Categoría: Frente Mundial

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  • “Cambio climático” camufla genocidio

    “Cambio climático” camufla genocidio

    Un sacerdote fue quemado vivo en su casa el último domingo en Nigeria. “El reverendo Isaac Achi fue asesinado en el área de Paikoro, en el estado de Níger, luego de que hombres armados no lograron entrar a su casa y en su lugar le prendieron fuego, dijo Wasiu Abiodun, el portavoz de la policía. Un segundo sacerdote que vivía en el recinto escapó con una herida de bala en el hombro, dijo.” (ABC News).

    Esto no es un incidente aislado. Un verdadero genocidio anti-cristiano está siendo ejecutado por musulmanes embanderados con el movimiento Boko Haram o el ISAWP (Islamic State West Africa Province). Según la publicación “Genocide Watch“…

    “Nigeria está experimentando actualmente uno de los genocidios más mortíferos del mundo. Más personas mueren en Nigeria cada mes que en Ucrania. El PNUD [Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo]  estima que los terroristas han matado a más de 350.000 personas en Nigeria desde 2009. 300.000 eran niños. Los yihadistas de Boko Haram, ISWAP y Fulani también han desplazado por la fuerza a más de 2,9 millones de nigerianos. Las masacres genocidas se han dirigido principalmente a los cristianos.

    “En mayo de 2021, el líder de Boko Haram, Abubakar Shekau, se inmoló para evitar que ISWAP lo capturara. Pero Boko Haram no ha detenido sus ataques. En marzo de 2022, Boko Haram, aliado con bandidos, secuestró un tren de pasajeros en la ruta de Kaduna a Abuja y secuestró a más de 2 docenas de civiles. También capturaron brevemente el aeropuerto de Kaduna.”

    “En los primeros 3 meses de 2022, los yihadistas asesinaron a más de 6000 civiles, la gran mayoría de los cuales eran cristianos. En el Cinturón Medio y el Noroeste, las milicias Fulani se han embarcado en una campaña de masacres genocidas de pueblos agrícolas cristianos. Su objetivo es la expansión depredadora de sus tierras de pastoreo. Están financiados por oficiales corruptos del ejército nigeriano que poseen grandes rebaños de ganado.”

    “El Departamento de Estado de EE.UU. niega por completo la naturaleza genocida de las masacres de Fulani. Ha caracterizado el terrorismo y los asesinatos de Fulani como motivados no por la intención genocida sino por la escasez de tierra cultivable y los efectos del “cambio climático” en las comunidades de pastores. El embajador de EE. UU. en Nigeria y el Departamento de Estado niegan la naturaleza religiosa de las masacres, en las que los aldeanos cristianos son masacrados, pero los pueblos musulmanes quedan ilesos.” (el énfasis es nuestro).

    La indiferencia del Departamento de Estado y su patético esfuerzo para evitar llamar a las cosas por su nombre (recordemos que hay una fobia a denunciar el componente religioso del terrorismo islamita) no es del todo sorprendente, y viene de larga data.

    Por su parte, nuestro Papa Francisco, siempre tan locuaz a la hora de enfocar la atención de la prensa en las causas que merecen su interés, se ha limitado en este tema a las condolencias de rigor, fraseadas casi quirúrgicamente para evitar la indignación o movilizar a nadie, como este ejemplo en ocasión de una masacre a fieles durante la Santa Misa en la Fiesta de Pentecostés: “El Papa Francisco reza por las víctimas y por el país, dolorosamente afectado en un momento de celebración, y encomienda a ambos al Señor, para que envíe su Espíritu a consolarlos”. (Vatican News).


    No puedo sino recordar que hace poco más de 900 años, el mundo vivió algo similar cuando algunos musulmanes decidieron que había que erradicar a los cristianos de Tierra Santa, y condujeron un genocidio similar, con un objetivo similar. Lo que no fue similar fue la reacción de occidente. El Papa Urbano II convoca una Cruzada para liberar esas tierras y garantizar la permanencia de cristianos en Jerusalem. Su discurso enfervoriza a toda Europa, y la historia que sigue es conocida.

    Muchas cosas han cambiado. Pero el odio de fanáticos islamitas contra el cristianismo no lo ha hecho. Perdura en el tiempo, y sigue generando mártires que son al mismo tiempo una honra y una mancha en la conciencia de la Cristiandad.

  • No olvidemos

    No olvidemos

    En China, según las estadísticas oficiales (si… ya se…) hay hoy en día, 33.967 casos de Covid, de los cuales el 99.7% son (según ellos) suaves y solo 106 están grave. No hay muertes reportadas.  

