Categoría: Frente Religioso

Todo lo relacionado con noticias sobre la batalla dentro de la Iglesia y otras denominaciones.

  • El Vaticano rompe un silencio vergonzoso para crear más vergüenza

    Comunicado publicado en la Sala Stampa el pasado 3 de agosto sobre la blasfemia cometida en los Juegos Olímpicos en París:

    “La Santa Sede, entristecida por algunas escenas de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París, no puede sino unirse a las voces que se han alzado en los últimos días para deplorar la ofensa causada a muchos cristianos y creyentes de otras religiones.”

    Ofensa causada a muchos cristianos y creyentes de otras religiones? Pero si la ofendida fue exclusivamente la Iglesia Católica Apostólica y Romana!!! Y sobretodo Dios Nuestro Señor en la Eucaristía!!!

    Y finaliza diciendo:

    “En un acontecimiento prestigioso, en el que el mundo entero se une en torno a valores comunes, no debería haber alusiones que ridiculicen las convicciones religiosas de muchas personas. La libertad de expresión, que evidentemente no se cuestiona, encuentra su límite en el respeto a los demás.” No es el número lo que define el escándalo, sino contra quién se realiza. Muchos judíos se escandalizaron contra Cristo, pero ese escándalo era humano, y por eso reprochable por ser dirigido contra Dios nuestro Señor. En el caso de los Juegos Olímpicos el escándalo de los LTGB fue contra la Eucaristía al punto de burlarse de Ella, y eso es lo que lo hace reprochable, después se puede considerar el número de personas. Pero esta aclaración no existe en el comunicado Vaticano.

    El escueto comunicado mas parece un pedido de perdón del Vaticano a los organizadores por tener que hacer ese “reclamo” a fin de no quedar mal con los “débiles” católicos que se escandalizaron ante el “arte” blasfemo de los LTGB… a lo que el comunicado simplemente alude como “algunas escenas” sin decir cuales.

    Acaso el ofendido no fue Dios Nuestro Señor en la Eucaristía? Dónde está el pedido de perdón a Dios? Dónde está la reparación de la ofensa cometida por parte de los organizadores de los Juegos Olímpicos y sus patrocinadores? Por ejemplo, dónde están los actos de reparación a nivel mundial promoviendo un mes de adoración eucarística reparadora en todos las Iglesias del mundo? Es decir, el verdadero Dios de la única religión verdadera fundada por Jesucristo a sido ofendido y el Papa Francisco, con los cardenales y obispos, sólo pueden escribir esa nota?

    En aquello que el mal actuar de los hombres ofende a Dios, la Iglesia, que vela por el depósito de la Fe, debería incentivar a los fieles en el punto que fuimos atacados. Es decir, si ellos ofende la Eucaristía, el Vaticano debería promover la Adoración Eucarística; misas de desagravio en todas las iglesias; procesiones con el Santísimo Sacramento; comunión reparadora, etc etc a nivel mundial y por un largo período de tiempo. Eso sería lo ideal.

    El Vaticano debería haber ido más lejos, y haber pedido a todos los competidores católicos que participaban de los juegos olímpicos que, como protesta, se retirasen del certamen. Así dejar claro nuestra indignación, como católicos, ante semejante blasfemia. Nada de eso sucedió… se siguió compitiendo como si las olimpiadas fueran una aprobación a todo lo que se hizo en dicha inauguración.

    No nos engañemos, el que calla es Francisco que dos días después de la inauguración de los juegos Olímpicos, el pasado 26 de julio, en donde se ofendió tan claramente a la Iglesia Católica y a la Eucaristía, dirigió unas palabras durante el Ángelus en donde habló de la Eucaristía y se “indignó” tan sólo por las guerras diciendo: “Este es un escándalo que la comunidad internacional no debería tolerar, y que contradice el espíritu de fraternidad de los Juegos Olímpicos que acaban de comenzar.” En serio no sabía de la blasfemia que se había cometido en esos mismos Juegos Olímpicos dos día antes? Y sólo se escandaliza por el hambre que provoca las guerras animando a la comunidad internacional a no tolerar semejante situación? Esta omisión es de quedar pasmo!!!

    No hay dudas que hay un lobby LTGB dentro del Vaticano, y quién lo proteje y promociona es el propio Francisco que de Papa deja que desear… Basta ver todos los nombramientos de Cardenales y Obispos pro-LTGB realizados “discretamente” durante su pontificado… La Iglesia ha sido copada y secuestrada por una ideología atea, modernista y anti-cristiana que, usando todos los símbolos y organizaciones creadas para proteger a su Iglesia, ahora la está persiguiendo, sobretodo no la está defendiendo, que es una forma de persecución.

    Quién intenta defender a la Santa Iglesia de Cristo o protesta categóricamente, es corrido de su función, o atacado con todo rigor e impiedad por la prensa progresista o por el propio Vaticano. Realmente promueven estos progresistas la fraternidad, la igualdad y la inclusión?

    Muchos que se dicen católicos están asistiendo a la crucifixión de la Santa Iglesia mirando desde la acera, como lo hicieron los judíos en los tiempos de Cristo cuando era llevado al Calvario; y quizás… son los que le están tirando piedras “indignados” contra el Hijo de Dios, hoy, en su Iglesia la única verdadera, para escándalo de los incrédulos y paganos.

    Y tú, en qué parte estás? En los que como Santa Verónica intentan secar la sangre del rostro de la Santa Iglesia defendiéndola; en los que asisten de manera indiferente y casual sobre la acera; o peor. en los que le están tirando piedras criticando y apoyando el progresismo del lobby LTGB infiltrado en el Vaticano?

    No todos los que digan Señor Señor entrarán en el reino de los Cielos.

    “Del santo Evangelio según san Lucas 17, 1-6

    En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado. Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo.”

    No olvidemos lo que Francisco dijo de este mismo evangelio en la capilla Santa Marta el 13 de noviembre del 2017:

    «El escándalo es feo porque hiere la vulnerabilidad del Pueblo de Dios, hiere la debilidad del Pueblo de Dios, y muchas veces estas heridas se llevan para toda la vida». Es más, el escándalo, explicó el Papa, «no solo hiere» sino que «es capaz de matar: matar esperanzas, matar ilusiones, matar familias, matar muchos corazones». Y por lo tanto puede ser equiparada a una guerra que mata las almas. Y ante eso también hay que escandalizarse y promover “que la comunidad internacional no debería tolerar” lo que pasó en los Juegos Olímpicos en París del 2024.

    En esa misma homilía decía «después podemos preguntarnos sobre el escándalo de los pastores, porque en la Iglesia estamos también nosotros pastores». El profeta Jeremías, «hablaba de este “ay de vosotros”» refiriéndose precisamente a los «pastores que explotan a la gente, explotan a las ovejas, para enriquecerse buscan la leche o la lana, así dice Jeremías, para vestirse y por la vanidad, pero no cuidan a las ovejas».

    Comencemos a ver quién realmente cuida de la ovejas y quienes son lobos vestidos de pastores…

    Contra lo que pasó en los Juegos Olímpicos INDIGNACIÓN!!

    Jorge Martínez

    Peregrino indignado.

    240803b.pdf (vatican.va)

    Ángelus, 28 de julio de 2024 | Francisco (vatican.va)

    Los que escandalizan (13 de noviembre de 2017) | Francisco (vatican.va)

  • Juvenal contra Fiducia Supplicans

    Decimo Junio Juvenal (60 d.C.) describió la decadencia del Imperio Romano. Redactó sus críticas en forma de versos distribuidos en 16 poemas llamados “Sátiras”, porque son una ironía mordaz y amarga de la vida en Roma en el Siglo Primero.

    En varias de sus sátiras critica la epidemia de homosexualidad en que se hundía Roma.

    En un trecho se dirige a Rómulo, fundador de Roma: “Oh padre de la ciudad ¿cómo es posible que los antiguos pastores del Lacio hayan llegado hasta este sacrilegio? He aquí un hombre ilustre por su nacimiento y fortuna que se entrega a otro hombre sin que tú agites tu casco ni sacudas la tierra con tu lanza. ¡Renuncia a la austera tierra que has negligenciado! Un hombre me dice que mañana a la salida del sol tiene un deber que cumplir en el valle Quirino. Le pregunto cuál y me contesta que toma marido y hace una fiesta con pocos invitados. Que nuestra vida se prolongue y veremos -¡sí, lo veremos!- que semejantes cosas se harán públicamente, y hasta querrán que ellas queden registradas en actas.” (Sátira II, versos 125 y siguientes).

