Frente Cultural – Página 3 – La Botella al Mar

Categoría: Frente Cultural

Comentarios y noticias sobre la guerra cultural incluyendo temas morales, familia, cultura, arte, etc.

  • ¿Crisis en la Iglesia y una luz de esperanza en Holanda?

    Hace tiempo vengo siguiendo las noticias del camino sinodal que ha iniciado parte de la iglesia católica alemana, así como peticiones puntuales de algunos católicos anglicanos que van en contra de la doctrina. Sin embargo, la iglesia flamenca de Bélgica ha dado un paso más audaz al establecer una liturgia para las parejas homosexuales, es decir, una especie de matrimonio de parejas del mismo sexo, junto con la creación de la coordinación de “Homosexualidad y Fe” dentro del Servicio de Pastoral Familiar Interdiocesana de la Iglesia católica flamenca.

    Efectivamente, los obispos flamencos liderados por el Cardenal Jozef De Kesel – Arzobispo Metropolitano de Bruselas desde noviembre del año 2015 y Presidente de la Conferencia Episcopal de Bélgica desde febrero del año 2016 – a través de un documento titulado “Estar cerca de los homosexuales desde el punto de vista pastoral. Por una Iglesia acogedora que no excluya a nadie”, se desmarcaron del resto de la Iglesia y comunicaron que bendecirán uniones de parejas homosexuales, a través de una liturgia especial para estas celebraciones.

    El cardenal De Kesel (en la foto) se ha caracterizado por sus polémicas declaraciones siempre en contradicción con la doctrina de la Iglesia Católica, las cuales no han sido obstáculo para avanzar en su carrera y nuevos cargos designados desde el Vaticano. Así, dos meses después de su nombramiento como Arzobispo, en el año 2010, De Kesel cuestionó el celibato clerical. Posteriormente, en el año 2012 se proclamó defensor de la ordenación de mujeres dentro de la Iglesia católica, por citar alguna de sus posturas.

    Sin embargo, hasta el momento no ha habido reacción alguna del Vaticano, solamente un artículo en “El Observador Romano” que, si bien no condena expresamente la decisión de la Iglesia flamenca, señala que no cuentan con el permiso de Roma y que no está permitido conforme a la doctrina católica. 

    Para algunos, la postura débil del Vaticano tendría por objeto evitar enfrentamientos, que llevarían inevitablemente a un cisma; para otros, estaríamos frente a hechos consumados que a nadie le importan. Pero ¿qué pasa con los católicos – dentro de los que me incluyo – a los que sí nos importa la doctrina de la Iglesia y la opinión del que se supone que es el representante de Dios en la tierra y sucesor de San Pedro? ¿Qué pasa con el escándalo que provocan declaraciones y actos como los de la iglesia flamenca y en especial del cardenal de Kesel?, quién además no es sancionado o amonestado por sus superiores desde Roma.

    En otro ámbito, en los mismos días que la Iglesia flamenca emitía el documento sobre la liturgia especial para parejas homosexuales; la ministra española Irene Montero declaraba en el parlamento, que un menor tiene “derecho a amar o tener relaciones sexuales con quién les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento”, levantando una gran polémica en redes sociales y petición de cese o dimisión por parte de los sectores conservadores del país, no así desde el gobierno ni desde la Iglesia española.

    Efectivamente y para gran sorpresa de muchos, el secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Luis Arguello, salió en defensa de la Sra. Montero argumentando que sus palabras se sacaron de contexto, sosteniendo que “Francamente, no creo que la Ministra de Igualdad [Irene Montero] defendiera en esas declaraciones que los niños puedan mantener relaciones sexuales”, ante el desconcierto de los fieles que esperaban una condena o al menos una crítica.

    Diferente ha sido la reacción del cardenal holandés y arzobispo de Utrecht, monseñor Wilhelm Eijk, quien mientras Roma y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe callan, en un artículo publicado en el medio italiano La Brújula Cotidiana, hace un ferviente llamado para que los círculos eclesiásticos competentes ordenen a los obispos flamencos retirar su declaración. 

    No es la primera vez que monseñor Eijk defiende públicamente la doctrina tradicional de la iglesia asegurando que el futuro pertenece a la práctica ortodoxa de la fe, y que “las religiones que se adaptan a la cultura y a los tiempos actuales se pierden y pierden a sus fieles”, algo que él ha podido experimentar en su propio país, donde la fe es ya prácticamente residual precisamente por el abandono de la propia curia.

  • Los últimos covidianos

    Introducción de La Botella al Mar: Pasarán muchos años antes de que todos los hechos relacionados con el Covid-19 y su manejo por parte de los gobiernos y las estructuras de poder del mundo puedan ser analizados con el detalle que se merecen. Si es que algún día todos los hechos salen a la luz. Mientras tanto, este artículo de David Marcus en The Spectator pone el foco, con bienvenido humor, en aquellos que se aferran a sus mascaritas con un fanatismo irracional que formará parte también de lo que sociólogos e historiadores serios tendrán que analizar a la hora de entender qué nos dejó (y qué nos sacó) esta famosa pandemia.


    Caminan entre nosotros. Los últimos covidianos. Los vemos todos los días, enmascarados mientras pasean a su perro en el parque, o solos en su automóvil. Tenemos ese amigo o ser querido que nos acosa con las vacunas y los refuerzos como un ejecutivo de relaciones públicas de nivel medio en Pfizer.

    También está el guerrero de las redes sociales que nunca admitirá que se equivocó con los cierres, e insiste que incluso con nuestra economía y sistema educativo en ruinas, deberíamos estar agradecidos.

    No olvidemos a los funcionarios de salud pública como San Fauci, de quien recientemente supimos que tuvo una ganancia inesperada de mega millones mientras que el poder adquisitivo de los estadounidenses se desplomó. “Oh, no”, advierten, “¡no bajes la guardia ahora! ¡Viene el invierno!”

    Los últimos covidianos no son como los soldados japoneses en las islas después de la Segunda Guerra Mundial que no sabían que el conflicto había terminado; se parecen más a los soldados japoneses que siguen montando guardia en Tokio después de la guerra y le preguntan a una población desconcertada: “¿Por qué haces eso?”.

    El mes pasado, Joe Biden declaró que la pandemia había terminado. Fue uno de esos raros casos en los que el presidente dice algo que realmente tiene sentido. Por supuesto que se acabó. Las restricciones legales locales y estatales han caído casi en el olvido, y la mayoría de los estadounidenses hacen esto y aquello sin pensar en el Rona.

    Aquí en la ciudad de Nueva York, el nuevo mensaje sobre el uso de máscaras en el metro y otros espacios es “tú lo haces”. Esto viene de personas que pasaron dos años ladrando “tú haces lo que te dicen, o si no”. En su apogeo, los ejecutores del bloqueo de Covid, tanto oficiales como de otro tipo, eran tan conciliadores como una dominatriz. Ahora tú estás a cargo, ¿en serio?

