y preguntemos, al estilo socrático, ¿qué significan realmente estas declaraciones? (Y tengan en cuenta: las siguientes críticas están dirigidas a las ideas que contienen estas declaraciones, no a las personas que las sostienen).

    Tome el primero: “Mi cuerpo, mi elección”. Estas palabras ostensiblemente constituyen evidencia dispositiva de que las mujeres tienen un derecho inviolable a procurarse un aborto. Sin embargo, como la comunidad pro-vida ha estado observando durante mucho tiempo (y pacientemente), un “cuerpo” tiene una definición fija, tanto biológica como conceptualmente. Podemos decir, por ejemplo, que una definición razonable de un cuerpo humano es un individuo cuya existencia física contiene exactamente el mismo marcador bioquímico único (ADN). Podríamos agregar que el cuerpo de uno también se define como una unidad de partes, por ejemplo, una cabeza, un cerebro, un corazón, etc. Si esta es la definición de “cuerpo”, entonces los defensores de la vida pueden estar de acuerdo en el principio básico, “El cuerpo de uno, la elección de uno”. Sin embargo, eso también apunta al hecho obvio —sí, obvio— de que el niño por nacer, sin importar su etapa de desarrollo fetal, no es “el cuerpo de uno” y, por lo tanto, según la lógica de la afirmación, no es “la elección de uno”. El mismo error de definición también está presente al llamar al aborto un tema de “derechos reproductivos”; biológicamente hablando, el aborto solo se convierte en un problema después de que ya ha tenido lugar la reproducción, es decir, después de que ya se ha formado una vida nueva y única. De hecho, abogar por un derecho reproductivo al aborto es racionalmente análogo a reclamar el derecho de aquellos que están fuera del útero a elegir no nacer. Es un poco tarde para eso.

    ¿Qué tal el término “Amor es amor”? Aparentemente, estas palabras significan que las personas (a) tienen atracciones sexuales inherentes sobre las que no tienen elección y (b) por lo tanto, deberían poder expresar esas atracciones participando en actos sexuales con quien deseen, siempre que exista un consentimiento mutuo. Sin embargo, si ese es el caso, esta afirmación tautológica no solo autoriza moralmente la actividad sexual entre personas del mismo sexo biológico; también autoriza moralmente la actividad sexual entre miembros de la misma familia biológica, incluida la familia biológica inmediata. También autoriza moralmente los actos sexuales con cualquier cosa que carezca de autonomía, incluidos los animales. Estas son las implicaciones inevitables de tomar “Amor es amor” al pie de la letra.

    También hay problemas con la afirmación “Un hombre puede ser una mujer” (o “Una mujer puede ser un hombre”). Teniendo en cuenta las falsedades biológicas que contiene (decididamente no es “seguir la ciencia”), la afirmación viola las tres leyes clásicas de la lógica mutuamente implicativas, los principios racionales que hacen posible que la mente humana comprenda y evalúe cualquier concepto en cualquier momento: (1) la ley de identidad (una cosa es lo que es), (2) la ley de no contradicción (una cosa no puede ser ella misma y su opuesto al mismo tiempo de la misma manera), y (3) la ley del tercero excluido (una cosa es ella misma o no es ella misma). La afirmación “Un hombre puede ser una mujer” viola la primera ley al afirmar que las definiciones de “hombre” y “mujer” no son fijas y, por lo tanto, no tienen un significado objetivo; viola la segunda ley al afirmar que una persona humana puede ser una cosa (un hombre) y el anverso biológico de esa cosa (una mujer) al mismo tiempo y de la misma manera; viola la tercera ley al afirmar que un individuo puede ser él mismo y no ser él mismo al mismo tiempo. En resumen, la declaración es una tontería biológica, gramatical y lógica, algo que la Congregación para la Educación Católica del Vaticano también ha señalado:

    “Los esfuerzos por ir más allá de la diferencia sexual constitutiva entre hombre y mujer, como las ideas de “intersexual” o “transgénero”, conducen a una masculinidad o feminidad que es ambigua, aunque (de una manera contradictoria), estos conceptos en sí mismos en realidad presuponen la misma diferencia sexual que ellos proponen negar o reemplazar.”

    En otras palabras, la afirmación “Los hombres pueden ser mujeres” presupone una verdad (la categoría “hombre” es diferente de “mujer”) que también niega (no hay diferencia entre la categoría “hombre” y “mujer”).

    Una detracción común para señalar esta falacia a menudo toma la siguiente forma: “¿Quién eres tú para decir qué es un ‘hombre’ o una ‘mujer’?” El problema es que esa respuesta puede devolverse inmediatamente al detractor: “Bueno, ¿quién eres tú para decirlo?” Si la creencia subyacente a la posición “pro-trans” es que no existe una definición objetiva de los términos porque no existe la verdad objetiva, la posición trans es tan arbitraria, tan falsa, como cualquier otra posición. En otras palabras, si la ideología de género abraza el relativismo, saca la alfombra debajo de su propia autoridad moral; si, por el contrario, acepta la existencia de la verdad objetiva, entonces se ve obligada a reconocer que sostiene un punto de vista irracional. Esto también se aplica a las posiciones pro-elección y pro-amor-es-amor. Por lo tanto, queda claro por qué estas ideologías están tan involucradas en generar tanta ambigüedad y confusión como sea posible.