    Fiducia Supplicans otorga a las parejas homosexuales y adúlteras la publicidad temida por Juvenal hace dos mil años. Ya no hace falta hacerlo a la madrugada en un valle apartado sino que se hace en una iglesia, ante un sacerdote. No importa qué tipo de bendición recibe la pareja, lo esencial es la publicidad del acto. Siguiendo la lógica de Juvenal el próximo paso será registrar esa “bendición” en la parroquia, inicialmente como un hecho digno de ser recordado y finalmente en igualdad de condiciones con el matrimonio católico.

    Yendo ahora al texto de Fiducia Supplicans, consta de una presentación y 45 artículos. La autorización para “bendecir” parejas homosexuales y adúlteras está en el artículo 31. Los otros 44 puntos son un fallido intento de fabricar las premisas necesarias para llegar a la conclusión del artículo 31.

    Estrictamente las premisas no son falsas, el problema es que ninguna lleva a la conclusión. El silogismo tiene un hiato insalvable, que lo convierte en sofisma.

    Es verdad que hay todo tipo de bendiciones disponibles para un católico, desde la bendición de la mesa por el padre de familia antes de comer, hasta la bendición de perros y caballos el día de San Huberto. Pero todas ellas dan publicidad a hechos o actos legítimos dentro de la ley natural y divina. Comer en familia es legítimo; salir a cazar ciervos es legítimo. Unirse en pareja homosexual o adúltera no es legítimo.
    Reitero el argumento que he leído en casi todos los blogs: ¿porqué ese trato privilegiado a las violaciones contra el 6° Mandamiento? Un par de delincuentes dedicados a la violación del 7° (“no robar”) también debería tener derecho a su bendición, no individualmente sino juntos.

    Para terminar, veo que Wikipedia habilitó un lugar para consignar todas las reacciones en contra de Fiducia Supplicans. La Corporación de Abogados Católicos tiene el honor de estar mencionada!

  • Benedicto XVI, un Girondino

    Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) siempre fue lo que Plinio Correa de Oliveira describía como “un revolucionario de marcha lenta, pero con coágulos contrarrevolucionarios” “se deja arrastrar por la Revolución pero en algún punto concreto la rechaza; así, por ejemplo, será socialista en todo, pero conservará el gusto por las maneras aristocráticas” (Revolución y ContraRevolución, Primera parte, Capítulo VI, 5).

    Summorum Pontificum” es un caso típico. Su principal argumento es el “amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían impregnado su cultura y su espíritu”. Además cita “Ecclesia Dei” cuyo principal argumento es “la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina”. Es una cuestión de amor, afecto y sensibilidad, pero no de doctrina, porque en materia de doctrina Benedicto XVI era fundamentalmente revolucionario.

    Benedicto XVI no tenía la misma Fe que San Benito, San Agustín, San Patricio, San Beda, San Eric, Santo Domingo, San Francisco, San Buenaventura, Santo Tomás, San Luis Rey de Francia.

    Benedicto XVI no entendía ni podía entender a esos santos por la sencilla razón que no compartía con ellos la pretensión de que la Fe Católica es la única verdadera y sobre todo no compartía las consecuencias prácticas que se deducen de tal pretensión. Sentía “amor, afecto y sensibilidad” por la Europa que esos santos habían fundado, pero era incapaz de restaurarla porque le faltaban los principios sobre los que se había establecido.

    La Civilización Cristiana se fundó sobre la negación de la libertad religiosa, llamada “locura” por los papas. En cambio Benedicto XVI la defendió siempre, desde que fue uno de los autores de la pésima doctrina del Concilio Vaticano II en esa materia, de donde brotan todos los demás errores progresistas.

    “Tiempos vendrán en que el debate sobre la libertad religiosa será contado entre los acontecimientos más relevantes del Concilio (…). En este debate estaba presente en la basílica de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad Media, más aún, de la era constantiniana. Pocas cosas de los últimos 150 años han inferido a la Iglesia tan ingente daño como 

    la persistencia a ultranza en posiciones propias de una iglesia estatal, dejadas atrás por el curso de la historia.” (Joseph Ratzinger, Resultados y perspectivas en la Iglesia conciliar, Buenos Aires 1965).

    “El Concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, ha subrayado nuevamente esta profunda correspondencia entre cristianismo e Ilustración, buscando llegar a una verdadera conciliación entre la Iglesia y la modernidad, que es el gran patrimonio que ambas partes deben tutelar. (Joseph Ratzinger, Conferencia en Subiaco, 1-IV-2005)

    “Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.» (Benedicto XVI, Alocución, 22-XII-2005)

    Era imposible que Benedicto XVI entendiera la Edad Media teniendo semejantes ideas sobre la Ilustración y la libertad religiosa.

    Por supuesto que todo acto humano debe ser voluntario, de lo contrario es nulo de nulidad absoluta. Ya lo decía el Derecho Romano 25 siglos antes que el Concilio y Benedicto XVI lo exhibieran como una novedad liberadora del oscurantismo.

    Una profesión de fe católica arrancada mediante tortura es una aberración religiosa, pero más que nada es una aberración jurídica. Y de eso se trata; porque Benedicto XVI y la Revolución Francesa se refieren al hombre frente a la sociedad humana, que ciertamente no le puede imponer legalmente una profesión de fe. El tema es jurídico, porque frente a Dios no hay libertad religiosa. El que equivoca el camino se va al Infierno. El Evangelio está lleno de afirmaciones en ese sentido. Los herejes no quemarán en la Piazza della Signoria, pero ciertamente quemarán en el Infierno.

    No es éste el lugar para explicar a fondo la cuestión de la libertad religiosa como cuestión jurídica. Baste decir que la doctrina que comparten Benedicto XVI, el Concilio, la Declaración de los Derechos Humanos de la Revolución Francesa y la de la ONU (los cuatro casi con las mismas palabras) se resume en la afirmación de que el Estado no debe ejercer ningún tipo de coacción en materia religiosa, o dicho más claramente, que la fuerza del Estado en ningún caso debe estar al servicio de la Verdad.

    El problema es que para Benedicto XVI y para la Revolución Francesa no existe UNA verdad, única con derecho a ser difundida, y muchos errores, todos sin derecho a ser difundidos. Para ellos la religión católica no es “verdadera” sino que es “razonable”, y debe convencer por su “razonabilidad”. Es cierto, pero el Estado tiene la obligación de favorecer la razonabilidad de la fe Verdadera y desalentar la supuesta razonabilidad de las religiones falsas. Y cuando en un debate entre la verdad y el error está en juego la sociedad (por ejemplo, la indisolubilidad del vínculo matrimonial) el Estado debe imponer la Verdad. Con prudencia y tolerancia, por supuesto. Nadie habla de lapidar a los adúlteros.

    Esto de la firmeza en los principios pero prudencia y tolerancia en su aplicación es muy importante porque la principal artimaña que utilizan los defensores de la libertad religiosa consiste en exagerar las consecuencias de la doctrina católica tradicional en la materia. Está en esa línea la comparación que hace el discurso de Ratisbona a la violencia religiosa del islamismo.Cualquier persona que sostenga algún tipo de coacción en materia religiosa es presentado como un talibán asesino.

    El argumento falaz es así: “Suponiendo que hubiera UNA Verdad con derechos y muchos errores sin derechos, para erradicarlos a todos y de manera definitiva el Estado debería quemar, estrangular y lapidar a la casi totalidad de los habitantes del planeta. Visto que eso es imposible, el Estado debe ser prescindente en materia religiosa.”

    Pero negarle una cátedra en una Universidad del Estado a un profesor brillante pero que propaga doctrinas erróneas es claramente una “coacción”, y ésa, el Estado la debe ejercer.

    Volviendo al inicio, Benedicto XVI era como los revolucionarios girondinos. Adhería a las principales tesis revolucionarias, pero le disgustaban los jacobinos, que por supuesto lo terminaron destruyendo.