    Estas fueron las personas que sufrieron ataques de apoplejía si su máscara cayó debajo de su nariz, que protagonizaron video viral tras video viral de pánico en la tienda de comestibles y diatribas en el asiento del automóvil. Incluso los silenciosos dirigían miradas de acero fundido a los que no tenían máscara, sus ojos enojados y disgustados visibles sobre el ceño fruncido oculto por la máscara.

    Entonces, ¿cómo deberíamos nosotros que hemos dejado atrás los tristes anuncios de televisión de música de piano y el crujido diario de los números de Covid tratar a aquellos que se aferran amargamente a su pandemia?

    Supongo que la bondad debería estar a la orden del día, pero ¿no fue la bondad la que nos metió en este lío en primer lugar? ¿No fue parte de la razón por la que los estadounidenses permitieron que las medidas de bloqueo absurdas y arbitrarias — e ignoradas por sus superiores — durasen tanto tiempo, su deseo de ser amable con los aterrorizados?

    Incluso después de que miles se aglomeraran en protesta contra la violencia policial, como docenas de Lollapaloozas, aún nos dijimos que lo más cortés y decente que podíamos hacer era fingir que nunca sucedieron y mantener el distanciamiento social. Éramos tontos.

    No solo nos tomaron por tontos, sino que se burlaron de nosotros y nos castigaron, nos despidieron de nuestros trabajos, nos llamaron asesinos de abuelas, nos excluyeron de las redes sociales, nos multaron por administrar nuestros negocios y, en general, nos trataron bastante mal. ¿Simplemente olvidamos todo eso?

    Nadie cree que sea una buena idea acercarse a las personas que usan una máscara y comenzar a regañarlas, a pesar de que alguna vez fue una parte perfectamente normal del día si uno desafiaba los protocolos. Pero, ¿qué tal un poco de vergüenza suave? Un guiño y una sonrisa mientras les decimos: “Recuerda, no te toques la cara”. O tal vez, “llamó 2020 y quiere recuperar tu obediencia sin sentido”. Se creativo.

    Hay dos problemas con dejar el pasado en el pasado e ignorar las fobias hipocondríacas de nuestros conciudadanos. Uno, ver las caras de las personas, ir a trabajar en las oficinas y tener interacciones sociales normales son parte de una sociedad que funciona. Pero además, los últimos covidianos están tratando de ocular a un verdadero desfile de mentiras covidianas.

    Cuanto más tiempo se les permita fingir que el covid sigue siendo una emergencia que debe ser parte de todo lo que hacemos, más razonables parecerán los absurdos de 2020, como lavar los alimentos y no tocar los picaportes, y más justificados parecerán los bloqueos inmorales.

    La verdadera amabilidad aquí es decirles a las personas que no tienen un riesgo raro, único y específico de Covid que se ven completamente ridículas cuando continúan con estas precauciones absurdas que no funcionaron en primer lugar. Es como usar una camiseta que dice: “No tomes nada de lo que digo en serio”.

    Si todos estábamos juntos cuando llegó el momento de apagar las luces y acurrucarnos en nuestras casas para combatir el virus, entonces todos debemos estar juntos cuando salgamos de nuestra pesadilla de encierro. Es hora de quitarse la máscara de la cara o enfrentar el hecho de que pareces un tonto. Y no es trabajo de nadie más fingir que no lo sos.

    por David Marcus

  • Exige derecho a abortar… pero no puede

    En Chile hemos sido testigos de un absurdo episodio a raíz de las declaraciones de la diputada “trans” de la República en ejercicio, Emilia Schneider Videla (por el partido Comunes), al señalar que luchará “con todo” contra la derecha, para que no puedan quitarle su derecho a abortar, pese a que por razones biológicas nunca podrá quedar embarazada. Para los lectores que no lo saben, la congresista nació como Sebastián en el año 1996, algo que en algúbn momento de su vida eligió no aceptar, iniciando “un proceso de cambio” para convertirse en la Emilia que conocemos hoy, activista LGTBI,  primera presidenta transgénero de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), hasta llegar al cargo que hoy ejerce, en el Congreso Nacional, entre otros.

    Hasta ahí el país en silencio y pretendiendo creer que el deseo de Emilia era muy válido, aunque biológicamente nunca tenga posiblidad de ejercer el derecho que pretende ejercer, recordándonos el episodio del traje nuevo del emperador de todos conocidos y que vivimos en un régimen de cancelación, impuesto por las minorías,  donde ya no nos atrevemos a expresar no solo lo que pensamos o creemos, sino lo que la lógica y razón misma indican.

    Sin embargo, envalentonada tal vez cono su reciente inclusión en las noticias, Emilia insultó ayer a dos diputados al tratarlos de mentirosos en su intervención en la Sala de la Cámara de Diputados, siendo refutada por el también diputado Sr. Gonzalo de la Carrera, al replicarle a viva voz “habla de mentiras, yo le quiero decir que yo he escuchado de usted dos grandes mentiras. Respetando su condición, usted no puede exigir su derecho a abortar porque jamás podrá abortar y tampoco puede exigir su derecho a menstruar”.

    En medio de las palabras del diputado de la Carrera y antes de que pudiera terminar, se empezaron a oír gritos de parlamentarios manifestando su indignación con esta línea argumental, acusándolo de transfóbico contra una colega y todo tipo de calificativos negativos. De inmediato, la propia Emilia anunció una denuncia en la Comisión de Ética y una querella en sede penal; mientras el Gobierno adelantaba el envío de un proyecto de ley que permita destituir a un parlamentario en casos de ataques a otros, calificando los dichos como “acciones de odio” y “ataques por orientación sexual o identidad de género”; junto con manifestar su más profunda y cariñosa solidaridad con la diputada y toda la comunidad LGBTQIA; confirmando que son las minorías las que gobiernan y sus opiniones se han convertido en palabra sagrada, y  si las contradices quedas “cancelado”.

    Los hechos descriptos generaron discusiones de todo tipo en las redes sociales, donde algunos sostenían que los dichos de Gonzalo de la Carrera si bien verdaderos, resultan políticamente incorrectos. Olvidan tal vez los que dan primacía a lo “políticamente correcto”, lo que comentó el profesor de derecho de la Universidad de Stanford, Michael McConnell, en entrevista publicada en el diario El Mercurio en agosto del año 2014, cuando comentaba que “lo políticamente correcto se opone a la idea de libertad de expresión”, erigiéndose tal concepto, las más de las veces, en una simple “excusa para censurar”.

    La hoy llamada “cultura de la cancelación” no solo quita productos del mercado para no exponer a la empresa al desprestigio cultural promovido activamente por movimientos progresistas (como el caso de Nike que retiro de la distribución sus zapatillas conmemorativas del 4 de Julio, conocidas como “Betsy Ross Flag”, tras la queja de un jugador negro de la NFL), sino que lleva a las masas a no opinar frente a disparates como que un hombre sostenga que luchara para que no le quiten el derecho a abortar y menstruar; reflejando que en un mundo que aparenta ser cada día más libre, los ciudadanos se sienten cada vez menos libres para expresarse, donde absolutamente todo es potencialmente ofensivo y motivo incluso para ser destutido de un cargo como el de diputado, al que uno accedió por eleccion popular.