    Al final, el tema aquí no es de naturaleza meramente teórica o académica. Es tan práctico, tan “vida real”, como parece: estas definiciones ambiguas están en el corazón justificativo de las visiones del mundo que son responsables del exterminio de los no nacidos, la degradación de la sexualidad humana y el envenenamiento y mutilación de seres humanos sanos, incluidos los cuerpos de los niños. El mal uso del lenguaje provocó la prematura muerte de Sócrates en su época. Nos está haciendo lo mismo a nosotros en el nuestro.

    Por Dr. Matthew Petrusek, publicado por Word on Fire el 9 de noviembre de 2022.

  • La falsa tolerancia

    El Demonio es el príncipe de la mentira. Cuando el Bien predomina exige “tolerancia” con el mal para que este sobreviva. Pero una vez que el mal domina, no tolera al bien. Hoy por hoy, a medida que el Mal domina, el demonio y sus seguidores se van sacando la careta de la tolerancia y toleran cada vez menos a los que se atreven a disentir.

    Santo Tomás de Aquino define la tolerancia (más o menos) como la prudencia en el combate contra el mal. A veces es prudente tolerar un mal para evitar otro mayor. Por eso Santo Tomás dice que sin dejar de ser parte de la virtud de la prudencia, también es un fracaso, porque es una actitud indeseada y forzada frente al mal. Ejemplo: un padre se ve forzado a tolerar que su hijo viva en concubinato con una novia de malas costumbres, recibirla como “visita” y saludarla como “conocida”, porque la prudencia le indica que si la condena como corresponde el hijo se aleja definitivamente, perdiendo así la poca buena influencia que pueda tener para su ulterior salvación eterna. Esto pasa “hasta en las mejores familias”, pero esa tolerancia prudente no deja de ser un fracaso para el padre. 

    El mismo concepto de “fracaso” se aplica a las sociedades humanas. Santo Tomás dice que si los gobernantes dieran buen ejemplo y llevaran sus pueblos hacia el Bien no necesitarían tolerar el Mal, o lo necesitarían cada vez menos. O sea: el buen gobernante tiende a la menor tolerancia posible. 

    El verdadero concepto de tolerancia es por lo tanto inseparable de los conceptos de Bien y Mal. No se tolera cualquier cosa y porque sí. La tolerancia no es un Bien en sí mismo. Se tolera un Mal con la finalidad de obtener un Bien o evitar otro Mal peor que el que se tolera. 


    Los conceptos de Bien y Mal fueron establecidos por Dios al crear el universo. Siguiendo con una excelente y conocida metáfora, Dios es como un relojero que puso las reglas para que el reloj funcione. Se altera un engranaje y el reloj ya no da la hora. El Bien es lo que hace funcionar el reloj; el Mal es lo que lo altera. 

    No es verdad que esas reglas del Bien y del Mal son un capricho del relojero, como dijeron Occam y los primeros filósofos decadentes, que sostenían que Dios podría haber hecho el universo al revés, e igual debería funcionar. Decir que si Dios hubiera puesto cualquier otro conjunto de reglas también sería bueno, era el primer paso para decir que todos los conjunto de reglas son buenos, aunque se contradigan. Pero Dios es racional y no hace disparates. Las reglas del Bien y del Mal son lógicas. Otro conjunto de reglas carecería de lógica. Como dice “Word on Fire” citado por LBM del 29-12-22 en su artículo “El catolicismo refugio de la racionalidad”, el Bien y el Mal son “una colección ordenada de hechos morales deducidos de la estructura de la realidad.”

    El Demonio y todos sus seguidores conscientes o inconscientes se sublevan contra el orden del Bien y del Mal puesto por Dios. Pretextan que quieren un orden alternativo y de hecho han inventado sistemas filosóficos que parecen muy bien armados. Pero siempre fallan y se derrumban, porque no consiguen hacer que el reloj funcione. Como dicen los franceses “chassez le naturel; il reviendra au galop” (expulse lo natural; volverá al galope).

    El Demonio puede decir lo que NO quiere, pero es incapaz de proponer un Orden alternativo. Citando otra vez a Word on Fire: “…las mismas teorías no pueden, en consonancia con sus propios fundamentos filosóficos, decir algo sobre lo que un individuo o una sociedad debe hacer, por ejemplo, qué bien positivo debe perseguirse…” 

    En el Orden del Bien y del Mal puesto por Dios en el universo todos los engranajes del reloj cumplen su función automáticamente, excepto una pieza: el Hombre. Dios dispuso que los planetas no puedan cambiar de órbita y que las golondrinas no puedan dejar de emigrar, pero quiso que el Hombre cumpla voluntariamente su parte en el funcionamiento del reloj. Si el Hombre quiere, puede desobedecer las reglas y romper el reloj. Dios no se lo impide en esta vida, pero los demás hombres sí se lo deben impedir, en la medida de lo posible. Las sociedades humanas tienen que organizarse para cumplir su fin último que es la salvación de las almas (además hay un montón de fines intermedios; es bueno aclararlo para refutar desde ya la acusación de que la sociedad católica padece de un exceso de “espiritualidad”). 