  • La falsa tolerancia

    El Demonio es el príncipe de la mentira. Cuando el Bien predomina exige “tolerancia” con el mal para que este sobreviva. Pero una vez que el mal domina, no tolera al bien. Hoy por hoy, a medida que el Mal domina, el demonio y sus seguidores se van sacando la careta de la tolerancia y toleran cada vez menos a los que se atreven a disentir.

    Santo Tomás de Aquino define la tolerancia (más o menos) como la prudencia en el combate contra el mal. A veces es prudente tolerar un mal para evitar otro mayor. Por eso Santo Tomás dice que sin dejar de ser parte de la virtud de la prudencia, también es un fracaso, porque es una actitud indeseada y forzada frente al mal. Ejemplo: un padre se ve forzado a tolerar que su hijo viva en concubinato con una novia de malas costumbres, recibirla como “visita” y saludarla como “conocida”, porque la prudencia le indica que si la condena como corresponde el hijo se aleja definitivamente, perdiendo así la poca buena influencia que pueda tener para su ulterior salvación eterna. Esto pasa “hasta en las mejores familias”, pero esa tolerancia prudente no deja de ser un fracaso para el padre. 

    El mismo concepto de “fracaso” se aplica a las sociedades humanas. Santo Tomás dice que si los gobernantes dieran buen ejemplo y llevaran sus pueblos hacia el Bien no necesitarían tolerar el Mal, o lo necesitarían cada vez menos. O sea: el buen gobernante tiende a la menor tolerancia posible. 

    El verdadero concepto de tolerancia es por lo tanto inseparable de los conceptos de Bien y Mal. No se tolera cualquier cosa y porque sí. La tolerancia no es un Bien en sí mismo. Se tolera un Mal con la finalidad de obtener un Bien o evitar otro Mal peor que el que se tolera. 


    Los conceptos de Bien y Mal fueron establecidos por Dios al crear el universo. Siguiendo con una excelente y conocida metáfora, Dios es como un relojero que puso las reglas para que el reloj funcione. Se altera un engranaje y el reloj ya no da la hora. El Bien es lo que hace funcionar el reloj; el Mal es lo que lo altera. 

    No es verdad que esas reglas del Bien y del Mal son un capricho del relojero, como dijeron Occam y los primeros filósofos decadentes, que sostenían que Dios podría haber hecho el universo al revés, e igual debería funcionar. Decir que si Dios hubiera puesto cualquier otro conjunto de reglas también sería bueno, era el primer paso para decir que todos los conjunto de reglas son buenos, aunque se contradigan. Pero Dios es racional y no hace disparates. Las reglas del Bien y del Mal son lógicas. Otro conjunto de reglas carecería de lógica. Como dice “Word on Fire” citado por LBM del 29-12-22 en su artículo “El catolicismo refugio de la racionalidad”, el Bien y el Mal son “una colección ordenada de hechos morales deducidos de la estructura de la realidad.”

    El Demonio y todos sus seguidores conscientes o inconscientes se sublevan contra el orden del Bien y del Mal puesto por Dios. Pretextan que quieren un orden alternativo y de hecho han inventado sistemas filosóficos que parecen muy bien armados. Pero siempre fallan y se derrumban, porque no consiguen hacer que el reloj funcione. Como dicen los franceses “chassez le naturel; il reviendra au galop” (expulse lo natural; volverá al galope).

    El Demonio puede decir lo que NO quiere, pero es incapaz de proponer un Orden alternativo. Citando otra vez a Word on Fire: “…las mismas teorías no pueden, en consonancia con sus propios fundamentos filosóficos, decir algo sobre lo que un individuo o una sociedad debe hacer, por ejemplo, qué bien positivo debe perseguirse…” 

    En el Orden del Bien y del Mal puesto por Dios en el universo todos los engranajes del reloj cumplen su función automáticamente, excepto una pieza: el Hombre. Dios dispuso que los planetas no puedan cambiar de órbita y que las golondrinas no puedan dejar de emigrar, pero quiso que el Hombre cumpla voluntariamente su parte en el funcionamiento del reloj. Si el Hombre quiere, puede desobedecer las reglas y romper el reloj. Dios no se lo impide en esta vida, pero los demás hombres sí se lo deben impedir, en la medida de lo posible. Las sociedades humanas tienen que organizarse para cumplir su fin último que es la salvación de las almas (además hay un montón de fines intermedios; es bueno aclararlo para refutar desde ya la acusación de que la sociedad católica padece de un exceso de “espiritualidad”). 

    La tolerancia entonces es la virtud que deben practicar todos, pero especialmente los gobernantes, para que los hombres practiquen el Bien y eviten el Mal, mediante un sistema prudente de premios y castigos. Al contrario de lo que pretende el Demonio, nunca puede haber una tolerancia funcional al Mal. La tolerancia tiene un sólo sentido: hacer el Bien.     

    Tolerar no implica reconocer derechos al mal y al error. Muy por el contrario, tolerar es combatirlos de la manera más prudente y por lo tanto más eficiente. Un combate imprudente puede dar ínfulas al mal. Ejemplo: Haití es un país que practica el satanismo en masa y que un presidente consagró al demonio. Si mañana asume un buen gobernante no va a poder prohibir el satanismo de la noche a la mañana porque va a fracasar y el demonio va a aumentar su poder sobre ese desgraciado país. Tendrá que hacer procesiones, vigilias, exhortaciones, dar buen ejemplo, invitar misioneros católicos en serio a que prediquen en las plazas. Después de un tiempo podrá prohibir el satanismo.


    Pretender que la tolerancia del mal constituye un derecho es precisamente el sofisma sobre el que se basa el famoso caso “FAL” con el que la Corte Suprema de Justicia introdujo el aborto en Argentina. Después vino la ley del Congreso, pero el sofisma de la Corte fue el antecedente necesario. 

    Resulta que en el Código Penal de 1922 se había infiltrado una “tolerancia” a ciertos casos de aborto, como el embarazo por violación sobre mujer idiota. La ley los condenaba como delitos, pero por razones de prudencia (en este caso equivocada) excluía el castigo que corresponde al homicidio. Eran los llamados “abortos no punibles”. La Corte inventó el sofisma que cuando un acto no es punible se convierte en un derecho y por lo tanto el Estado debe garantizar su ejercicio. Para demostrar lo equivocado de este sofisma basta recordar que el Código Penal tiene otros casos de “no punibilidad”, por ejemplo el hurto entre hermanos que conviven. Por razones de prudencia (en este caso acertada) la ley no quiere que un hermano mande a la cárcel a otro porque le sacó plata de la mesa de luz que tienen en el cuarto adonde duermen los dos. El mensaje de la ley es: “si tenés un hermano vago y ladrón perdonalo, escondé mejor tu plata, o mudate a vivir sólo en otro lado, pero no lo mandes a la cárcel”. Para la Corte Suprema el Estado debería garantizar el derecho del hermano vago y ladrón a sacarle toda la plata que pueda al hermano trabajador y ahorrativo.

    A pesar de la ya mencionada incapacidad del demonio para generar un “orden alternativo” al de Dios, no deja de intentarlo, utilizando especialmente a los falsos filósofos. Aclaro que si “filosofía” significa amor por la sabiduría, no deben llamarse filósofos a los pensadores que no adhieren a la verdad revelada. Así como tampoco pueden llamarse “antropólogos” a los que niegan el alma inmortal; deberían llamarse “simiólogos” o “primatólogos”.

    Enfin, resulta que como se dijo al principio el demonio exige una adhesión intolerante a cada uno de estos sistemas de falso “orden” que se suceden y se contradicen unos a otros. Más o menos como en Rusia soviética, que mandaba al paredón al distraído que seguía sosteniendo el mismo conjunto de mentiras, sin darse cuenta que ahora lo oficial es otro conjunto de mentiras.

    ¡Qué triste es la Humanidad lejos de las vías católicas!  