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  • El ambientalismo como religión

    Introducción de La Botella al Mar: Cuando Marx dijo que “la religión es el opio de los pueblos”, estaba repitiendo parte del mensaje de una corriente de pensamiento que se hizo fuerte desde la época de la Ilustración y el Enciclopedismo. Estos pregonaban que la humanidad, iluminada por la razón y la ciencia, estaba finalmente dejando atrás las épocas obscuras de la credulidad y la supertición. El auge de innovación tecnológica alcanzado en la segunda mitad del siglo XIX, parecía confirmar para algunos estas expectativas y haber relegado a Dios a las páginas de los libros de historia. Aunque las dos guerras mundiales del siglo XX temperaron la creencia optimista de un futuro de constante mejora para una humanidad libre de las cadenas del oscurantismo, aún entonces corrientes influyentes en la sociedad presentaban a la ciencia como una alternativa o una refutación misma de la religión.

    Sin embargo, iniciado el siglo XXI, estamos constatando que la humanidad que le dio la espalda o pretendió “matar a Dios” como dijo Nitzche, no lo ha reemplazado por la tan mentada racionalidad despojada de misterios. Lo que está ocurriendo, lo que estamos viendo, es el reemplazo del Dios y la religión verdaderas, por dioses y religiones falsas, que dependen aún más de la fe ciega otrora criticada, que impone otros dogmas en reemplazo de los antes condenados y que cuenta con su propia Inquisición, mucho más eficaz en aislar y “cancelar” a los herejes de lo que cualquier tribunal eclesiástico lo fuera en tiempos pasados.

    El artículo que sigue, una tesis publicada en 2010 por Joel Garreau, detalla la estructura, preceptos y dogmas de una de las muchas religiones modernas: el ambientalismo. La traducción es nuestra. Esperamos que sea de su interés.


    La religión tradicional está pasando por un momento difícil en algunas partes del mundo. La mayoría en gran parte de los países europeos han dicho a los encuestadores de Gallup en los últimos años que la religión no “ocupa un lugar importante” en sus vidas. En toda Europa, la asistencia a las iglesias de orientación judeocristiana ha disminuido, al igual que la adhesión a prohibiciones religiosas como las que condenan los nacimientos fuera del matrimonio. Y mientras que los estadounidenses siguen siendo, en promedio, mucho más devotos que los europeos, hay focos demográficos y regionales en este país que se asemejan a Europa en sus creencias y prácticas religiosas.

    El rechazo de la religión tradicional en estas áreas ha creado un vacío que es poco probable que quede sin llenar; la naturaleza humana parece exigir una búsqueda de orden y sentido, y hoy en día no faltan opciones en el menú de las creencias. Algunos buscadores sincretizan la teología judeocristiana con el espiritualismo oriental o de la Nueva Era. Otros buscan a través de la ciencia las respuestas definitivas de nuestros orígenes, o sueñan con la trascendencia de la alta tecnología al fusionarse con las máquinas; cualquier enfoque no depende solo del racionalismo sino de la fe en la bondad de lo que el racionalismo puede ofrecer.

    Para algunos individuos y sociedades, el papel de la religión parece ser ocupado cada vez más por el ecologismo. Se ha convertido en “la religión elegida por los ateos urbanos”, según Michael Crichton, el difunto escritor de ciencia ficción (y escéptico del cambio climático). En un discurso de 2003 ampliamente citado, Crichton describió las formas en que el ecologismo “reasigna” las creencias judeocristianas:

    Hay un Edén inicial, un paraíso, un estado de gracia y unidad con la naturaleza, hay una caída de la gracia a un estado de contaminación como resultado de comer del árbol del conocimiento, y como resultado de nuestras acciones hay un día de juicio. que viene por todos nosotros. Todos somos pecadores energéticos, condenados a morir, a menos que busquemos la salvación, lo que ahora se llama sustentabilidad. La sustentabilidad es la salvación en la iglesia del medio ambiente. Así como la comida orgánica es su comunión, esa oblea libre de pesticidas que beben las personas adecuadas con las creencias correctas.

    En partes del norte de Europa, esta nueva fe es ahora la corriente principal. “Dinamarca y Suecia flotan como botes pequeños, contentos y duraderos de la vida secular, donde la mayoría de las personas no son religiosas y no adoran a Jesús o Vishnu, no veneran los textos sagrados, no oran y no dan mucha credibilidad a los dogmas esenciales de las grandes religiones del mundo”, observa Phil Zuckerman en su libro de 2008 Sociedad sin Dios. En cambio, escribe, estos lugares se han vuelto “limpios y verdes”. Esta nueva fe tiene implicaciones políticas muy concretas; los países donde tiene más aceptación tienden también a haber instituido políticas que los activistas climáticos respaldan. Para comprender mejor el futuro de la política climática, debemos comprender de dónde proviene la “ecoteología” y hacia dónde es probable que conduzca.

    De la teología a la ecoteología

    El zoólogo alemán Ernst Haeckel acuñó la palabra “ecología” en el siglo XIX para describir el estudio de “todas esas complejas relaciones mutuas” en la naturaleza que “Darwin ha demostrado que son las condiciones de la lucha por la existencia”. Por supuesto, la humanidad ha estado estudiando de cerca la naturaleza desde el principio de los tiempos. La religión de la Edad de Piedra ayudó a la primera investigación ecológica de la humanidad sobre la realidad natural, sirviendo como una guía esencial para comprender y ordenar el medio ambiente; fue a través de la historia y el mito que el hombre prehistórico interpretó el mundo natural y le dio sentido. La supervivencia requería saber cómo relacionarse con especies alimenticias como bisontes y peces, depredadores peligrosos como osos y poderosas fuerzas geológicas como volcanes, y el surgimiento de la agricultura requirió experiencia en los ciclos estacionales de los que depende el sustento de la civilización.

    Nuestro enfoque exclusivamente occidental del mundo natural fue moldeado fundamentalmente por Atenas y Jerusalén. Los antiguos griegos iniciaron una observación filosófica sistemática de la flora y la fauna; de su trabajo surgió el largo estudio de la historia natural. Mientras tanto, las enseñanzas judeocristianas sobre el mundo natural comienzan con el principio: hay un solo Dios, lo que significa que hay un orden cognoscible en la naturaleza; Él creó al hombre a Su imagen, lo que le da al hombre un lugar elevado en ese orden; y le dio al hombre dominio sobre el mundo natural:

    Y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo». También les dijo: «Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. [Génesis 1:28-29]

    En su ensayo seminal “Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica”, publicado en la revista Science en 1967, el historiador Lynn Townsend White, Jr. argumenta que esos preceptos bíblicos hicieron del cristianismo, “especialmente en su forma occidental”, la “religión más antropocéntrica” que mundo ha visto.” En marcado contraste con el animismo pagano, el cristianismo postuló “un dualismo entre el hombre y la naturaleza” e “insistió en que es la voluntad de Dios que el hombre explote la naturaleza para sus propios fines”. Mientras que los credos paganos más antiguos daban una cuenta cíclica del tiempo, el cristianismo presumía una dirección teleológica de la historia y, con ella, la posibilidad de progreso. Esta creencia en el progreso era inherente a la ciencia moderna que, unida a la tecnología, hizo posible la Revolución Industrial. Así fue el poder de controlar la naturaleza alcanzado por una civilización que había heredado la licencia para explotarla.