    La tolerancia entonces es la virtud que deben practicar todos, pero especialmente los gobernantes, para que los hombres practiquen el Bien y eviten el Mal, mediante un sistema prudente de premios y castigos. Al contrario de lo que pretende el Demonio, nunca puede haber una tolerancia funcional al Mal. La tolerancia tiene un sólo sentido: hacer el Bien.     

    Tolerar no implica reconocer derechos al mal y al error. Muy por el contrario, tolerar es combatirlos de la manera más prudente y por lo tanto más eficiente. Un combate imprudente puede dar ínfulas al mal. Ejemplo: Haití es un país que practica el satanismo en masa y que un presidente consagró al demonio. Si mañana asume un buen gobernante no va a poder prohibir el satanismo de la noche a la mañana porque va a fracasar y el demonio va a aumentar su poder sobre ese desgraciado país. Tendrá que hacer procesiones, vigilias, exhortaciones, dar buen ejemplo, invitar misioneros católicos en serio a que prediquen en las plazas. Después de un tiempo podrá prohibir el satanismo.


    Pretender que la tolerancia del mal constituye un derecho es precisamente el sofisma sobre el que se basa el famoso caso “FAL” con el que la Corte Suprema de Justicia introdujo el aborto en Argentina. Después vino la ley del Congreso, pero el sofisma de la Corte fue el antecedente necesario. 

    Resulta que en el Código Penal de 1922 se había infiltrado una “tolerancia” a ciertos casos de aborto, como el embarazo por violación sobre mujer idiota. La ley los condenaba como delitos, pero por razones de prudencia (en este caso equivocada) excluía el castigo que corresponde al homicidio. Eran los llamados “abortos no punibles”. La Corte inventó el sofisma que cuando un acto no es punible se convierte en un derecho y por lo tanto el Estado debe garantizar su ejercicio. Para demostrar lo equivocado de este sofisma basta recordar que el Código Penal tiene otros casos de “no punibilidad”, por ejemplo el hurto entre hermanos que conviven. Por razones de prudencia (en este caso acertada) la ley no quiere que un hermano mande a la cárcel a otro porque le sacó plata de la mesa de luz que tienen en el cuarto adonde duermen los dos. El mensaje de la ley es: “si tenés un hermano vago y ladrón perdonalo, escondé mejor tu plata, o mudate a vivir sólo en otro lado, pero no lo mandes a la cárcel”. Para la Corte Suprema el Estado debería garantizar el derecho del hermano vago y ladrón a sacarle toda la plata que pueda al hermano trabajador y ahorrativo.

    A pesar de la ya mencionada incapacidad del demonio para generar un “orden alternativo” al de Dios, no deja de intentarlo, utilizando especialmente a los falsos filósofos. Aclaro que si “filosofía” significa amor por la sabiduría, no deben llamarse filósofos a los pensadores que no adhieren a la verdad revelada. Así como tampoco pueden llamarse “antropólogos” a los que niegan el alma inmortal; deberían llamarse “simiólogos” o “primatólogos”.

    Enfin, resulta que como se dijo al principio el demonio exige una adhesión intolerante a cada uno de estos sistemas de falso “orden” que se suceden y se contradicen unos a otros. Más o menos como en Rusia soviética, que mandaba al paredón al distraído que seguía sosteniendo el mismo conjunto de mentiras, sin darse cuenta que ahora lo oficial es otro conjunto de mentiras.

    ¡Qué triste es la Humanidad lejos de las vías católicas!  

  • Benedicto XVI – RIP

    Oh Dios, que por una inefable disposición tuya, quisiste contar entre los Sumos Sacerdotes a tu siervo Benedicto: concede propicio que el que en la tierra hizo las veces de tu Unigénito Hijo, sea agregado a la eterna sociedad de tus santos Pontífices. Por el mismo Señor Nuestro Jesucristo… (Oración colecta de la misa de Requiem por un Sumo Pontífice)

    Alguien dijo alguna vez que la Iglesia desde su fundación hasta la Reforma fue la protagonista de la Historia. Era la que marcaba el paso, fijó el almanaque, fundó monasterios, hospitales y universidades, rigió la cultura y pensamiento. A partir de la quiebra religiosa del siglo XVI pasó a ser la gran antagonista de la historia, papel no menos glorioso, donde encabezada por España resistió como pudo y supo la Civilización Cristiana.