  • Benedicto XVI – RIP

    Oh Dios, que por una inefable disposición tuya, quisiste contar entre los Sumos Sacerdotes a tu siervo Benedicto: concede propicio que el que en la tierra hizo las veces de tu Unigénito Hijo, sea agregado a la eterna sociedad de tus santos Pontífices. Por el mismo Señor Nuestro Jesucristo… (Oración colecta de la misa de Requiem por un Sumo Pontífice)

    Alguien dijo alguna vez que la Iglesia desde su fundación hasta la Reforma fue la protagonista de la Historia. Era la que marcaba el paso, fijó el almanaque, fundó monasterios, hospitales y universidades, rigió la cultura y pensamiento. A partir de la quiebra religiosa del siglo XVI pasó a ser la gran antagonista de la historia, papel no menos glorioso, donde encabezada por España resistió como pudo y supo la Civilización Cristiana.

    Después del Concilio Vaticano II, fruto de sus textos o su espíritu o de ambos, no es el momento de discutirlo ahora, un gran complejo de inferioridad se apoderó de todos los hombres de la Iglesia y pasó a ser apenitas un perrito faldero del mundo moderno y post-moderno.

    Pero aún siguió habiendo coletazos de ese respeto por la Sede Romana como faro de la inteligencia y cultura en el mundo. Un ejemplo palmario fueron los funerales de Juan Pablo II donde pudimos ver a Condoleezza Rice, secretaria de Estado de los EEUU y no católica, de luto, arrodillada y con mantilla frente al féretro del difunto Pontífice.

    Con Benedicto XVI se nos va quizás la última inteligencia cristiana universal que entendía en el cabal sentido de la palabra lo que era la Europa cristiana y el papel de la Iglesia en el mundo. En él vivían Homero y Virgilio, toda la antigüedad clásica y el Sacro Imperio Germánico. Providencialmente era papa en Roma un germano.

    Él como muy pocos hoy en día, fue el último hombre con influencia mundial que entendía a San Benito y a San Agustín; encarnaba a San Patricio,  San Beda y San Eric; a Santo Domingo y a San Francisco, a San Buenaventura y a Santo Tomás, a San Luis Rey de Francia y a Isabel la Católica, a Santo Tomás Moro y a San Juan de la Cruz. Más allá de pedidos de perdón políticamente correctos, entendía la importancia de las cruzadas (por eso se oponía al ingreso de Turquía en la UE, independientemente de la opinión que ésta nos merezca) y agradecía la Reconquista española y la Evangelización de América (no hay más que leer su famoso discurso de Ratisbona).

    Era un hombre que entendía que para ser papa hay que saber, entre otras cosas, entre Monet y Manet no hay sólo una vocal de diferencia. Y ya que estamos con la pintura me viene a la mente una observación que hizo sobre los íconos y la pintura simbólica medieval. Estas, a diferencia de transmitirnos sentimientos o momentos como el barroco (con todo lo valioso que tiene), nos transmitían verdades eternas. La Iglesia en todo el pensamiento y cultura se apropió de la doctrina de la abstracción de Aristóteles, pero ello implicaba la “conversio ad Phantasmata”, la vuelta a lo real. Picasso, en el arte, cometió el error idealista de quedarse en lo abstracto como los idealistas lo hicieron en la filosofía. Joseph Ratzinger conociendo todo esto, no adhería a sistemas ideológicos sino a una Persona: Jesucristo. Y por eso también nos explicaba el Verbo hecho carne, lo eterno develado en el arte cristiano.

    Por ello mismo consideraba como la mejor evangelización el cumplir con el primer y tercer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas y rendirle el culto debido y digno de Él. No se contentaba con Sínodos de todos los colores sobre la catequesis como si fueran políticas de marketing para ganar adeptos. Volviendo a buscar el Reino de Dios en primer lugar sabía que luego vendría la añadidura. Así entendemos la centralidad total que le dio al culto en su Pontificado, restituyendo a la misa romana de siempre el valor perenne que tiene y que no podía perder al afirmar sin ambigüedades que nunca había sido derogada y que nunca había dejado de ser legítimo decirla. Esto le valió el odio del mundo, supuestamente tan propicio a favorecer cualquier tipo de manifestación religiosa del color que sea en aras de la libertad. Y ese mundo que busca que la Iglesia tire agua bendita sobre cualquier aberración, no soportó la misericordia y la justicia cuando levantó las excomuniones a los obispos de la Fraternidad San Pío X.

    Benedicto era teólogo y filósofo brillante, aunque pudiéramos discrepar con él; era paciente, humilde y devoto. Y por supuesto, como encarnación de esa cultura que se resiste a morir y de la que quedan solo algunos coletazos, era también eximio músico; no sólo en apreciarla sino también en tocar una pieza de Beethoven en el piano. 

    Quizás Benedicto nunca sea santo canonizado, no tenemos cómo saberlo ahora. No corresponde hablar mal de los muertos y menos en el inmediato momento de su fallecimiento. Pero sí marcar que su misma sabiduría antigua, de carácter no nominalista ni voluntarista, lo llevó a gobernar la Iglesia suponiendo la buena fe de sus adversarios internos y sin terminar de ver que a los ideólogos intra-eclesiales no se los convencía con buenas razones. Fue esa misma debilidad o ingenuidad, son palabras muy duras lo sé pero no encuentro otras, la que dio empuje a sus enemigos para sabotear todo su pontificado desde aquel 19 de abril de 2005.

    Santidad: ¡muchas gracias!

    “Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor” (Mt. XXIII, 25)

  • El catolicismo: refugio de la racionalidad

    Uno de los rasgos definitorios de nuestra cultura moral y política es lo que podríamos llamar “fideísmo secular”. El término puede sorprender a quienes conocen algo de historia teológica: el “fideísmo” se asocia típicamente con formas de creencia que niegan la explicación racional, una forma de fe que declara “lo creo porque lo siento” (y me gusta lo que siento). En otras palabras, el “fideísmo” generalmente se asocia con la “religión”, y si hay algo que no define la era secular, uno podría decir, es la “religiosidad”. Esta afirmación es cierta empíricamente hablando: encuesta tras encuesta demuestran que las personas, especialmente los jóvenes, están abandonando la religión en cantidades cada vez mayores. Entonces, ¿cómo se justifica describir la cultura secular como fideísta? ¿No es eso un oximoron?

    Cada sistema de creencias tiene su historia inicial y la del secularismo actual es más o menos así:

    Una clase dominante patriarcal y (sexualmente) opresiva alguna vez dominó a la humanidad al imponer un sistema de creencias supersticioso que engañaba a las personas para que pensaran que “la mente de Dios”, en lugar de la mente humana, es lo que da significado, estructura y propósito a la vida. El laicismo nos ha liberado de esta oscuridad epistémica y moral.

    Sin duda, quedan muchas disputas intestinas (y a menudo odiosas) entre los guardianes del mito secular. Algunos, por ejemplo, definen “la mente humana” colectivamente, lo que lleva a las “política de izquierda”, y algunos definen la mente humana “individualmente”, lo que lleva a “políticas de derecha”. Pero todos están de acuerdo en que es sólo la mente humana (individual o colectivamente) la que determina la naturaleza del bien y del mal. Eso es, en resumidas cuentas, tanto la modernidad como la posmodernidad: el eclipse total de la creencia en un Dios metafísicamente real, moralmente relevante y racionalmente accesible.

    Sin embargo, a diferencia de los mitos de la antigüedad, las fábulas de la secularidad sirven para ocultar en lugar de revelar, y su gigantesco secreto es este: nunca ha habido una mezcolanza de aseveraciones más grande, o un ejemplo más obvio de pensamiento grupal ciego, o una leyenda más egoísta y más fanática que la historia del secularismo siendo más racional que la religión, especialmente el catolicismo. El laicismo, en otras palabras, es quizás el mayor ejemplo de “fideísmo” en la historia de las ideas, especialmente cuando se aplica a la moral y la política.

