530 años atrás, un 12 de octubre a las 2 de la mañana, Rodrigo de Triana ve tierra americana por primera vez desde su puesto abordo de La Pinta, una de las famosas carabelas al mando de Cristóbal Colón.
Con la salida del sol, y como leemos en el diario del jefe de la expedición, “llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda la Armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se ajuntó allí mucha gente de la isla.” (1)
Habiendo llegado, no tardaron mucho en darse cuenta que no estaban en “las Indias” que buscaban. Con esta realización confirmada, cambiaria el propósito de la travesía que se había mentado para establecer una nueva ruta comercial (es de notar que no había a bordo de las carabelas ni sacerdote ni militar alguno), y el viaje sería el detonante de algo totalmente diferente.
Sin entrar en tecnicismos sobre si esta fecha recuerda o no un “descubrimiento”, el hecho es que Colón, no sólo se topa con América por primera vez, pero vuelve con éxito y comparte con otros su experiencia y conocimientos, lo que hace más significativa aún su travesía. En el plazo de diez años cruzará con éxito el Atlántico tres veces más, uniendo definitivamente a España – y por extensión a toda Europa – con las costas del Caribe, Venezuela y Centro América.
Al tiempo que celebramos el descubrimiento de América, también festejamos lo que fue un verdadero derroche de energía e imaginación que se desencadenaron en el alma colectiva de los recientemente unificados reinos de España, al entender que tenían entre manos tierras ignotas a explorar. Desde el primer momento, Fernando e Isabel y sus descendientes, administraron la conquista de todo el continente americano, supervisando la transfusión de la sangre de un pueblo que logró en tiempo récord cristianizar, asimilar y poblar el “Nuevo Mundo”, plantando la semilla y construyendo las bases de las naciones de las que hoy formamos parte.
El modelo a seguir surgió casi de inmediato. Nobles e hidalgos aportaban financiación y el “músculo” militar de la aventura, que se hacía en nombre de la Corona. Esta, a su vez, retenía autoridad final sobre lo actuado por estos, y no solo adquiría soberanía sobre las nuevas tierras sino que también insistió desde el principio que la misión evangelizadora debía ser parte de cualquier empresa. Cerrando el cuadro administrativo, no podemos dejar de mencionar a los escribanos, abogados y juristas que notariaban lo actuado; informando al poder central en gran detalle, generando una inmensa carga burocrática que, algunos dicen, terminó siendo fatal a los intereses de España con el correr de los años, aunque invaluable para los historiadores e investigadores que siguieron.
Encuadradas en este modelo, hubo centenares de expediciones de diversa magnitud, que conformaron una verdadera carrera conquistadora sin precedentes en la historia. Para poner en perspectiva la dimensión de esta obra, recordemos que pasaron menos de 100 años entre la llegada accidental de Colón a una diminuta isla del Caribe y estos hitos:
- Fundación de La Havana en 1515.
- La caída del imperio Azteca en 1521.
- La caída del imperio Inca en los años 1530.
- Fundación de Cartagena, Colombia en 1533.
- Fundación de Lima, Perú en 1535.
- Primera fundación de Buenos Aires, en 1536.
- Fundación de Asunción, Paraguay, en 1537.
- Fundación de Santiago, Chile, en 1541.
- Juan Rodríguez Cabrillo llega a California en 1542.
- Fundación de Potosí, Bolivia, en 1545.
- Fundación de San Agustín en Florida, Estados Unidos en 1565.
- Fundación de San Miguel de Tucumán, Argentina, en 1565.
- Fundación de Córdoba, Argentina, en 1573.
- La segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580.
- Fundación de Salta, Argentina, en 1582.
Fue como si el genio español, restringido y asfixiado durante 800 años por una Reconquista que parecía no terminar nunca (convengamos que el territorio siendo reconquistado de los musulmanes era más bien pequeño), hubiese explotado cual vapor en una olla a presión una vez que cayó Granada y se abrieron las puertas del mar a las tierras de horizontes sin límites.
América ofrecía un sinfin de oportunidades sea al militar, al explorador, al artesano o al misionero. Y en lo que sería un gran éxito del “marketing” de la época, hasta sedujo al aventurero, sugiriendo por medio de leyendas la posibilidad de riquezas fabulosas que quedaron grabadas para siempre en el imaginario colectivo. Una vez que cayeron los aztecas, o todo su oro no pudo salvar al Inca, se oye desde lugares siempre un poco más lejanos, el canto seductor de riquezas fabulosas esperando para entregarse al corajudo que llegue primero. Leyendas como La Ciudad de los Césares o El Dorado (2), sirvieron para que millares de kilómetros cuadrados sean explorados y para que tras los pasos del aventurero desilusionado siguiesen los fundadores de ciudades y los que buscaban su fortuna en el trabajo.