    Ya se.  Risible.

    Lo que no es risible es que cientos de millones de personas están en estricta cuarentena en China destruyendo vidas, familias, ciudades. Como mero botón de muestra, a esta altura, seguramente los lectores hayan oído de las diez personas (incluyendo un chiquito) que murieron en un incendio en la provincia de Xinjiang debido a que habían soldado las puertas de un edificio y no pudieron escaparse. Adicionalmente los bomberos no pudieron llegar por las barricadas erigidas por las autoridades para implementar la cuarentena.  Esto fue la gota que rebalso el vaso y dio origen a las protestas que están sucediendo en China a pesar de la violenta represión policial.

    Es un buen momento para acordarse de la cuarentena en nuestro país. Esta desastrosa política que no sirvió para contener el Covid: Argentina se ubica en el 14o lugar en número absoluto de muertes y 29 en la proporción cada 1M de habitantes a pesar de haber tenido una de las cuarentenas más feroces y extendidas.  Suecia que no tuvo cuarentena generalizada esta en el puesto 57… Brasil, que fue objeto de criticas feroces por parte de todos los “bien pensantes” como una especie de campo de exterminio, tuvo 3.202 muertes cada Millón de habitantes. Argentina 2.826.  Es decir, una diferencia del 14%.  Esto no toma en cuenta el daño inmenso a las vidas, a las familias, a la economía, y que, junto con otras políticas gubernamentales, se aumentó dramáticamente el nivel de pobreza, se retrocedió en materia educativa, aumentaron las depresiones y suicidios. Una vez que se contabilice todos los danos causados de forma honesta, probablemente la “factura del carnicero” sea aun peor.  

    Todo esto fue hecho siguiendo el modelo chino, propugnado por el comunista (no lo digo yo, lo dice él) Tedros de la OMS y otras luminarias “científicas” alrededor del mundo, incluyendo las locales. Ni hablemos de China en sí, que fue la autora material del delito a través de su (por lo menos) desidia e incompetencia en el ya famoso laboratorio de Wuhan.

    En algún momento la gente que produjo tanto desastre necesita pagar. Caro. Todos:  El gobierno Chino, sus cómplices en la UN, en la comunidad “científica”, en los medios, en los gobiernos alrededor del mundo.  Pero no solo ellos. Además recordemos a la gente de pie que dio apoyo a estas políticas y las hizo posibles. Se negaron redondamente a oír ninguna otra opinión que no fuera la que satisfacía sus miedos o sus deseos de mostrar cuan virtuosos y obedientes eran.  Y así nos costaron.

    Que las protestas en China sirvan de recordatorio.  

  • Como veganos en un  frigorífico

    Como veganos en un frigorífico

    Este año el evento COP27 (el Sínodo anual de la iglesia de Gaia) fue realizado en Sharm al Sheikh, Egipto. Este resort es una especie de Cancún fundado por los Israelíes durante su ocupación del Sinaí y posteriormente desarrollado por los Egipcios como destino de vacaciones (mas bien económico) para Europeos, especialmente Italianos, Rusos, Ingleses, Alemanes y otros turistas del Este de Europa. 

    Es un muy lindo lugar. Sobre la costa del mar Rojo, una cantidad impresionantes de hoteles de todas las categorías, restaurantes, casinos, lugares de entretenimiento se alzan, literalmente desafiando el entorno. Considerando el desierto que lo rodea, llama la atención los jardines perfectamente mantenidos, las canchas de golf, las piletas suntuosas, los parques de agua.  Dado el calor sustancial de esas latitudes estos establecimientos solo sobreviven a base de aire acondicionados que proporcionan una climatización tolerable.   

    En la Península de Sinaí persiste una insurgencia beduina y la mayor parte de la península es “no go zone” hasta para el ejército Egipcio. Por lo tanto el tema de seguridad tampoco es simple. Sharm consigue un cierto grado de seguridad gracias a la presencia de una fuerza de paz de las Naciones Unidas (MFO) que se supone monitorea los terminos de paz entre Israel y Egipto pero que termina actuando como una garantía de seguridad para la industria hotelera del lugar, cortesía de los contribuyentes globales.

    Como se pueden imaginar, un lugar con una naturaleza y una población hostil, es uno de los lugres menos “sustentables” del planeta. Por ejemplo, el agua para regar todos esos jardines y canchas de golf es obtenida gracias a plantas de desalinización, usando enormes cantidades de combustibles fósiles que son provistas por el gobierno Egipcio a precios pesadamente subsidiados. Lo mismo se puede decir de la agradable temperatura que reina en el interior de los restaurantes, casinos y hoteles gracias a los sistemas de climatización. 