    Por ejemplo, considere la evidente ausencia de racionalidad dentro de estas líneas maestras del secularismo, que, aunque contradictorias entre sí, definen colectivamente los contornos morales y políticos del Occidente contemporáneo:

    1. CIENCIA SOLAMENTE (O “CIENTIFICISMO”):

    El cientificismo sostiene que solo la “ciencia” —o la investigación empírica sistemática— puede proporcionar conocimiento verdadero. En resumen, si la ciencia no puede “probar” lo que estás diciendo, tus creencias son indistinguibles de la pura fantasía emotiva (es decir, simplemente lo estás “inventando”). Dejando a un lado el hecho de que el cientificismo es autocontradictorio (no existe ningún experimento científico que pueda llevar a la conclusión de que “solo la ciencia proporciona conocimiento verdadero”), aquellos que afirman el cientificismo, si son consistentes, deben abstenerse de hacer afirmaciones morales, o afirmaciones sobre lo que deben hacer los individuos, grupos, países, etc., por esta sencilla razón: la “ciencia” no tiene capacidad metodológica (establecimiento de un experimento) o sustantiva (el resultado de un experimento) para decir lo que “debería” ser. Todo lo que puede hacer en el mejor de los casos (e incluso esta capacidad es cuestionable) es describir comportamientos humanos y ofrecer explicaciones empíricas de las causas de esos comportamientos. Sin embargo, no puede proporcionar ningún mecanismo racional para determinar qué comportamientos son “buenos” y cuáles son “malos”. Hacer tal afirmación sería violar los parámetros epistemológicos de la ciencia al hablar de asuntos que no pueden conocerse empíricamente. Así, la próxima vez que escuches a alguien decir: “Solo creo en la ciencia y eres una mala persona si votas por el partido X”, o “Como científico, creo que el gobierno tiene el poder de imponer la ley X”, denuncia este engaño por lo que es: fideísmo envuelto en una racionalidad sucedánea de bata blanca.

    2. SUPREMACIA DE LA VOLUNTAD INDIVIDUAL SOLAMENTE (O LIBERALISMO CLÁSICO Y LIBERTARIANISMO)

    Ya sea que estén enraizadas en la tradición filosófica de Immanuel Kant o de John Locke, las teorías morales y políticas del “individualismo” —expresadas contemporáneamente como “Tú haces lo tuyo, yo haré lo mío”— no solo sostienen que los individuos nunca deben infringir a otros en su propia “búsqueda de la felicidad”; sostienen que cada definición de “felicidad” es igualmente aracional (ni racional ni irracional) y, por lo tanto, de naturaleza igualmente preferencial. Sin duda, el liberalismo y el libertarianismo clásicos pueden ser capaces de justificar coherentemente prohibiciones de acciones (es decir, “derechos negativos”) como el derecho a no ser asesinado, agredido, impedido de hablar en público, etc. Sin embargo, las mismas teorías no pueden, en consonancia con sus propios fundamentos filosóficos, decir algo sobre lo que un individuo o una sociedad debe hacer, por ejemplo, qué bien positivo debe perseguirse, que no se pueda reducir a una expresión arbitraria de preferencia personal. Lo que eso significa en la práctica es que todo liberal o libertario clásico que te dice “Está bien hacer X” no dice nada más que “Haz X porque quiero que hagas X”, lo cual es tan fideísta como parece.

    3. SUPREMACIA DE LA VOLUNTAD COLECTIVA SOLAMENTE  (O PROGRESISMO/“WOKEISMO”)

    A pesar de la apariencia externa de que el progresismo o la ideología “woke” son enemigos ideológicos jurados del liberalismo/libertarianismo clásico, las dos corrientes del secularismo comparten la suposición subyacente de que es la mente humana, no la mente de Dios, la que define la naturaleza del bien. Todo lo que hace la ideología progresista o ”woke” es comunalizar el “yo autónomo” del liberalismo/libertarianismo clásico al convertir el “yo creo” en un “nosotros creemos”. De cualquier manera, el resultado es el mismo: las declaraciones sobre lo que se debe hacer en lo que respecta a la naturaleza del bien y del mal, son de naturaleza puramente preferencial y, por lo tanto, no son más que afirmaciones de voluntad racionalmente ciegas, también conocidas como fideísmo. El progresismo ”woke” añade un insulto moral a la herida al afirmar además que “no existen los valores morales universales” al tiempo que insiste en que el progresismo ”woke” es moralmente superior a todas las visiones del mundo en competencia. Esto es lo mismo de declarar: “Creemos lo que creemos porque lo creemos, y tú también debes creerlo (o de lo contrario…)”.

    4. SUPREMACIA DEL “MERCADO” SOLAMENTE (O CONSERVADURISMO GLOBALISTA):

    El conservadurismo de un libre mercado “a ultranza”, no la opinión de que el libre mercado es bueno (lo que afirma el catolicismo), sino que el libre mercado es el bien supremo (que el catolicismo rechaza), puede considerarse inmune a la acusación de fideísmo debido a su inclinación por hablar con cariño de los “valores tradicionales”. Sin embargo, sigue siendo cierto que si la ganancia se encuentra tanto en la parte inferior como en la parte superior de nuestra jerarquía de los valores morales, entonces es racionalmente inconsistente afirmar que otros valores (por ejemplo, “la familia”, “sociedad cívica”, “matrimonio,” “educación clásica”, o incluso “dignidad humana”) tienen algo más que un valor instrumental, si es que tienen algún valor. En otras palabras, afirmar creer en “valores morales” dentro del horizonte del absolutismo de libre mercado no es más que una expresión de preferencia, también conocida como fideísmo.


    Estas cuatro opciones no agotan todas las vertientes del laicismo contemporáneo. Sin embargo, demuestran esta verdad primordial: la negación secular de una conexión racional entre la existencia de Dios y la existencia de un bien humano universalmente objetivo, necesariamente separa la “racionalidad” de cualquier “moralidad” sustantiva, lo que significa que todos los valores éticos y políticos necesariamente terminan siendo arrojados a un depósito de deseos subjetivos grabado con las palabras, “Yo/nosotros lo creemos porque yo/nosotros queremos creerlo”. Por lo tanto, el mejor apodo para “la era secular” podría ser “la era de la afirmación”.

    El catolicismo ofrece una alternativa. Precisamente porque sostiene que las afirmaciones “Dios existe” y “la relación con Dios constituye el bien supremo del ser humano tanto individual como colectivamente”, son cognoscibles racionalmente, universalmente en todos los idiomas y culturas, el catolicismo rechaza categóricamente el fideísmo, especialmente en lo que se refiere a cuestiones morales y políticas. La moral católica, por lo tanto, no es subjetiva. No es la sistematización de impulsos emotivos arbitrarios. Es, más bien, una colección ordenada de hechos morales deducidos de la estructura de la realidad. Como tal, su autoridad no proviene de la voluntad de un individuo o grupo sino, más bien, de la racionalidad misma, es decir, del Logos mismo (ver Juan 1:1).

    A medida que el mundo secular se hunde cada vez más en un caos moral y político trágicamente predecible, el catolicismo puede consolarse recordando que su casa está construida sobre roca. Ya sea defendiendo la dignidad de toda vida humana, la santidad del matrimonio y la familia natural, la realidad ontológica y la complementariedad de los sexos, o la obligación de construir un orden económico justo, el catolicismo puede (y debe) seguir blindando la luz de razón de las oscuras supersticiones de los cultos reinantes de la época. Como siempre lo ha hecho.

    Por Matthew Petrusek, publicado el 16/12/2022 en Word on Fire. Traducido por La Botella al Mar.

  • Navidad en medio del caos

    El año que viene es el octogésimo aniversario de la entrega de las conferencias de C. S. Lewis que más tarde se convertirían en su libro La abolición del hombre. Al releer esas conferencias hoy, es imposible no sorprenderse por su toque contemporáneo. La razón es simple: lo que Lewis identificó en 1943 como el problema clave que enfrenta la sociedad sigue siendo el problema clave que enfrentamos hoy, y de una forma aún más intensa. El tema es la antropología, la comprensión misma de lo que significa ser un ser humano.