    Después del Concilio Vaticano II, fruto de sus textos o su espíritu o de ambos, no es el momento de discutirlo ahora, un gran complejo de inferioridad se apoderó de todos los hombres de la Iglesia y pasó a ser apenitas un perrito faldero del mundo moderno y post-moderno.

    Pero aún siguió habiendo coletazos de ese respeto por la Sede Romana como faro de la inteligencia y cultura en el mundo. Un ejemplo palmario fueron los funerales de Juan Pablo II donde pudimos ver a Condoleezza Rice, secretaria de Estado de los EEUU y no católica, de luto, arrodillada y con mantilla frente al féretro del difunto Pontífice.

    Con Benedicto XVI se nos va quizás la última inteligencia cristiana universal que entendía en el cabal sentido de la palabra lo que era la Europa cristiana y el papel de la Iglesia en el mundo. En él vivían Homero y Virgilio, toda la antigüedad clásica y el Sacro Imperio Germánico. Providencialmente era papa en Roma un germano.

    Él como muy pocos hoy en día, fue el último hombre con influencia mundial que entendía a San Benito y a San Agustín; encarnaba a San Patricio,  San Beda y San Eric; a Santo Domingo y a San Francisco, a San Buenaventura y a Santo Tomás, a San Luis Rey de Francia y a Isabel la Católica, a Santo Tomás Moro y a San Juan de la Cruz. Más allá de pedidos de perdón políticamente correctos, entendía la importancia de las cruzadas (por eso se oponía al ingreso de Turquía en la UE, independientemente de la opinión que ésta nos merezca) y agradecía la Reconquista española y la Evangelización de América (no hay más que leer su famoso discurso de Ratisbona).

    Era un hombre que entendía que para ser papa hay que saber, entre otras cosas, entre Monet y Manet no hay sólo una vocal de diferencia. Y ya que estamos con la pintura me viene a la mente una observación que hizo sobre los íconos y la pintura simbólica medieval. Estas, a diferencia de transmitirnos sentimientos o momentos como el barroco (con todo lo valioso que tiene), nos transmitían verdades eternas. La Iglesia en todo el pensamiento y cultura se apropió de la doctrina de la abstracción de Aristóteles, pero ello implicaba la “conversio ad Phantasmata”, la vuelta a lo real. Picasso, en el arte, cometió el error idealista de quedarse en lo abstracto como los idealistas lo hicieron en la filosofía. Joseph Ratzinger conociendo todo esto, no adhería a sistemas ideológicos sino a una Persona: Jesucristo. Y por eso también nos explicaba el Verbo hecho carne, lo eterno develado en el arte cristiano.

    Por ello mismo consideraba como la mejor evangelización el cumplir con el primer y tercer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas y rendirle el culto debido y digno de Él. No se contentaba con Sínodos de todos los colores sobre la catequesis como si fueran políticas de marketing para ganar adeptos. Volviendo a buscar el Reino de Dios en primer lugar sabía que luego vendría la añadidura. Así entendemos la centralidad total que le dio al culto en su Pontificado, restituyendo a la misa romana de siempre el valor perenne que tiene y que no podía perder al afirmar sin ambigüedades que nunca había sido derogada y que nunca había dejado de ser legítimo decirla. Esto le valió el odio del mundo, supuestamente tan propicio a favorecer cualquier tipo de manifestación religiosa del color que sea en aras de la libertad. Y ese mundo que busca que la Iglesia tire agua bendita sobre cualquier aberración, no soportó la misericordia y la justicia cuando levantó las excomuniones a los obispos de la Fraternidad San Pío X.

    Benedicto era teólogo y filósofo brillante, aunque pudiéramos discrepar con él; era paciente, humilde y devoto. Y por supuesto, como encarnación de esa cultura que se resiste a morir y de la que quedan solo algunos coletazos, era también eximio músico; no sólo en apreciarla sino también en tocar una pieza de Beethoven en el piano. 

    Quizás Benedicto nunca sea santo canonizado, no tenemos cómo saberlo ahora. No corresponde hablar mal de los muertos y menos en el inmediato momento de su fallecimiento. Pero sí marcar que su misma sabiduría antigua, de carácter no nominalista ni voluntarista, lo llevó a gobernar la Iglesia suponiendo la buena fe de sus adversarios internos y sin terminar de ver que a los ideólogos intra-eclesiales no se los convencía con buenas razones. Fue esa misma debilidad o ingenuidad, son palabras muy duras lo sé pero no encuentro otras, la que dio empuje a sus enemigos para sabotear todo su pontificado desde aquel 19 de abril de 2005.

    Santidad: ¡muchas gracias!

    “Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor” (Mt. XXIII, 25)

  • Un brindis por “lo nuevo”

    Pienso que hay una urgente necesidad de elaborar una filosofía, quizás una teología de la novedad, porque para muchos, «lo nuevo» no es otra cosa que cambio, que lo diverso o lo distinto, lo nuevo es «lo no anterior». Entonces la característica de la novedad para esa mentalidad, que tiene un lejano origen hegeliano, es la negatividad. Lo nuevo es aquello que niega lo anterior, que se opone y desplaza lo anterior. Si ustedes analizan un poco las actitudes de personas entusiastas por las novedades van a ver que se caracterizan por la negatividad.