    Para White, esto no fue un desarrollo histórico positivo. Escribiendo solo unos años después de la publicación del éxito de taquilla ecológico Silent Spring de Rachel Carson, White compartió la preocupación por la destrucción de la naturaleza por parte de la cultura tecno-industrial. Cualquier beneficio que la innovación científica y tecnológica haya traído a la humanidad fue eclipsado por los poderes de extracción y procesamiento “fuera de control” de la vida industrial y la degradación mecánica de la tierra. El cristianismo, escribe White, “carga con una enorme carga de culpa” por la destrucción del medio ambiente.

    White creía que la ciencia y la tecnología no podían resolver los problemas ecológicos que habían creado; nuestra herencia cristiana antropocéntrica está demasiado arraigada. “A pesar de Copérnico, todo el cosmos gira alrededor de nuestro pequeño globo. A pesar de Darwin, no somos, en nuestros corazones, parte del proceso natural. Somos superiores a la naturaleza, la despreciamos y estamos dispuestos a usarla para nuestro más mínimo capricho”. Pero White no estaba del todo sin esperanza. Aunque “ningún nuevo conjunto de valores básicos” “desplazará a los del cristianismo”, tal vez el cristianismo mismo pueda ser reconcebido. “Dado que las raíces de nuestro problema son en gran medida religiosas, el remedio también debe ser esencialmente religioso”. Y así, White sugiere como modelo a San Francisco, “el mayor revolucionario espiritual en la historia occidental”. Francisco debería haber sido quemado como hereje, escribe White, por tratar de “sustituir la idea de la igualdad de todas las criaturas, incluido el hombre, por la idea del gobierno ilimitado del hombre en la creación”. Aunque Francisco fracasó en convertir el cristianismo hacia su visión de humildad radical, White argumentó que algo similar a esa visión es necesario para salvar el mundo en nuestro tiempo.

    El ensayo de White causó revuelo, por decir lo menos, convirtiéndose en la base de innumerables conferencias, simposios y debates. Una de las críticas más serias a la tesis de White aparece en el libro de 1971 del teólogo Richard John Neuhaus In Defense of People, una amplia acusación del surgimiento de la meliflua “teología de la ecología”. Neuhaus argumenta que nuestro marco de derechos humanos se basa en la comprensión cristiana de la relación del hombre con la naturaleza. Derrocar a este último, como White esperaba que sucediera, hará que el primero se derrumbe. Y Neuhaus argumenta que White malinterpreta a su propio candidato para un santo patrón ecológico:

    Lo que White y otros subestiman, y lo que fue tan impresionante en Francisco, es el enfoque incesante en la gloria del Creador. La línea de responsabilidad de Francisco conducía directamente al Padre y no a la Madre Naturaleza. Francisco no rendía cuentas a la naturaleza sino a Dios. Francisco es el santo favorito de casi todos y la gentil compasión de su visión abarcadora es, vista selectivamente, susceptible a casi cualquier argumento o estado de ánimo… No fueron las pretensiones de la creación sino las pretensiones del Creador las que se apoderaron de Francisco.

    Otros escritores cristianos se unieron a Neuhaus para condenar el intento del movimiento ecológico de subvertir o suplantar su religión. “Nosotros también queremos limpiar la contaminación en la naturaleza”, objetó Christianity Today, “pero no contaminando las almas de los hombres con un paganismo revivido”. La revista jesuita América llamó al ambientalismo “una herejía estadounidense”. El teólogo Thomas Sieger Derr lamentó “una preferencia expresa por la preservación de la naturaleza no humana frente a las necesidades humanas dondequiera que sea necesario elegir”. (Stephen R. Fox relata estas respuestas en su libro de 1981 John Muir and His Legacy: The American Conservation Movement).

    La ecologización del cristianismo

    Desde la perspectiva de hoy, parece que el consejo de White ha sido escuchado en todas partes. Las ecoteologías vagamente basadas en conceptos extraídos del hinduismo o el budismo se han vuelto populares en algunos círculos de Baby Boomers. Los neopaganos aceptan alegremente la designación de “abraza-árboles” y dicen que nacieron “verdes”. Y, lo que es más sorprendente, el cristianismo ha comenzado a aceptar el ecologismo. Los teólogos ahora hablan rutinariamente de “mayordomía”, una doctrina de la responsabilidad humana por el mundo natural que une las interpretaciones de los pasajes bíblicos con las enseñanzas contemporáneas sobre la justicia social.

    En noviembre de 1979, una docena de años después del ensayo de White, el Papa Juan Pablo II designó formalmente a Francisco de Asís como santo patrón de los ecologistas. Durante las siguientes dos décadas, Juan Pablo abordó repetidamente en términos apasionados la obligación moral de “cuidar toda la Creación” y argumentó que “el respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana se extiende también al resto de la Creación, que se llama unirse al hombre en la alabanza de Dios.” Su sucesor, Benedicto XVI, también se ha pronunciado sobre el medio ambiente, aunque de forma menos conmovedora. “Esa misma normalidad”, argumenta un corresponsal del National Catholic Reporter, “parece notable. Benedicto simplemente dio por sentado que su audiencia reconocería el medio ambiente como un objeto de legítimo interés cristiano. Lo que revela el tono práctico, en otras palabras, es hasta qué punto el catolicismo se ha ‘reverdecido’”.

    El protestantismo estadounidense también se ha vuelto verde. Numerosas congregaciones están construyendo “iglesias verdes”, eligiendo glorificar a Dios no erigiendo santuarios altísimos, sino construyendo lugares de culto con mayor eficiencia energética. En algunas denominaciones, los programas para reciclar o compartir vehículos parecen tan comunes como las colectas de alimentos. Las celebraciones del Día de la Tierra patrocinadas por la iglesia están muy extendidas.

    Incluso algunos evangélicos se están volviendo hacia el ambientalismo. Luis E. Lugo, director del Foro Pew sobre Religión y Vida Pública, habla de su “sensibilidad ambiental más amplia”:

    Una vez que se traduce a términos bíblicos, [los evangélicos] levantan el estandarte ambiental usando frases que resuenan en la comunidad: “Cuidado de la creación”. Eso lo coloca inmediatamente en un contexto evangélico en lugar de los argumentos empíricos sobre el medio ambiente. “Este es el mundo que Dios creó. Dios les dio el mandato de cuidar este mundo”. Es un llamamiento religioso muy directo.