Porque al final del día, (con algunas notables excepciones), los conquistadores no fueron premiados con riquezas fáciles o fabulosas. Fue la tierra misma, la que muchos regaron con su sangre, la que recompensó sus esfuerzos y bendijo a sus descendientes (3). Fue en esta tierra en la que se asentaron desde el primer momento los misioneros, sacerdotes y evangelizadores, que levantaban la cruz y las iglesias a cuya sombra encontraron refugio y salvación los habitantes originarios. Fue a esta tierra a la que vinieron también millares de hombres y mujeres (en su mayoría españoles durante estos primeros cien años), y la convirtieron en propia, generando con el pasar de los años una identidad única, derivada de la española, pero diferente a ella por las circunstancias de la geografía y el mestizaje.
Muy acertadamente Faustino Rodríguez San Pedro acuña en 1913 el término “Día de la Raza”, para festejar la unión entre España e Iberoamérica, para que “se conmemore la fecha del descubrimiento de América, en forma que a la vez de homenaje a la memoria del inmortal Cristóbal Colón, sirva para exteriorizar la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano, hoy prósperos Estados.”
Es esa historia y esa unión (y no a los “pueblos originarios” como algunos pretenden ahora) lo que celebramos hoy.
Desde hace tiempo que la figura de Colón es vilipendiada. No olvidemos que fueron sus contemporáneos españoles, que conocieron de cerca sus defectos, los que lo apartaron de posiciones de gobierno. Por eso es que Colón muere en la pobreza y despojado de sus títulos. Más adelante, es la “Leyenda Negra”, anti-española y anti-católica, que con fines claramente propagandísticos, suma Colón a un listado de horrores cometidos por los rivales de Inglaterra. En tiempos más recientes, el frenesí anti-columbino que incluye la destrucción o remoción de sus estatuas por el mundo entero, va mucho más allá de ser un acto “anti-español” y es un estribillo del mismo movimiento que usa el ambientalismo como excusa para socavar y posiblmemente destruir lo que queda de los valores cristianos de la civilización occidental (4). Colón no es criticado ya por sus defectos (que los tuvo y muchos), pero por haber posibilidado que la civilización europea (entonces cristiana) se implantase en América.
Las elites intelectuales de la izquiera y la progresía mundial, disfrazadas de “tribunal popular” o de “defensores de los pueblos originarios”, prenteden juzgar a Colón con sus criterios modernos y su agenda ideologizada, y contrastan al navegante con una visión idílica de la vida en América antes de la llegada de los europeos. Colón y los que siguieron sus pasos habrían llegado a un paraíso perdido, donde existía una sociedad perfecta en plena armonía con la naturaleza. Un paraíso vírgen de los horrores y los pecados de Europa.
Ambas visiones son falsas. Ni España impementó en América un genocidio organizado de los “pueblos originarios”, ni estos pueblos vivían idílicamente. Es bueno recordar que tanto los españoles como los indígenas, eran todos humanos. Hombres de su época y sus culturas, con sus virtudes y sus defectos. Eso dicho, una de las civilizaciones era Crisitana (al menos aspiracionalmente) y con la visión antropológica que esta posee sobre los derechos del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. La otra estaba aun sumida en las tinieblas del paganismo y como los sacrificios humanos de los aztecas y otras prácticas aberrantes del continente atestiguan, representaba una cosmovisión que no podía coexistir con la que llegaba de Europa en las tres carabelas con la cruz en sus velas. Al final del día (y para enorme ventaja de todo el continente y amargura de los neo-paganos) prevaleció la Crisitana.
En última instancia, la brújula de Colón abrió el camino a la espada del conquistador y a la cruz del misionero. Esta combinación permitió en nuestro continente el desarrollo de una sociedad criolla en la que fue posible, en las palabras de Carlos Ibarguren (h) “el establecimiento formal de la familia cristianamente constituida; la práctica de las virtudes domésticas que ella supone; el apego al suelo mediante la propiedad territorial heredable de generación a generación; lazos morales, todos esos, entre la tierra y la sangre, que cimentan la paz, el orden, el hábito comunitario; vale decir el amor a la patria, nacido con el arraigo de la estirpe al terrón nativo.” (5)
Es por eso que digo con orgullo: ¡Gracias Colón!
(1) Ver El primer viaje a las Indias Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas.
(2) Es interesante notar como estas fabulosas ubicaciones están geográficamente en las antípodas de Sudamérica. Jerónimo Luis de Cabrera (nieto) llega desde Córdoba hasta el volcán Villarica en Chile en busca de la Ciudad de los Césares. E incontables expediciones como la del aventurero paranoico Lope de Aguirre (ver biografía de Tula Cervín en Los Antepasados) buscaron el mítico El Dorado en la selva a amazónica entre Brasil, Colombia y Venezuela. Podríamos agregar a esta lista la mítica Fuente de la Eterna Juventud que trajo a Juan Ponce de León y muchos otros a Florida en Estados Unidos.
(3) Como botón de muestra de una larguísima lista de conquistadores y las vicisitudes de sus andares y muertes en América, recomiendo leer la biografía de Juan Gregorio Bazán escrita por Carlos F. Ibarguren en Los Antepasados.
(4) Para leer más sobre el tema, ver El ambientalismo como religión.
(5) Ver Los Antepasados, de Carlos F. Ibarguren. Biografia de Hernán Mexía de Mirabal.
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