    Gran parte de la agitación en nuestro mundo occidental contemporáneo es una función del colapso del consenso sobre lo que significa ser humano. Los debates díscolos y fútiles sobre el género, la sexualidad, el aborto y la raza se remontan a la pérdida del sentido de la naturaleza humana como una realidad universal que todos compartimos. Luego está la creciente tendencia en nuestra cultura a definir a las personas en términos de sus ideas y convicciones y, por lo tanto, a negar legitimidad a cualquiera que no esté de acuerdo con nosotros. Esto afecta todo. Hace que sea cada vez más raro tener amistades personales entre personas de diferentes perspectivas. Cuando somos nuestras creencias y convicciones, ¿qué podemos tener en común con quienes no las comparten? Es por eso que el lenguaje de los derechos humanos ahora a menudo (e irónicamente) no se usa para hablar sobre los derechos que todos los individuos disfrutan como seres humanos, sino más bien como una subcategoría socialmente construida de la humanidad. Y alimenta la creciente tendencia de ambos bandos políticos a negar legitimidad a las elecciones que favorecen al otro bando. Crisis es un término usado en exceso, pero parece eminentemente justificado para describir nuestro momento actual: vivimos en una época marcada por una crisis de la antropología.

    Con suerte, durante el próximo año, el aniversario de las conferencias de Lewis centrará la mente de muchos en las grandes preguntas que planteó: cuestiones de la ley natural, el subjetivismo moral, el propósito humano y las posibilidades distópicas de un futuro donde la naturaleza humana ha sido abolida. Después de todo, es seguro que los problemas que señaló Lewis en su día, en particular los planteados por la tecnología, son aún mayores ahora que en la década de 1940. Y la religión civil que entonces todavía impregnaba las sociedades occidentales y proporcionaba algunos límites a la abolición del hombre, ahora ha sido más o menos abandonada. Vivimos en un mundo en el que el problema no es simplemente que el centro no pueda sostenerse, para tomar prestada la frase de Yeats que se cita con frecuencia. Vivimos en un mundo donde el centro ha sido aniquilado gracias a la tecnología y la muerte de cualquier noción de una naturaleza humana fija y universal.

    Con suerte, 2023 será testigo de niveles significativos de interés en La abolición del hombre y provocará contribuciones útiles al campo de la antropología teológica. Mientras tanto, la Navidad ofrece a los cristianos de todo el mundo la oportunidad de reflexionar una vez más sobre la Encarnación, cantar sobre su glorioso misterio y hacer conexiones con una rica comprensión de lo que significa ser humano. Al menos tres cosas merecen atención, dado nuestro actual caos antropológico.

    Primero, la Encarnación muestra cómo los universales de la naturaleza humana no son anulados ni opuestos por los particulares de la existencia humana individual. Para que Dios se hiciera carne, era inevitable que lo tuviera que hacer como individuo específico en un tiempo determinado y en un lugar definido. Pero el Nuevo Testamento aclara en numerosos puntos—la genealogía en Lucas, el paralelismo paulino de Adán y Cristo, el llamado mundial del evangelio—que estas particularidades son simplemente los contextos necesarios para el significado universal de Cristo. Que él era un judío del primer siglo es verdad. Que era hombre también es verdad. Pero estos son simplemente los concomitantes necesarios del hecho de que él era sobre todo Dios manifestado en carne humana, cuya humanidad es común a todos nosotros.

    En segundo lugar, al tomar carne de María, nos muestra un hecho importante sobre lo que significa ser humano que la sociedad moderna trata de ignorar: todos somos criaturas dependientes. La afirmación cristiana es que Dios se hizo carne, Dios se hizo humano. Y en el centro de esa afirmación está la narración de la vida de Cristo, una vida en la que Dios mismo, trascendente y autosuficiente, se convierte en un ser humano, desde el cigoto hasta la edad adulta. Dios entra en la red de dependencia interpersonal que yace en el corazón de lo que significa ser humano. La naturaleza humana es más que un genoma; implica personalidad, y la personalidad implica dependencias.

    Tercero, Cristo en su naturaleza humana no depende simplemente de su madre. Él también depende de su Padre. El Nuevo Testamento habla de Cristo aprendiendo la obediencia a la voluntad de su Padre. Registra sus oraciones a su Padre, especialmente en el momento de crisis cuando se avecina el Calvario. Cristo muestra que ser verdaderamente humano es reconocer a Dios Padre y mirarlo para todas las cosas.

    Nuestro mundo se encuentra en un momento de crisis antropológica. Nuestra respuesta como cristianos en esta coyuntura es importante. El Adviento nos ofrece a cada uno la oportunidad de reflexionar sobre cómo Cristo, Dios Encarnado, ofrece una visión de la humanidad que no solo contrasta con las antropologías fragmentadas, autónomas y materialistas de nuestros días, sino que también habla de las necesidades más profundas de la humanidad: saber quiénes somos en relación con los demás y en relación con nuestro creador.

    Por Carl Trueman. Profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College y miembro del Centro de Ética y Políticas Públicas. Publicado en First Things el 22 de diciembre 2022. Traducido por La Botella al Mar.

    Ilustración: La Natividad, Jacob Jordaens, Bristol Museum & Art Gallery, Inglaterra.

  • FIF (Funny Inside Feeling)

    Cosme Beccar Varela (1911-1987) (abuelo de Isidro, Alfonso, Luis y yo) era muy amigo de los autores ingleses católicos. Fue a visitarlos a Inglaterra y llegó a ser representante de los derechos autorales de algunos de ellos. Encontré “pruebas de galera” (así se decía antes) de una traducción que probablemente preparaba para su editorial “Espiga de Oro”.

    Entre los libros de nuestro abuelo encontré “Now I See” (“Ahora Veo”) de Arnold Lunn, autor hasta ahora desconocido para mí. Lunn se convirtió al catolicismo en 1932, escribió el libro en 1933 y la edición que tengo es de 1939. Busqué por Google el título en castellano “Ahora Veo” de Arnold Lunn y constaté que es prácticamente desconocido en el mundo  hispanohablante.

    Me pareció suficientemente interesante como para resumir y traducir algunos trechos para LBM(RL), con comentarios. Aquí va.

    El padre de Arnold Lunn era predicador Metodista, su abuelo materno era clérigo anglicano. Pertenecían “a la clase que en conjunto despreciaba socialmente a los católicos” (pág 5). Sin embargo cuando Arnold era niño su madre entró por casualidad a una iglesia católica, vio un altar dedicado a San Francisco Javier y rezó para que su hijo fuera un misionero como él (misionero protestante, se entiende).

    Su camino hasta la conversión fue muy lento. De joven admiró a Leslie Stephen, un agnóstico pionero del alpinismo y como resultado Arnold se hizo ateo y escalador. El montañismo lo hizo famoso; recibió el título de “Sir” por su contribución en ese terreno.

    En su juventud su libro de cabecera era “An Agnostic´s Apology” y se suscribió a la “Rationalist Press Association”, lo que preocupó a sus padres, muy religiosos.

    Su problema es que no veía “lógica” en el cristianismo. Decía que el único argumento válido del Cristianismo es que su Fundador resucitó. Lo demás lo puede decir o hacer cualquiera. Pero como resucitar es imposible, entonces el cristianismo es falso.

    “Estoy convencido que es un gran error apartar como irrelevantes los argumentos lógicos a favor del Cristianismo y concentrarse en que la gente encuentre a Cristo” (pág 15). “De nada sirve implorar a la gente que viva cristianamente si no están convencidos que el Cristianismo es verdadero.” El Cristianismo sin la Resurrección no pasa de ser un “código de salud”, bastante poco atractivo (pag. 18).

    “Para los modernos, como el Profesor Julian Huxley, la religión no es otra cosa que una colección de momentos de éxtasis, como cuando se oye una sinfonía de Beethoven” (pag 21). “La emoción no disciplinada por la razón es siempre peligrosa. Adorar la naturaleza degenera en sentimentalismo. La religión de las montañas que algunos montañistas dicen profesar es fundamentalmente irracional. Las montañas se pueden comparar a catedrales, pero nadie adora catedrales.”

    En Mürren, Suiza, se encontró con el Padre Fahey (Comentario: enterrado en La Recoleta) y discutieron sobre los milagros de la Biblia. Arnold decía que si Josué hubiera detenido el giro de la Tierra la gente hubiera salido despedida por los aires a la velocidad que gira la tierra. Fahey le contesto que Dios Omnipotente hizo la ley de la Gravedad y por lo tanto puede suspender sus efectos (pág 37).