    Dicho esto, el ampliamente difundido “reverdecimiento de los evangélicos” no debe exagerarse. Los líderes evangélicos conservadores siguen desconfiando de la agenda ambientalista y de cualquier ataque a la destreza industrial que pueda verse como un socavamiento de la grandeza nacional estadounidense. Muchos evangélicos están irritados por la crítica de los ecologistas a la descripción del Génesis del lugar del hombre en el orden natural. Y los evangélicos están alerta a cualquier indicio de culto pagano. Además, los datos de las encuestas disponibles, ciertamente bastante escasos, pintan un panorama mixto. En una encuesta de 2008 realizada por Barna Group, una firma de opinión pública con sede en California que se concentra en temas de la iglesia, el 90 por ciento de los evangélicos que respondieron dijeron que “les gustaría que los cristianos asumieran un papel más activo en el cuidado de la creación” (con dos tercios diciendo que estaban totalmente de acuerdo con ese sentimiento). Pero el término “cuidado de la creación” no se había asimilado (el 89 por ciento de los encuestados que se identificaron como cristianos dijeron que nunca habían oído hablar de él). Y tanto la encuesta de Barna como otra encuesta de 2008 realizada por Pew encontraron que los evangélicos tienden a ser mucho más escépticos sobre la realidad del calentamiento global que otros cristianos estadounidenses o la población en general.

    En la medida en que los evangélicos y los ambientalistas se acerquen entre sí, puede haber beneficios para cada lado. Para las iglesias con congregaciones que envejecen, los temas ecológicos supuestamente ayudan a atraer a nuevos miembros más jóvenes a las bancas. ¿Y qué esperan ganar los activistas ambientales al reclutar iglesias para su causa? “Soldados de a pie, es la respuesta corta”, dice Lugo.

    Calvinismo de carbono

    Más allá de influir, incluso se podría decir colonizar, el cristianismo, el movimiento ecológico puede verse cada vez más como una especie de religión en sí misma. Es de “carácter casi religioso”, dice Lugo. “Genera su propio conjunto de valores morales”.

    Freeman Dyson, el brillante e inconformista físico octogenario, está de acuerdo. En un ensayo de 2008 en New York Review of Books, describió el ambientalismo como “una religión secular mundial” que ha “reemplazado al socialismo como la principal religión secular”. Esta religión sostiene “que somos administradores de la tierra, que despojar el planeta con los productos de desecho de nuestra vida lujosa es un pecado, y que el camino de la rectitud es vivir lo más frugalmente posible”. La ética de esta nueva religión, continuó,

    se les enseña a los niños en jardines de infancia, escuelas y universidades de todo el mundo… Y la ética del ambientalismo es fundamentalmente sólida. Los científicos y los economistas pueden estar de acuerdo con los monjes budistas y los activistas cristianos en que la destrucción despiadada de los hábitats naturales es mala y la preservación cuidadosa de las aves y las mariposas es buena. La comunidad mundial de ecologistas, la mayoría de los cuales no son científicos, tiene una posición moral elevada y está guiando a las sociedades humanas hacia un futuro esperanzador. El ecologismo, como religión de esperanza y respeto por la naturaleza, llegó para quedarse. Esta es una religión que todos podemos compartir, creamos o no que el calentamiento global es dañino.

    Describir el ambientalismo como una religión no equivale a decir que el calentamiento global no es real. De hecho, la evidencia de ello es abrumadora, y hay poderosas razones para creer que los humanos lo están causando. Pero sin importar su base empírica, el ambientalismo está tomando progresivamente la forma social de una religión y satisfaciendo algunas de las necesidades individuales asociadas con la religión, con importantes implicaciones políticas y normativas.

    William James, el psicólogo y filósofo pionero, definió la religión como la creencia de que el mundo tiene un orden invisible, junto con el deseo de vivir en armonía con ese orden. En su libro de 1902 Las variedades de la experiencia religiosa, James señaló el valor de una comunidad de creencias y prácticas compartidas. También valoró la búsqueda individual de espiritualidad, una búsqueda de significado a través de encuentros con el mundo. Más recientemente, el difunto filósofo analítico William P. Alston describió en The Encyclopedia of Philosophy lo que él consideraba las características esenciales de las religiones. Incluyen una distinción entre objetos sagrados y profanos; actos rituales centrados en objetos sagrados; un código moral; sentimientos de asombro, misterio y culpa; adoración en presencia de objetos sagrados y durante los rituales; una cosmovisión que incluye una noción de dónde encaja el individuo; y un grupo social cohesivo de personas de ideas afines.

    El ambientalismo se alinea bastante fácilmente con ambas versiones de la religión. A medida que el cambio climático transforma literalmente los cielos sobre nosotros, el ecologismo basado en la fe presenta cada vez más santos, pecados, profetas, predicciones, herejes, demonios, sacramentos y rituales. El principal de sus hombres santos es Al Gore, quien, según sus partidarios, fue crucificado en las elecciones de 2000, luego resucitó de entre los muertos políticos y ascendió al cielo dos veces, no solo como una deidad Nobel, sino como un ángel de los Premios de la Academia. Habla del “cuidado de la creación” y cita la Biblia con la esperanza de atraer a los evangélicos.

    Vender indulgencias está pasado de moda en estos días. Pero ahora puede mitigar su culpa comprando compensaciones de carbono. El fuego y el azufre también están muy de moda, acompañados de un olor inconfundible de autoritarismo: “Un profesor que escribe en el Medical Journal of Australia pide al gobierno australiano que imponga un cargo de carbono de $5,000 por cada nacimiento, tarifas anuales de carbono de $800 por niño y proporcionar un crédito de carbono para la esterilización”, escribe Braden R. Allenby, profesor de ingeniería ambiental, ética y derecho de la Universidad Estatal de Arizona. Un “artículo en New Scientist sugiere que el problema con la obesidad es la carga adicional de carbono que impone al medio ambiente; otros que uno de los principales costos sociales del divorcio es la carga de carbono adicional que resulta de la división de las familias”. Allenby, escribiendo en un artículo de 2008 en GreenBiz.com, continúa:

    Un estudio reciente del Ministerio de Desarrollo Sostenible de Suecia sostiene que los hombres tienen un impacto desproporcionadamente mayor en el calentamiento global (“las mujeres provocan considerablemente menos emisiones de dióxido de carbono que los hombres y, por lo tanto, considerablemente menos cambio climático”). El presidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático afirma que aquellos que sugieren que el cambio climático no es un desafío catastrófico no son diferentes a Hitler…. E.O. Wilson llama a esas personas parásitos. La columnista del Boston Globe Ellen Goodman escribe que “los que niegan el calentamiento global ahora están a la par con los que niegan el Holocausto”.

    La gran cantidad de lenguaje vicioso empleado para reformular las tendencias sociales y culturales en términos de su huella de carbono sugiere el surgimiento de lo que Allenby llama un nuevo y peligroso “fundamentalismo del carbono”.