    De esta manera la muerte de uno es la vida de algo otro, pero con eso se pierde el significado más hondo, más profundo y esencial de la novedad: lo nuevo es aquello que sigue siendo actual, que tiene plenitud en el ser. Entonces la novedad tiene que estar referida en primer lugar al ser y no al cambio. El año pasado leí un pasaje de San Agustín que dice más o menos lo siguiente: “Cuando dejé tu Ley –se refiere a Dios–, me hice viejo”. Cuando estamos en lo que corresponde, en lo bueno, cuando estamos en Dios, en el ser y la plenitud somos jóvenes. Jóvenes en sentido metafísico. Es el sentido con que los sacerdotes rezaban al principio de la misa, hasta hace poco, el versículo del salmo 42: «Et introibo ad altare Dei; ad Deum, qui laetificat juventutem meam», al Dios que alegra mi juventud. Lo rezaba un joven sacerdote, o un sacerdote viejo, porque todos pueden hablar de su propia juventud.

    Hay una juventud de espíritu no en sentido psicológico, sino en sentido ontológico. Dios es siempre rigurosamente nuevo y todo lo que se asemeja a lo divino, lo que lucha por la perfección, por asemejarse a lo divino, posee esa juventud. Es nuevo aquello que es, que tiene actualidad; actualidad en sentido propio, es decir, que está en acto. Volvamos a lo que dice Lavelle: «El instante de la eternidad es un tiempo que no desfallece», no hay desvanecimiento, no hay esa decadencia de la cual habla Hegel, que es propia del devenir. Se mantiene en la plenitud.

    En el auténtico amor, en la amistad genuina, o en el afecto real, el objeto es siempre nuevo y siempre actual. Piensen, por ejemplo, en el profundo amor entre un hombre y una mujer, o en una amistad, o también en la vida intelectual. Pablo Casals toca todos los días la misma obra de Bach y siempre la encuentra nuevísima, porque llegó a entenderla y a través de ella, a lo divino, a la belleza que representa su música, porque experimenta un profundo contacto con el ser.

    De un sencillo análisis psicológico resulta que en el fondo el hombre hace todas las cosas por «ser» más; aún el que toma bebidas alcohólicas en abundancia, el que cayó en el vicio de la toxicomanía, en el fondo lo hace porque aquel estado artificial lo hace vibrar más y le hace experimentar una cierta plenitud efímera, le hace sentir que es más. Otros buscan los honores y la gloria porque hablando desde un balcón o siendo admirados por la muchedumbre, se sienten más plenos; otros buscan las riquezas, porque eso les hace vivir otros placeres. En el fondo, la voluntad humana busca un mayor ser, es decir, la plenitud.”

    por Emilio Komar, Tiempo y eternidad, Buenos Aires, Editorial Sabiduría Cristiana, 2003, p. 112-114; 115; 117; 118.

    En la foto, Emilio Komar el día de su casamiento en 1944 en Philosophia perennis.

  • Chile: Un año para el olvido

    Termina el año con un sabor amargo para Chile por varios motivos, siendo el más relevante, el inicio de un nuevo proceso constituyente con las incertidumbres que trae y sus consecuencias para el progreso.

    Efectivamente, antes de poder terminar de saborear la victoria del 4 de septiembre, ocho supuestos representantes del sentir mayoritario de la ciudadanía (nadie sabe quién ni cuando les dieron ese mandato) firmaron entre cuatro paredes después de noventa y nueve días de negociación (sic) un acuerdo para iniciar un nuevo proceso constituyente, que curiosamente no tiene plebiscito de entrada – a diferencia del anterior – obligándonos por ende a él.

    Amargo también termina el año para la gran mayoría de los chilenos gracias a una inflación desatada, aumento de la cesantía,  a la delincuencia y violencia sin control, a las pensiones de gracia otorgadas por el Gobierno para los octubristas que incendiaron, saquearon y destruyeron Chile – $516.672 pesos mensuales de por vida – premiando la destrucción de los espacios públicos y así podría seguir enumerando diversos motivos para estar amargados y tristes.

    Sin embargo, la noticia más impactante a mi juicio y que hiere el alma de cualquier ciudadano bien nacido, la constituye aquella relacionada con la Escuela de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, a raíz que se viralizaron en redes sociales dos tesis publicadas en el repositorio de la Casa de Bello.

    El primero de los trabajos fue realizado en el año 2016 por un estudiante que optaba entonces al grado de Magíster en Estudios de Género y Cultura en América Latina, titulada “Pedófilos e infantes: pliegues y repliegues del deseo”. La segunda tesis titulada “El deseo negado del pedagogo: Ser pedófilo”, en tanto, fue presentada en el año 2020 por otro alumno para optar al grado de Licenciado en Educación Media con mención en Filosofía y Profesor en Educación Media con Mención en Filosofía. Hoy ambos trabajando, uno como profesor de piano de niños y el otro haciendo clases a niños vulnerables en una comuna de Santiago.