    Es decir que un país pobre como Egipto (80 millones de sus 90 millones viven en la pobreza extrema) está subsidiando las vacaciones de una gran cantidad de europeos que tienen un estandar de vida bastante superior que su propia población.

    Me imagino que el lugar fue elegido para la conferencia por que la industria turística en ese destino viene sufriendo bastante desde la primavera árabe, el gobierno de la Hermandad Musulmana, la restauración del gobierno militar y COVID. Presumiblemente los empresarios hoteleros habrán hecho “lobby” a su gobierno para que les consiguiera un evento de alto perfil que les pudiera servir para re lanzar el destino.  Los del COP27 habrán conseguido tarifas preferenciales dado el bajo costo de la mano de obra en Egipto y el negcio se cerró a satisfaccion de todos.

    Para llegar a este lugar no hay trenes eléctricos. Ni Teslas. Ni globos aerostáticos. Ni bicicletas. Ni barcos a vela. En resumen, no hay maneras “sustentables” de llegar ahí.  Solo el viejo conocido motor a reacción que funciona a base de incalculables toneladas de mas combustibles fósiles.  

    Naturalmente muchos de los delegados se vieron forzados a utilizar aviones privados ya que no pueden tolerar las emisiones de sus congéneres en el espacion cerrado de una aerolina comercial.  

    Hemos aprendido a dar por sentado la hipocresía de los clérigos de la iglesia de Gaia. Pero agregando leña al fuego, este año el evento le dio la bienvenida con honores a un campeón de la destrucción ambiental como es Nicolas Maduro. Como nota Maria Anastasia O’Grady en su artículo del 14 de Noviembre, el gobierno Socialista de Venezuela es unos de los peores criminales ambientales.  Bueno. Es uno de los peores criminales sin otros calificativos.  Pero hubiera podido ser relevante para los congresales de Sharm algunos datos mencionados en el artículo que seguramente son de su conocimiento. La Laguna de Maracaibo ha sido enteramente destruida por PDVSA. La minería de las empresas de Maduro, arrojan mercurio y otros poluyentes directamente al agua de los ríos que rodean sus minas lo que ha afectado una parte importante del ecosistema Venezolano.  En muchas localidades grandes no hay más recolección de residuos, lo que fuerza a las poblaciones a quemar basura de forma descontrolada. No se reparan más los oleoductos que tienen abundantes perdidas que van a parar directamente a la tierra o el agua que atraviesan.  

    Uno diría que alguien con estos precedentes, debiera haber sido objeto de oprobio unánime en este cónclave y el dedo acusador de Greta lo tendria como blanco.  Pero los ambientalistas no tienen enemigos a su izquierda. Greta no le afeó su conducta. Todo fueron sonrisas, apretones de manos, palmadas en la espalda.

    El oprobio se reserva para la gente que realmente se preocupa por el medio ambiente y que además sustentan con su trabajo a los zánganos de Sharm.

  • La verdad según la justicia social

    La verdad según la justicia social

    Cómo la izquierda progresista se alineó con el posmodernismo

    Hemos llegado a un punto en la historia donde las ideas que sustentan el liberalismo y la modernidad en el seno de la civilización occidental están en grave riesgo. La naturaleza precisa de esta amenaza es complicada. Surge de al menos dos presiones abrumadoras, una revolucionaria y otra reaccionaria, que están en guerra sobre qué dirección iliberal deben ser arrastradas nuestras sociedades.

    Los movimientos populistas de extrema derecha afirman librar una última y desesperada batalla por el liberalismo y la democracia contra una ola creciente de progresismo y globalismo. Se están volviendo cada vez más hacia el liderazgo de dictadores y hombres fuertes que pueden mantener y preservar la soberanía y los valores “occidentales”.

    Mientras tanto, los cruzados “progresistas” de extrema izquierda se presentan a sí mismos como los únicos y justos campeones del progreso social y moral.

    No solo promueven su causa a través de objetivos revolucionarios que rechazan abiertamente el liberalismo como una forma de opresión: también lo hacen con medios cada vez más autoritarios, buscando establecer una ideología completamente fundamentalista de cómo debe ordenarse la sociedad. Cada lado en esta refriega ve al otro como una amenaza existencial y, por lo tanto, cada uno alimenta los mayores excesos del otro. Esta guerra cultural es lo suficientemente intensa como para definir la vida política —y, cada vez más, social— a principios del siglo XXI.