    Algunos observadores detectan paralelismos entre el movimiento ecológico y la Iglesia medieval. “Uno podría ver a los Greenpeacers como cruzados, con el industrial como el infiel”, escribe Richard North en New Scientist. Eso puede ser exagerado, pero parece que esta nueva religión tiene su parte de herejes excomulgados. Por ejemplo, desde que se atrevió a desafiar la ortodoxia ambientalista, Freeman Dyson se ha descubierto a sí mismo descrito de diversas formas como “un idiota pomposo”, “un fanfarrón”, “un pozo negro de desinformación” y “un viejo loco cabalgando hacia la puesta del sol”. Por su parte, Dyson permanece alegremente impenitente. “Tenemos suerte de poder ser herejes hoy sin ningún peligro de ser quemados en la hoguera”, ha dicho. “Pero desafortunadamente soy un viejo hereje…. Lo que el mundo necesita son jóvenes herejes”.

    Muchos de los que argumentan que el ambientalismo se ha convertido en una religión lanzan la palabra “religión” como un peyorativo. Este desdén tiene sus raíces en una proposición incontrovertible: no puedes razonar tu camino hacia la fe. Esa es la idea detrás del “salto de fe”, o el salto a la fe, en la formulación original de Kierkegaard: el acto de creer en algo sin, o a pesar de, evidencia empírica. Kierkegaard argumentó que si elegimos la fe, debemos suspender nuestra razón para creer en algo superior a la razón.

    Entonces, aquellos en el lado derecho del espectro político que retratan el ambientalismo como una religión lo hacen porque, si la fe no es inherentemente alcanzable a través de la racionalidad, y si el ambientalismo es una religión, entonces el ambientalismo es completamente irracional y debe ser desacreditado e ignorado. Esa es la esencia del discurso de Michael Crichton de 2003. “Cada vez más”, dijo, “parece que los hechos no son necesarios, porque los principios del ambientalismo tienen que ver con las creencias”. El ambientalismo, argumentó, se ha divorciado totalmente de la ciencia. “Se trata de si vas a ser pecador o te salvarás. Ya sea que vaya a ser una de las personas del lado de la salvación o del lado de la perdición. Si vas a ser uno de nosotros, o uno de ellos”.

    Un ataque similar de la derecha proviene de Ray Evans, un empresario, político y escéptico del calentamiento global australiano:

    Casi todos los ataques a la industria minera generados por el movimiento ambientalista [en la década de 1990] procedían del norte de Europa y Escandinavia, y no me tomó mucho tiempo darme cuenta de que estábamos tratando con creencias religiosas, que la las élites del norte de Europa y Escandinavia (las élites políticas, las élites intelectuales, incluso las élites empresariales) eran, de hecho, creyentes en una forma u otra de ecologismo y al margen de los hechos. Algunas de las políticas más extrañas surgían de estos países con respecto a los metales. Me encontré teniendo que averiguar: “¿Por qué es así?” — porque a primera vista estaban locos, pero eran muy fuertes y tendrías que decir que cuando las personas se aferran a las creencias sobre el mundo natural, y se aferran a ellas independientemente de cualquier evidencia de lo contrario, entonces tú ‘ estás tratando con la religión, no estás tratando con la ciencia…

    En segundo lugar, satisface una necesidad religiosa. Necesitan creer en el pecado, lo que significa que el pecado es igual a la contaminación. Necesitan creer en la salvación. Bueno, el desarrollo sostenible es la salvación. Necesitan creer en una humanidad que necesita la redención, por lo que se obtiene la redención al dejar de usar combustibles de carbono como el carbón y el petróleo, etc. Por lo tanto, satisface una necesidad religiosa y una necesidad política, por lo que se aferran a ella con tanta tenacidad, a pesar de toda la evidencia de que todo es una tontería.

    Los izquierdistas también a veces menosprecian el ambientalismo como una religión. En su caso, la principal objeción suele ser pragmática: el racionalismo produce cambios y la religión no. Así, por ejemplo, el radical de los años sesenta Murray Bookchin consideró patética la forma en que el ambientalismo se conectaba con la espiritualidad de la Nueva Era. “El verdadero cáncer que aqueja al planeta es el capitalismo y la jerarquía”, escribió. “No creo que podamos contar con oraciones, rituales y buenas vibraciones para quitar este cáncer. Creo que tenemos que combatirlo activamente y con todo el poder que tenemos”. Bookchin, un revolucionario que se describe a sí mismo, descartó la espiritualidad verde como “escamosa”. Dijo que su propia marca de “ecología social”, por el contrario, “no se basa en encantamientos, sutras, diagramas de flujo o caprichos espirituales. Es declaradamente racional. No trata de obsequiar formas metafóricas de mecanismos espirituales y biologismos crudos con ‘Eco-la-la’ taoísta, budista, cristiano o chamánico”.

    El profeta y el hereje

    En la década de 1960, un químico británico que trabajaba con el programa espacial estadounidense tuvo una idea. El planeta Tierra, se dio cuenta James Lovelock, se comporta como un sistema vivo complejo del cual los humanos somos, en efecto, algunas de sus partes. Los componentes físicos de la tierra, desde su atmósfera hasta sus océanos, se integran estrechamente con todos sus organismos vivos para mantener la química climática en un equilibrio autorregulador ideal para el mantenimiento y la propagación de la vida.

    Su idea resultó tener valor científico. Sin embargo, Lovelock probablemente sería solo una nota a pie de página en la historia científica en lugar de la celebridad intelectual muy condecorada que es, excepto por una cosa: nombró a este vasto organismo planetario en honor a la diosa griega que personificaba la tierra, Gaia, y describió a “Ella” como “viva”.

    Su Hipótesis de Gaia no solo fue predeciblemente controvertida en el mundo de la ciencia, como corresponde a un replanteamiento radical de la compleja biosfera de la Tierra, sino que fue venerada y vilipendiada por aquellos que vieron que encajaba perfectamente con la espiritualidad teñida de la Nueva Era. Esto era cierto a pesar de que describe su tiempo en el Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena como uno en el que “no todos éramos hippies con nuestras chicas rockeras”. Para bien y para mal, Lovelock no solo le dio al planeta una personalidad, sino que creó una para sí mismo, convirtiéndose en “lo más parecido que tenemos a un profeta del Antiguo Testamento, aunque su deidad no es Jehová sino Gaia”, como señaló recientemente el Sunday Times.

    A pesar de que Lovelock continúa haciendo todo lo posible para ser un empirista, su libro de 2009 The Vanishing Face of Gaia: A Final Warning, publicado el año en que celebró su noventa cumpleaños, ha sido reseñado como la jeremiada colérica de un profeta sobre la fatalidad planetaria, tachonada de con parábolas de posible salvación para unos pocos.