    “He leido todas las grandes obras de la literatura alpina pero el mejor elogio a las montañas lo escribió el Sr Hillaire Belloc, que no es montañista”. En ese libro Belloc hacía una breve descripción de una capilla adonde unos campesinos suizos católicos cantaban en latín “Te lucis ante terminum”. Ese descubrimiento hizo que Arnold empezara a entrar en las capillas católicas que encontraba en medio de los Alpes. También entraba en las protestantes, pero no le gustaban tanto.

    Según Lunn los modernos inventaron un Cristo diferente al real, con ideas como éstas: “Es mucho mejor pensar en Jesús como hombre… no hay que darle tanta importancia a los milagros… prefiero no pensar en los milagros… el Jesús-Hombre es más atractivo que el Jesús-Dios…” (pág 71). El Jesús real no solamente hacía milagros sino que además creía en la existencia del Infierno, creía en la existencia de los demonios y en muchas cosas que los modernos no creen.

    La religión moderna se reduce a un Agradable Sentimiento Interno, “Funny Inside Feeling” (FIF) por el cual las personas “sienten” que tienen razón y que los demás no la tienen (pág 76). El FIF es muy selectivo con sus textos. Por ejemplo al FIF no le gustan los textos del Evangelio en los que Jesús insiste en lo real que es el castigo eterno (pag 77). El nuevo mensaje es “Dios no castiga”.

    “A los ingleses no nos gusta la controversia, porque en realidad no nos gusta la lógica” “El valor que se le da a la controversia como medio para alcanzar la verdad naturalmente depende del valor que se le da a la lógica para sacar conclusiones correctas a partir de determinadas premisas.” (pág 99) “Nuestros antepasados medievales creían en la controversia porque creían en la Razón. Santo Tomás de Aquino escribió que es necesario disputar las verdades de la Fe en público, siempre y cuando los participantes estén bien preparados. Lutero criticaba los áridos silogismos de los escolásticos y sostenía: “La Religión no empieza en el cerebro sino en el corazón.” De hecho nuestra desconfianza nacional contra la lógica la debemos al protestantismo, que es ilógico. En el fondo los ingleses sabemos que “la lógica lleva a Roma.”

    Lunn se puso a investigar “el caso” de la Resurrección como si fuera un detective. Los testigos, los indicios, los datos, inclusive fuentes judaicas. Llegó a la certeza de que esta persona que vivió hace dos mi años había resucitado, efectivamente. Ese milagro lo llevó a adoptar el “combo” completo, es decir, el catolicismo tradicional, no las versiones aguadas y sentimentales.

    Casi a los 50 años Arnold fue recibido en la Iglesia Católica al pie del altar de San Francisco Javier en la misma iglesia de los Jesuitas en Farm Street, Londres, que su madre había visitado de niño. (Comentario: El autor de La Botella al Mar, Cosme Beccar Varela, también fue a rezar a ese altar y me trajo la postal que ilustra esta nota).

  • Ley Natural y Ley Divina

    Hay una infinitud de disputas económicas, sociales o religiosas entre los cristianos que nos dejan atónitos, pues no es fácil entender cómo gente con el mismo Maestro pueden ser tan radicalmente contradictorios: unos son capitalistas liberales y otros marxistas totalitarios.

    Tal contradicción se da, en gran medida, porque casi toda la literatura cristiana habla de la ley natural y la ley divina como si fueran lo mismo. Si bien es verdad que la ley divina vino a perfeccionar la ley natural, también es verdad que hablar de ambas sin tener claro el propósito de cada una, es abrir la puerta a todo tipo de problemas.

    Así urge comprender a quienes, y a qué obliga cada una.

    1) La Ley Natural es la primera, fundamental y universal. Su cumplimiento hace al hombre agradable a los otros hombres, dictando el respeto por la vida, la libertad y la propiedad de los demás, sin lo cual la sociedad se hunde en el caos y el crimen.

    La Iglesia la promueve de forma universal, independientemente de costumbres, credos, etnias o culturas, pues tanto el ateo como el creyente tienen iguales derechos a su vida, su libertad y en consecuencia al fruto de su trabajo, sin lo cual el hombre pierde su dignidad, su iniciativa y su misma razón de ser.

    2) Ley Divina es únicamente aplicable a los creyentes, y su cumplimiento nos hace  agradables ante Dios, exigiéndonos ya sea la castidad, la caridad, la humildad y una gran lista de virtudes y sacrificios en vista a la salvación individual.

    La Iglesia la propone al individuo como una renuncia voluntaria de sus comodidades o derechos, para seguir a Cristo:  “Si tú quieres toma tu cruz y sígueme”, en consecuencia la única persona que puede obligarte a practicar actos cristianos, eres vos mismo.

    Así queda claro que, la Ley Divina es para quien la quiera cumplir cuando y como quiera, y de aquí que deriva el mérito de sacrificar tu tiempo, tus derechos, placeres o intereses en orden a una promesa para muchos incierta: “Yo seré tu recompensa demasiadamente grande”.

    Los problemas surgen naturalmente, pues como los cristianos aspiran a sacrificios y virtudes que a otros no les interesan, fácilmente caen en la tentación de delegar al Estado la tarea de imponer estas supuestas virtudes a todos, como puede ser la “Justicia Social con los Pobres”, los supuestos “derechos humanos, laborales, infantiles, etc.” y cuando nos damos cuenta, ya hemos perdido la libertad, la familia, la propiedad, la cultura, la privacidad y probablemente hasta la misma libertad religiosa.

    Todo por olvidar lo fundamental: Si ni Dios te puede obligar a practicar la virtud o la santidad, mucho menos el Estado, pues la única persona que puede obligarte a hacer el bien eres vos mismo.

    Por otro lado, existen los consejos evangélicos, que nos invitan a ofrecer la otra mejilla, a no reclamar lo nuestro, amar a nuestros enemigos, a dar bien por mal, o mejor aún a dar sin esperar recompensa = ¿impuestos, regulaciones y expropiaciones?

    Ahora bien. Cuando el Estado te obliga hacer tales cosas, entra en flagrante contradicción con su misión primordial de hacer valer y respetar la Ley Natural ya sea robando el fruto de trabajo, anulando tu patria potestad, tu cultura, tus credos y así ya no más el garante ni de tu libertad ni mucho menos de tus bienes.

    Esta confusión explica por qué muchos cristianos (y no cristianos) bajan la cabeza mansamente ante atropellos y abusos sin resistencia alguna, “es justo que yo siendo rico sea obligado a dar mi ganancia a los pobres”, “siendo cristiano tengo aprender a ser tolerante con travestis y la ideología de género infantil” o “habiendo heredado tierras o empresas, es justo que la divida con los piqueteros o los sindicalistas”, y la lista es de no acabar. 

    Ciegos guiando a ciegos, a tal punto que hasta Francisco y el clero en general, con raras pero gloriosas excepciones, no están exentos de caer en estos abusos de una forma u otra, reinterpretando los evangelios a gusto del poder: “La lucha de Cristo por los pobres, la justicia social, o el derecho de los niños a la…” o lo que fuera.

    Conclusión: Sin libertad real, no existe humanidad, bondad ni virtud. Sin libertad seremos como robots a servicio de estados totalitarios. La libertad no es secundaria al ser humano. Es absolutamente primordial, pues el hombre depende de ella, tanto para su progreso mental, material como espiritual.

    Que Dios se apiade de todos nosotros.

  • Los siete pilares del régimen

    Los siete pilares del régimen

    El sistema moderno de gobierno es más aristocrático (¿oligárquico?) que democrático.  No es el gobierno de la mayoría. Es el gobierno de una minoría bien financiada y organizada.  Pero es innegable que tiene el consentimiento de por lo menos de una buena porción de la población. ¿Cómo consiguen ese apoyo?

    Si un progre nos lee (¡hola, Adolfo!) inmediatamente me dirá que eso es obvio y que se apoyan en los “intereses económicos” según lo que su facción viene proclamando hace mucho tiempo.  

    Y tiene Ud. razón. Pero solo parcialmente. Si la codicia fuera el único motor que mueve el esquema moderno de poder, las cosas serian relativamente simples.   