    Contrario a lo que esperábamos – un escándalo acorde a lo denunciado con sanciones ejemplarizadoras para sus autores y cómplices, entre los que se encuentra la profesora guía de ambos trabajos – el Decanato de la Facultad de Filosofía y Humanidades de dicha casa de estudios, salió al paso de las críticas tras la masiva difusión de dos tesis en Twiter– si no seguiría guardando un silencio cómplice como venía manteniendo al menos desde el año 2016 – con un escueto comunicado lamentando los “efectos negativos” de los polémicos trabajos, pero afirmando que son de “corte puramente teórico”, restándole gravedad a sus contenidos y lo que es peor aún, que sus autores trabajen con niños. 

    Por su parte, la Defensoría de la Niñez manifestó que “rechazamos cualquier hecho, situación y/o publicación que inste a normalizar vulneración de derechos de niños niñas y adolescentes, cómo la pedofilia”, añadiendo en Twitter “Nos encontramos analizando aquella publicación”. 

    Como bien dijo el querido fundador de esta página en su columna del 17 de julio del año 2002 – LBM #197 – denominada “Preguntas sin respuesta” y que empieza: “¿Cómo defender a quienes no se quieren defender?; ¿Cómo enfrentar a una jauría de lobos con un cortaplumas?, ¿Cómo despertar a quienes duermen al borde del abismo? ¿Y qué le parece una sociedad que está siendo destruida y no se defiende?” … concluyendo también como él, “¿Ud. sabe cuál es la respuesta a estas preguntas?” Yo no.

    Lo mismo ocurre con mi querida patria, cuyos habitantes parecieran dormir al borde del abismo frente a la destrucción diaria de nuestros cimientos y valores más profundos, quedando para los que sufrimos ante este escenario , seguir gritando para ver si alguien reacciona mientras confiamos en que la Virgen del Carmen, nuestra Reina y Patrona, nunca nos abandonará.

  • El catolicismo: refugio de la racionalidad

    Uno de los rasgos definitorios de nuestra cultura moral y política es lo que podríamos llamar “fideísmo secular”. El término puede sorprender a quienes conocen algo de historia teológica: el “fideísmo” se asocia típicamente con formas de creencia que niegan la explicación racional, una forma de fe que declara “lo creo porque lo siento” (y me gusta lo que siento). En otras palabras, el “fideísmo” generalmente se asocia con la “religión”, y si hay algo que no define la era secular, uno podría decir, es la “religiosidad”. Esta afirmación es cierta empíricamente hablando: encuesta tras encuesta demuestran que las personas, especialmente los jóvenes, están abandonando la religión en cantidades cada vez mayores. Entonces, ¿cómo se justifica describir la cultura secular como fideísta? ¿No es eso un oximoron?

    Cada sistema de creencias tiene su historia inicial y la del secularismo actual es más o menos así:

    Una clase dominante patriarcal y (sexualmente) opresiva alguna vez dominó a la humanidad al imponer un sistema de creencias supersticioso que engañaba a las personas para que pensaran que “la mente de Dios”, en lugar de la mente humana, es lo que da significado, estructura y propósito a la vida. El laicismo nos ha liberado de esta oscuridad epistémica y moral.

    Sin duda, quedan muchas disputas intestinas (y a menudo odiosas) entre los guardianes del mito secular. Algunos, por ejemplo, definen “la mente humana” colectivamente, lo que lleva a las “política de izquierda”, y algunos definen la mente humana “individualmente”, lo que lleva a “políticas de derecha”. Pero todos están de acuerdo en que es sólo la mente humana (individual o colectivamente) la que determina la naturaleza del bien y del mal. Eso es, en resumidas cuentas, tanto la modernidad como la posmodernidad: el eclipse total de la creencia en un Dios metafísicamente real, moralmente relevante y racionalmente accesible.

    Sin embargo, a diferencia de los mitos de la antigüedad, las fábulas de la secularidad sirven para ocultar en lugar de revelar, y su gigantesco secreto es este: nunca ha habido una mezcolanza de aseveraciones más grande, o un ejemplo más obvio de pensamiento grupal ciego, o una leyenda más egoísta y más fanática que la historia del secularismo siendo más racional que la religión, especialmente el catolicismo. El laicismo, en otras palabras, es quizás el mayor ejemplo de “fideísmo” en la historia de las ideas, especialmente cuando se aplica a la moral y la política.