    Ser abrazado por la izquierda espiritual le ha dado fama y atención a Lovelock. Sin embargo, son una maravilla los desafíos que Lovelock ha creado para sí mismo al cambiar las mentes de los fanáticos. En Vanishing Face, por ejemplo, Lovelock, siempre científico, considera con mente abierta las posibilidades de que los humanos luchen contra el calentamiento global mediante la reingeniería intencional del planeta. Una idea que discute es adaptar cada avión comercial en la tierra para permitirles, mientras vuelan, cada uno de ellos rociar una o dos toneladas de ácido sulfúrico en la estratosfera todos los días en el futuro previsible. La idea es que esto creará moléculas que harán que la energía solar se refleje hacia el espacio, reemplazando la reflectividad de los casquetes polares que se derriten.

    Entonces, le dices a Lovelock: Has logrado difundir esta idea de que el planeta es un organismo vivo. Mucha gente está totalmente convencida de su hipótesis e incluso lo ven como un profeta. ¿Cómo empezaría a vender esta idea de inyectar ácido sulfúrico a un ser vivo que algunos ven en términos religiosos?

    “Sí, especialmente cuando piensas en el papel del elemento azufre en la teología antigua”, responde Lovelock. “El diablo: el olor a azufre revela su presencia. Escucho lo que dices muy claramente. Nunca he tenido que venderlo a verdes religiosos hasta ahora. No tengo muchas ganas de trabajar”.

    Sobre el ecologismo cada vez más basado en la fe, Lovelock dice: “Estoy totalmente de acuerdo contigo. Veo a los humanos como probablemente teniendo un deseo evolutivo de tener una ideología, para justificar sus acciones. El pensamiento verde es como las religiones cristiana o musulmana: es otra ideología”.

    En términos de salvar a Gaia, ¿considera que el calvinismo del carbono es una ventaja neta o una desventaja neta?

    “Un menos neto. A menudo escuchas a los ambientalistas decir que uno debe hacer esto o lo otro, como no volar, porque no hacerlo puede salvar el planeta. Es pura arrogancia imaginar que podemos salvar a Gaia. Está bastante más allá de nuestra capacidad. Lo que tenemos que hacer es salvarnos a nosotros mismos. Eso es muy importante. A Gaia le gustaría.

    ¿A Gaia le gustaría?

    “Sí. Tengo que tener mucho cuidado aquí, porque me malinterpretan mal. No pretendo que Gaia sea una entidad sensible y ese tipo de cosas. Es realmente metafórico. Habiendo dicho eso—”

    ¿Gaia pensaría que es importante que nos salvemos a nosotros mismos?

    “Exactamente. Nuestra evolución de la inteligencia es algo de inmenso valor para el planeta. Podría hacer, eventualmente, parte de él, un planeta inteligente. Más capaz de lidiar con problemas como asteroides entrantes, explosiones volcánicas, etc. Así que nos veo como altamente beneficiosos y, por lo tanto, ciertamente vale la pena salvarlos”.

    La buena noticia sobre los religiosos verdes, dice Lovelock, es que pueden ser dirigidos. Los santos como él pueden cambiar de opinión. “Tengo una experiencia personal aquí. Hace algo así como cinco años en Gran Bretaña hicieron una gran encuesta. Casi no había nadie” a favor de la energía nuclear. Ahora, gracias en gran parte al cabildeo de Lovelock, al menos en su propio relato, la gran mayoría de los británicos están a favor de la energía nuclear.

    Bjørn Lomborg comparte la fe de Lovelock en la democracia. Él cree que la gente quiere hacer el bien, y si te acercas a ellos sobre esa base, puedes hacer que entren en razón. Lomborg es el autor danés de The Skeptical Environmentalist (publicado en inglés en 2001) y director del Copenhagen Consensus Center. Ha sido ridiculizado por oponerse al Protocolo de Kioto y otras medidas para reducir las emisiones de carbono a corto plazo debido a la evidencia que ve de que no logran sus objetivos. En cambio, argumenta que debemos adaptarnos a los inevitables aumentos de temperatura a corto plazo y gastar dinero en investigación y desarrollo para soluciones ambientales a más largo plazo, así como otras crisis mundiales apremiantes como la malaria, el SIDA y el hambre. Argumenta, por ejemplo, que llevar vitamina A y zinc al 80 por ciento de los 140 millones de niños en el mundo en desarrollo que carecen de ellos es una prioridad más alta que reducir las emisiones de carbono. El costo, argumenta, sería de $ 60 millones por año, lo que generaría beneficios para la salud y el desarrollo cognitivo de más de $ 1 mil millones.

    A pesar de su herejía, Lomborg cree que el empirismo puede prevalecer sobre la fe. Él cree que, en una democracia, si sigues defendiendo tu caso con calma, racionalidad y simpatía, la gran mayoría puede llegar a pensar que tienes más sentido que los verdaderos creyentes. “Creo que la mayoría de la gente quiere hacer el bien”, dice.

    No solo quieren rendir homenaje a cualquier dios o religión que sea el sabor del año. En realidad, quieren ver resultados concretos que dejen a este planeta como un lugar mejor para el futuro. Así que trato de involucrarlos de una manera racional en lugar de una manera religiosa. Por supuesto, si las mentes de las personas están completamente decididas, no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Pero mi sensación es que la mayoría de la gente no va en esa dirección. Mi sensación es que en prácticamente cualquier área, probablemente tengas un 10 por ciento de verdaderos creyentes a los que simplemente no puedes alcanzar. Y probablemente también el 10 por ciento que simplemente lo menosprecia y no le importa un comino. Pero el 80 por ciento son personas que están ocupadas viviendo sus vidas, amando a sus hijos y haciendo otros planes. Y creo que ese es el 80 por ciento que quieres alcanzar.

    Entonces, ¿por qué tanta gente quiere quemarte en la hoguera?

    Oh, por supuesto. Ciertamente muchos de los sumos sacerdotes han estado detrás de mí. Pero me lo tomo como un cumplido. Simplemente significa que mi argumento es mucho más peligroso. Si solo fuera un tipo loco que despotricaba fuera de la reunión religiosa, entonces podría no importar. Pero yo soy el tipo que dice, tal vez podrías hacerlo de manera más inteligente. Tal vez podrías ser más racional. Tal vez podrías gastar tu dinero de una mejor manera.

    Mucha gente me ha estado persiguiendo con un comportamiento totalmente desproporcionado si esto fuera realmente una discusión sobre hechos. Pero continuamente trato de hacer de esto un argumento sobre la racionalidad. Porque cuando haces eso, y tus oponentes tal vez exageran y van más allá del argumento racional, aparece en la conversación. La mayoría de la gente comenzaría a decir: “Vaya, qué raro que hayan llegado tan lejos”.

    Esto no significa negar que el calentamiento global también es un problema grave. Pero, de nuevo, pregunto: ¿por qué lo abordamos solo de la manera en que habla el dogma actual: reducir las emisiones de carbono ahora mismo y sentirse bien consigo mismo? En lugar de centrarse en hacer nuevas innovaciones que [permitirían a todos] reducir las emisiones de carbono a largo plazo de forma mucho más económica, más eficaz y con muchas más posibilidades de éxito.