    Observemos nuestro propio día a día.  Es evidente que no todas nuestras acciones son empujadas por “intereses económicos”.  ¿Por qué compramos ropa “de marca” cuando pudiéramos vestirnos con un producto de igual calidad pagando mucho menos? Porque la motivación “vanidad” (orgullo) en este caso es más fuerte que la económica (codicia). Lo mismo podemos decir cuando preferimos quedarnos dormidos y no ir a trabajar.  La “fiaca” (pereza) es más fuerte que nuestro interés económico.  Los episodios en los que alguien, preso de un ataque de furia (ira), produce un daño que luego tiene que reparar a un costo considerable no son infrecuentes.

    Gracias a Dios también hay muchas motivaciones buenas y estoy seguro de que es la norma en todos nuestros lectores. Pero seamos sinceros ¿Acaso la pereza no es más fácil que la diligencia? ¿La gula que la templanza? ¿la lujuria que la castidad? ¿la codicia que la austeridad? ¿el orgullo que la humildad?

    Un cínico que no crea en el concepto de “naturaleza caída” o “cielo” o “infierno” o todas esas patrañas de la abuela, pero que tenga un poco de espíritu de observación se dará cuenta que todas esas pasiones pueden ser “apalancadas” con mucha facilidad para beneficio propio.

    Su primer desafío sería mejorar el “branding”.  Después de 2,000 años de educación Cristiana, el público pudiera tener alguna resistencia a una campaña que le propusiera como ideal ser orgulloso, perezoso, envidioso, degenerado, glotón, iracundo y codicioso.

    Pero, milagros del marketing moderno, si en lugar de orgullo hablamos de “igualdad”, si a los perezosos los llamamos “víctimas de la explotación”, si en lugar de envidia hablamos de “justicia social”, si decimos que la lujuria es una “liberación de prejuicios”, si justificamos la ira como “pasión revolucionaria”, y en lugar de codicia hablamos de “consumo” ya tenemos algo con lo que trabajar.

    Después nuestro cínico tendría que “personalizar la campaña”.  Tal vez un intelectual no sea codicioso o perezoso, pero el “ángulo” del orgullo funcione muy bien.  No parecería difícil incentivar la codicia de un empresario, la lujuria de un estudiante, la pereza de un trabajador, la gula de un adicto, la envidia de un fracasado. Y el mercado potencial de nuestro cínico es enorme. El conflicto entre vicios y virtudes es universal y el campo de batalla es el interior de nuestra conciencia. Y lamentablemente todos nosotros, mismo los que rezamos el Padre Nuestro, caemos (frecuentemente) en alguna tentación.

    Tal vez estos “pilares” no sean novedosos, pero si son poderosos.  Está en cada uno de nosotros restarles efectividad…  

  • Tradición y libertad

    En la Encíclica Notre Charge Apostolique contra el espíritu democrático de “Le Sillon” San Pío X decía: “…persuádanse que la cuestión social y la ciencia social no nacieron ayer; que en todas las edades la Iglesia y el Estado concertados felizmente suscitaron para el bienestar de la sociedad organizaciones fecundas; que la Iglesia que jamás ha traicionado la felicidad del pueblo con alianzas comprometedoras, no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas.”

    Esta famosa frase de San Pío X es intrigante. ¿Qué tiene que ver la tradición con la cuestión social y la democracia? ¿Porqué San Pío X consideraba que el pueblo debe ampararse en la tradición?

    Curiosamente encontré la respuesta en el libro La libertad y la ley, de Bruno Leoni (1913-1967), un filósofo italiano liberal absolutamente insospechado de cualquier relación con las teorías político-tradicionalistas de San Pío X.

    La tesis principal de Leoni es que “existe un claro paralelismo entre el concepto de legislación positiva y el socialismo, por un lado, y el concepto de Derecho entendido como producto evolutivo y consuetudinario y la libertad, por otro.”

    O sea que según Bruno Leoni hay un paralelismo: Ley Positiva = Planificación socialista / Ley Consuetudinaria = Libertad.

    Aclaro para los que no son abogados que Ley “positiva” significa Ley “puesta” o sea dispuesta o impuesta por una autoridad. En cambio la Ley Consuetudinaria no es atribuible a ninguna autoridad concreta; es el fruto de siglos de lenta maduración, el resultado de muchas generaciones haciendo “try & error”, lo que le da a la tesis de Leoni un cariz un poco darwiniano. Pero no me parece que ese cariz la descalifique. Lo esencial es que la Ley Consuetudinaria no es planificada. Tiene la guía implícita de la naturaleza humana, de la manera de ser de cada pueblo y -esto no lo dice el liberal Leoni- de los designios de la Divina Providencia para cada pueblo. 

    La autoridad puede decir toda las veces que quiera “esto se va a hacer así de ahora en adelante” (son las leyes positivas), pero jamás va a poder decir “esto se hizo siempre así”. La contradicción con la ley consuetudinaria le resta legitimidad a la nueva ley.

    Es tal la fuerza de la ley consuetudinaria que a veces la autoridad siente necesidad de mentir, manipular y pretender que su ley positiva fruto de una fría planificación es apenas una reinterpretación de la consuetudinaria. Pero como decía alguien, se puede engañar a pocos durante mucho tiempo, se puede engañar a todos durante poco tiempo, pero no se puede engañar a todos durante mucho tiempo. A la larga quedará patente la contradicción entre la ley positiva y la consuetudinaria, en detrimento de la positiva.

    También hay que aclarar que puede haber una ley consuetudinaria injusta, como el canibalismo entre los aztecas, y puede haber una ley positiva justa, como la prohibición del canibalismo por los españoles. Una no es buena por el sólo hecho de ser espontánea y la otra mala por el sólo hecho de ser planificada. Obviamente las cuestiones que se resuelven mediante siglos de “try & error” tenderán a ser más justas que las cuestiones resueltas por un silogismo burocrático. Pero ésa no es la cuestión. Lo interesante de la tesis de Bruno Leoni es que relaciona la ley consuetudinaria con la LIBERTAD.  

    La imposibilidad que tiene la autoridad de manipular el pasado convierte a la ley Consuetudinaria en bastión de la libertad. Es una ley que está por encima de la autoridad del momento. Es un obstáculo que traba al gobernante. Por eso San Pio X decía que protege al pueblo.

     Este rol de la Tradición poniendo límites al poder aparece en nuestra reciente nota sobre Los Intelectuales. Paul Johnson dice sobre los intelectuales anteriores a la Revolución Francesa que “sus innovaciones morales e ideológicas estaban limitadas por los cánones de la autoridad externa y por la herencia de la tradición” y que “la sabiduría colectiva del pasado, el legado de la tradición, los códigos prescriptivos de la experiencia ancestral existían para ser seguidos selectivamente o rechazados por completo…”  

    El abandono progresivo de la Tradición durante los últimos 200 años fue removiendo ese obstáculo al poder y eso explica el creciente control del Estado sobre todos los aspectos de la vida, especialmente en la educación.

    En materia religiosa hay un paralelismo similar: Misa Nueva = Liturgia planificada / “Mass of the Ages” = Liturgia inspirada

    Como dijo Ratzinger, los Papas son los jardineros de la liturgia, no sus fabricantes. La liturgia es como un árbol que se desarrolla lentamente. El Papa debe regarlo y cuidarlo; no puede hacerle cambios, a no ser muy pequeños, casi imperceptibles, como haría un jardinero.

    Para ilustrar lo que es el despotismo inhumano planificador recomiendo ver el segundo capitulo de la serie “Mass of the Ages”. La imagen del árbol que se venía desarrollando durante veinte siglos aparece en el minuto 25 y la brutal poda que sufrió en 1970 aparece en el minuto 38. Escalofriante. 

    Pero como decía Bruno Leoni, la fuerza de la Tradición es inmensa. Lentamente la liturgia planificada va cediendo. Por un lado aumenta el número de sacerdotes que celebran la liturgia inspirada, especialmente sacerdotes jóvenes. Pero el mayor tributo a la Tradición consiste en que los sacerdotes que celebran la liturgia planificada (que siguen siendo mayoría) cuando quieren celebrarla bien, con piedad y devoción, imitan cada vez más a la liturgia inspirada. A la larga muchos se van a preguntar porqué seguir con imitaciones si pueden recurrir al original. Al despotismo planificador le va a costar cada vez más imponerse.  ¡Tradición es Libertad!