    Por ejemplo, considere la evidente ausencia de racionalidad dentro de estas líneas maestras del secularismo, que, aunque contradictorias entre sí, definen colectivamente los contornos morales y políticos del Occidente contemporáneo:

    1. CIENCIA SOLAMENTE (O “CIENTIFICISMO”):

    El cientificismo sostiene que solo la “ciencia” —o la investigación empírica sistemática— puede proporcionar conocimiento verdadero. En resumen, si la ciencia no puede “probar” lo que estás diciendo, tus creencias son indistinguibles de la pura fantasía emotiva (es decir, simplemente lo estás “inventando”). Dejando a un lado el hecho de que el cientificismo es autocontradictorio (no existe ningún experimento científico que pueda llevar a la conclusión de que “solo la ciencia proporciona conocimiento verdadero”), aquellos que afirman el cientificismo, si son consistentes, deben abstenerse de hacer afirmaciones morales, o afirmaciones sobre lo que deben hacer los individuos, grupos, países, etc., por esta sencilla razón: la “ciencia” no tiene capacidad metodológica (establecimiento de un experimento) o sustantiva (el resultado de un experimento) para decir lo que “debería” ser. Todo lo que puede hacer en el mejor de los casos (e incluso esta capacidad es cuestionable) es describir comportamientos humanos y ofrecer explicaciones empíricas de las causas de esos comportamientos. Sin embargo, no puede proporcionar ningún mecanismo racional para determinar qué comportamientos son “buenos” y cuáles son “malos”. Hacer tal afirmación sería violar los parámetros epistemológicos de la ciencia al hablar de asuntos que no pueden conocerse empíricamente. Así, la próxima vez que escuches a alguien decir: “Solo creo en la ciencia y eres una mala persona si votas por el partido X”, o “Como científico, creo que el gobierno tiene el poder de imponer la ley X”, denuncia este engaño por lo que es: fideísmo envuelto en una racionalidad sucedánea de bata blanca.

    2. SUPREMACIA DE LA VOLUNTAD INDIVIDUAL SOLAMENTE (O LIBERALISMO CLÁSICO Y LIBERTARIANISMO)

    Ya sea que estén enraizadas en la tradición filosófica de Immanuel Kant o de John Locke, las teorías morales y políticas del “individualismo” —expresadas contemporáneamente como “Tú haces lo tuyo, yo haré lo mío”— no solo sostienen que los individuos nunca deben infringir a otros en su propia “búsqueda de la felicidad”; sostienen que cada definición de “felicidad” es igualmente aracional (ni racional ni irracional) y, por lo tanto, de naturaleza igualmente preferencial. Sin duda, el liberalismo y el libertarianismo clásicos pueden ser capaces de justificar coherentemente prohibiciones de acciones (es decir, “derechos negativos”) como el derecho a no ser asesinado, agredido, impedido de hablar en público, etc. Sin embargo, las mismas teorías no pueden, en consonancia con sus propios fundamentos filosóficos, decir algo sobre lo que un individuo o una sociedad debe hacer, por ejemplo, qué bien positivo debe perseguirse, que no se pueda reducir a una expresión arbitraria de preferencia personal. Lo que eso significa en la práctica es que todo liberal o libertario clásico que te dice “Está bien hacer X” no dice nada más que “Haz X porque quiero que hagas X”, lo cual es tan fideísta como parece.

    3. SUPREMACIA DE LA VOLUNTAD COLECTIVA SOLAMENTE  (O PROGRESISMO/“WOKEISMO”)

    A pesar de la apariencia externa de que el progresismo o la ideología “woke” son enemigos ideológicos jurados del liberalismo/libertarianismo clásico, las dos corrientes del secularismo comparten la suposición subyacente de que es la mente humana, no la mente de Dios, la que define la naturaleza del bien. Todo lo que hace la ideología progresista o ”woke” es comunalizar el “yo autónomo” del liberalismo/libertarianismo clásico al convertir el “yo creo” en un “nosotros creemos”. De cualquier manera, el resultado es el mismo: las declaraciones sobre lo que se debe hacer en lo que respecta a la naturaleza del bien y del mal, son de naturaleza puramente preferencial y, por lo tanto, no son más que afirmaciones de voluntad racionalmente ciegas, también conocidas como fideísmo. El progresismo ”woke” añade un insulto moral a la herida al afirmar además que “no existen los valores morales universales” al tiempo que insiste en que el progresismo ”woke” es moralmente superior a todas las visiones del mundo en competencia. Esto es lo mismo de declarar: “Creemos lo que creemos porque lo creemos, y tú también debes creerlo (o de lo contrario…)”.

    4. SUPREMACIA DEL “MERCADO” SOLAMENTE (O CONSERVADURISMO GLOBALISTA):

    El conservadurismo de un libre mercado “a ultranza”, no la opinión de que el libre mercado es bueno (lo que afirma el catolicismo), sino que el libre mercado es el bien supremo (que el catolicismo rechaza), puede considerarse inmune a la acusación de fideísmo debido a su inclinación por hablar con cariño de los “valores tradicionales”. Sin embargo, sigue siendo cierto que si la ganancia se encuentra tanto en la parte inferior como en la parte superior de nuestra jerarquía de los valores morales, entonces es racionalmente inconsistente afirmar que otros valores (por ejemplo, “la familia”, “sociedad cívica”, “matrimonio,” “educación clásica”, o incluso “dignidad humana”) tienen algo más que un valor instrumental, si es que tienen algún valor. En otras palabras, afirmar creer en “valores morales” dentro del horizonte del absolutismo de libre mercado no es más que una expresión de preferencia, también conocida como fideísmo.