    Cuando haces esos argumentos dobles, creo que el 80 por ciento del que hemos hablado comienza a decir: “Ese tipo tiene mucho sentido. ¿Por qué las otras personas están continuamente casi echando espuma por la boca? Y siempre diciendo: “No, no, no, hay que reducir las emisiones de carbono y ese tiene que ser el problema más grande del mundo”.

    Creo que esa es la manera de contrarrestar gran parte de esta discusión. No se trata de meter el pie en el campo religioso también. Es simplemente mantenerse firme en el lado racional y seguir diciendo: “pero sé que quieres hacer el bien en el mundo”.

    Lovelock y Lomberg, profeta y hereje, honrado y vilipendiado, uno esperando acción hoy y el otro esperando soluciones mañana, sin embargo, cada uno profesa confianza en un eventual respaldo democrático a su plan. Hable acerca de un acto de fe.

    La nueva religión y política

    Las dos caras del ambientalismo religioso, la ecologización de la religión dominante y el aumento del calvinismo del carbono, pueden transformar cada una de ellas el debate político y normativo sobre el cambio climático. En el primer caso, el creciente interés cristiano en la mayordomía podría desestabilizar la división política que durante mucho tiempo ha caracterizado las guerras culturales. Aunque la atracción de los problemas sociales ha hecho que la derecha parezca un hogar natural para los evangélicos, un compromiso con el ambientalismo podría llevarlos a alinearse más con la izquierda. Incluso si no se produce un realineamiento importante, el vínculo entre los evangélicos y la derecha podría aflojarse un poco. (Y más allá de la política, otras posiciones de larga data pueden ser sacudidas. Los activistas y científicos que durante mucho tiempo despreciaron a los evangélicos debido a sus puntos de vista sobre la evolución o las cuestiones de la vida tendrán que acostumbrarse a trabajar con los nuevos “soldados de a pie” ambientales y viceversa. viceversa.)

    Una preocupación más profunda es la expansión del irracionalismo en la elaboración de políticas públicas. Por supuesto, ningún debate político puede reducirse jamás a cuestiones de pura razón; siempre habrá valores y visiones fundamentalmente en conflicto que no pueden resolverse solo con la racionalidad. Pero la retórica de muchos ecologistas es más que una simple resolución de esas diferencias fundamentales. El lenguaje de los fundamentalistas del carbono “indica un cambio de [buscar ayudar] al público y a los formuladores de políticas a comprender un tema complejo, a demonizar el desacuerdo”, como ha escrito Braden Allenby. “Los procesos exploratorios y basados ​​en datos de la ciencia son sofocados por la inculcación de sistemas de creencias que se basan en la fuerza arquetípica y emotiva…. Se confía en la autoridad de la ciencia no para la iluminación fáctica sino como base ideológica para la política autoritaria”.

    No hay nada inusual en que los seres humanos tomen más de un camino en su búsqueda de la verdad: la ciencia al mismo tiempo que la religión, por ejemplo. Tampoco tiene nada de raro hacer política pública sin datos suficientes. Lo hacemos todo el tiempo; el mundo a veces lo exige.

    La buena noticia de hacer política pública en alianza con la fe es que puede suscitar cierto afán benéfico. Las personas tienden a ser más profundamente conmovidas por la fe que por la razón sola, por lo que la fe puede ser muy efectiva para lograr el cambio necesario, como lo demuestra el movimiento de derechos civiles, entre otros.

    La mala noticia es que el enfoque empírico surgió en gran parte para mitigar los peligros del celo, para evitar que la sangre fluya por las calles. Un enfoque estricto en los hechos y la razón siempre que sea posible puede evitar errores y excesos en la política. Pero, ¿puede alguien que ha hecho del ecologismo una fe, cuya visión del mundo y estilo de vida han sido completamente moldeados por él, adaptarse a los hechos cambiantes? Porque el único hecho que conocemos de manera confiable sobre el futuro del clima del planeta es que los hechos cambiarán. Es simplemente demasiado complejo para ser modelado de manera exhaustiva y precisa. Como bromea el climatólogo Gavin Schmidt, hay una forma sencilla de producir un modelo perfecto de nuestro clima que predirá el clima con un 100 por ciento de precisión: primero, comience con un universo que sea exactamente como el nuestro; luego espera 14 mil millones de años.

    Entonces, ¿qué sucede si, por ejemplo, descubrimos que no es posible devolver el medio ambiente a las condiciones que deseamos, como espera James Lovelock? ¿Qué sucede si se acumula evidencia de que debemos abordar el cambio climático con métodos que los calvinistas del carbono no aprueban? ¿Hasta qué punto, si es que hay alguno, aceptarían los devotos de lo “natural” la reingeniería del planeta? ¿Cuánto tiempo llevará, si es que llega a hacerlo, que la energía nuclear sea aceptada como ecológica?

    En los años venideros, veremos si los debates supuestamente científicos sobre el medio ambiente realmente pueden llevarse a cabo solo por los hechos y la razón, o si el cambio necesario, cualquiera que sea, requerirá una nueva Reforma. Porque si los asuntos ambientales realmente se han convertido en asuntos de fe, si el ambientalismo se ha convertido en un nuevo frente en las guerras culturales de larga data, entonces ¿qué lugar queda para la función crucial de la toma de decisiones pragmática y democrática?

    por Joel Garreau


    Joel Garreau es el autor de Radical Evolution: The Promise and Peril of Enhancing Our Minds, Our Bodies, and What it Means to be Human (Doubleday, 2005); de la cátedra Lincoln de Derecho, Cultura y Valores de la Universidad Estatal de Arizona; y Senior Future Tense Fellow en New America Foundation. Este artículo fue desarrollado durante una beca de periodismo Templeton-Cambridge en Ciencia y Religión en la Universidad de Cambridge.


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  • Por un idioma sin “idiomo”


    Se ha extendido una manía
    entre parlantes ladinos
    de acuñarle el femenino
    a quien nunca lo tendría,
    si no tiene “dío” el día,
    y el trigo no tiene “triga”,
    que existen las “gobernantas”,
    tampoco las “estudiantas”,
    ni “hormigo” entre las hormigas.
    Aunque lo intenten comprar
    con millones y “millonas”
    un trono no tiene “trona”
    ni “jaguara” has de llamar
    a la hembra del jaguar,
    y aunque el loro tenga Lora,
    y tenga una flor la flora
    mi lógica no se aplaca:
    no tienen “vacos” las vacas
    ni los toros tienen “toras”.
    Aunque las libras existan
    con los libros no emparejan,
    y tampoco se cotejan
    suelos, que de suelas distan,
    por mucho o “mucha” que insistan
    mi mano no tiene “mana”,
    no tiene “rano” la rana
    y foco no va con foca,
    ni utilizando por boca
    al masculino de Ana!.
    ✅Fuente:
    Roberto Santamaría-Betancourt
    Grupo de la Ortografía Española
    23-08-2021