    Estas cuatro opciones no agotan todas las vertientes del laicismo contemporáneo. Sin embargo, demuestran esta verdad primordial: la negación secular de una conexión racional entre la existencia de Dios y la existencia de un bien humano universalmente objetivo, necesariamente separa la “racionalidad” de cualquier “moralidad” sustantiva, lo que significa que todos los valores éticos y políticos necesariamente terminan siendo arrojados a un depósito de deseos subjetivos grabado con las palabras, “Yo/nosotros lo creemos porque yo/nosotros queremos creerlo”. Por lo tanto, el mejor apodo para “la era secular” podría ser “la era de la afirmación”.

    El catolicismo ofrece una alternativa. Precisamente porque sostiene que las afirmaciones “Dios existe” y “la relación con Dios constituye el bien supremo del ser humano tanto individual como colectivamente”, son cognoscibles racionalmente, universalmente en todos los idiomas y culturas, el catolicismo rechaza categóricamente el fideísmo, especialmente en lo que se refiere a cuestiones morales y políticas. La moral católica, por lo tanto, no es subjetiva. No es la sistematización de impulsos emotivos arbitrarios. Es, más bien, una colección ordenada de hechos morales deducidos de la estructura de la realidad. Como tal, su autoridad no proviene de la voluntad de un individuo o grupo sino, más bien, de la racionalidad misma, es decir, del Logos mismo (ver Juan 1:1).

    A medida que el mundo secular se hunde cada vez más en un caos moral y político trágicamente predecible, el catolicismo puede consolarse recordando que su casa está construida sobre roca. Ya sea defendiendo la dignidad de toda vida humana, la santidad del matrimonio y la familia natural, la realidad ontológica y la complementariedad de los sexos, o la obligación de construir un orden económico justo, el catolicismo puede (y debe) seguir blindando la luz de razón de las oscuras supersticiones de los cultos reinantes de la época. Como siempre lo ha hecho.

    Por Matthew Petrusek, publicado el 16/12/2022 en Word on Fire. Traducido por La Botella al Mar.

  • Lecciones de San Luis Rey a los gobernantes actuales

    San Luis Rey se tomaba muy en serio su obligacion de tocar a los escrofulosos (Mycobacterium tuberculosis) diciendo “El Rey te toca, que Dios te cure”. ¿Se imaginan a Alberto Fernández o a Lula tocando escrofulosos? ¡Ni por demagogia lo harían! ¡Qué asco!

    En 1264 (siglo XIII) San Luis recibió la visita oficial del Rey de Inglaterra Enrique III. Hicieron un gran banquete… ¡para los mendigos de Paris!… ¡los dos reyes servían la mesa! Sólo después que los mendigos comieron bien empezó el banquete para los reyes. No lo hicieron por razones electorales; no necesitaban votos. Tampoco lo hicieron para quedar bien ante sus seguidores, o para que la noticia saliera en los diarios, o para exhibir cuán humildes eran (una forma refinada de orgullo). Lo hicieron porque eran católicos practicantes; porque querían hacer méritos ante Dios, irse al Cielo y evitar el Infierno. Ni Alberto Fernández ni Lula entenderían estos conceptos, ni aunque se los expliquen.

    En ese viaje San Luis le devolvió a Enrique III muchas tierras que los reyes de Inglaterra habían tenido en Francia por herencias de Guillermo el Conquistador y Eleonora de Aquitania, pero que su abuelo Felipe Augusto había arrebatado a los ingleses en varias guerras. Así Inglaterra recuperó Normandía, Anjou, Turena, Maine, Poitou, Perigord, Bretaña, Auvernia, Berry, etc, etc. ¡casi la mitad de Francia, sin derramar sangre! En compensación Enrique III realizó el acto de vasallaje a San Luis. La ceremonia se hacía con el vasallo arrodillado ante su señor, con las manos juntas; el señor le tomaba las manos y juraban por su honor mutua fidelidad y ayuda. Para San Luis, muy legalista, este acto de vasallaje era suficiente protección. El Rey de Ingaterra quedaba legalmente atado a nunca levantar la mano contra el Rey de Francia.

    Así hubo paz entre Inglaterra y Francia, hasta que un siglo después (Siglo XIV) los dos países se volvieron a pelear. Para esa fecha el mundo había adoptado los falsos principios que todavía lo gobiernan. No en vano Barbara Tuckman llama al Siglo XIV el “Espejo Distante” del mundo actual. Ahí empezaron los nacionalismos, los absolutismos en nombre del pueblo, el Bien Común separado de la salvación eterna, el maquiavelismo en la política y todo lo que seguimos viendo día a día.

    Como ya dijimos en otro Post citando a Donoso Cortés: ¡Qué triste espectáculo es la humanidad alejada de las vías católicas!

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