    Aunque el problema de la derecha es grave y merece un análisis cuidadoso en sí mismo, nos hemos convertido en expertos en la naturaleza del problema de la izquierda. Esto se debe en parte a que creemos que, mientras que los dos bandos se están conduciendo mutuamente a la locura y a una mayor radicalización, el problema que proviene de la izquierda representa un alejamiento de su punto histórico de razón y fuerza: el liberalismo esencial para el mantenimiento de nuestras seculares democracias liberales. La izquierda progresista se ha alineado no con la modernidad sino con el posmodernismo, que rechaza la verdad objetiva como una fantasía soñada por pensadores de la Ilustración ingenuos o arrogantemente fanáticos que subestimaron las consecuencias colaterales del progreso.

    El posmodernismo, según su punto de vista, se ha convertido o ha dado lugar a una de las ideologías menos tolerantes y más autoritarias con las que el mundo ha tenido que lidiar desde el final del colonialismo y la Guerra Fría. El posmodernismo se desarrolló en rincones relativamente oscuros de la academia como una reacción intelectual y cultural a todos estos cambios y, desde la década de 1960, se ha extendido a otras partes de la academia: al activismo, a través de las burocracias y al corazón de las escuelas y universidades. A partir de ahí, ha comenzado a filtrarse en la sociedad en general hasta el punto en que el posmodernismo y las reacciones violentas en su contra, tanto razonables como reaccionarias, dominan nuestro panorama sociopolítico.

    Este movimiento persigue nominalmente un objetivo amplio llamado “justicia social”. El término se remonta a casi 200 años. Bajo diferentes pensadores en diferentes momentos, sus diversos significados se han referido a abordar y reparar las desigualdades sociales, particularmente cuando se trata de cuestiones de clase, raza, género, sexo y sexualidad, y particularmente cuando estas van más allá del alcance de la justicia legal. Quizás lo más famoso sea que el filósofo progresista liberal John Rawls expuso una teoría filosófica de las condiciones bajo las cuales se podría organizar una sociedad socialmente justa. En esto, planteó un experimento de pensamiento universalista en el que una sociedad socialmente justa sería aquella en la que un individuo al que se le diera la opción sería igualmente feliz de nacer en cualquier medio social o grupo de identidad.

    También se ha empleado otro enfoque explícitamente antiliberal y antiuniversal para lograr la justicia social, particularmente desde mediados del siglo XX. Este tiene sus raíces en la “teoría crítica”. La teoría crítica se ocupa principalmente de revelar sesgos ocultos y suposiciones subexaminadas, por lo general, señalando los “problemas”, es decir, las formas en que la sociedad y los sistemas en los que opera van mal. El posmodernismo, en cierto sentido, fue una rama de este enfoque crítico.

    El movimiento que asume este cargo presuntuosamente se refiere a su ideología simplemente como “justicia social”, como si solo buscara una sociedad justa, mientras que el resto de nosotros abogamos por algo completamente diferente. Cada vez es más difícil pasar por alto la influencia del Movimiento por la Justicia Social en la sociedad, sobre todo en forma de “política de identidad” o “corrección política”. Casi a diario, sale una noticia sobre alguien que ha sido despedido, ‘cancelado’ u objeto de vergüenza pública en las redes sociales, por haber dicho o hecho algo interpretado como sexista, racista u homofóbico. A veces, las acusaciones están justificadas, y podemos consolarnos con el hecho de que un fanático, a quien vemos como completamente diferente a nosotros, está recibiendo la censura que “merece” por sus odiosas opiniones.

    Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, la acusación es altamente interpretativa y su razonamiento tortuoso. A veces pareciera como si cualquier persona bien intencionada, incluso alguien que valora la libertad y la igualdad universales, podría decir sin darse cuenta algo que no cumple con los nuevos códigos de expresión, con consecuencias devastadoras para su carrera y reputación.

    Esto es confuso y contrario a la intuición de una cultura acostumbrada a poner la dignidad humana en primer lugar y que, por lo tanto, valora las interpretaciones caritativas y la tolerancia de una amplia gama de puntos de vista. En el mejor de los casos, este comportamiento tiene un efecto escalofriante en la cultura de la libre expresión, que ha servido bien a las democracias liberales durante más de dos siglos: las buenas personas se autocensuran para evitar decir cosas “incorrectas”. En el peor de los casos, es una forma maliciosa de intimidación y, cuando se institucionaliza, una especie de autoritarismo.

    Estos cambios, que se están produciendo con una rapidez asombrosa, son muy difíciles de comprender. Esto se debe a que provienen de una visión muy peculiar del mundo, que incluso habla su propio idioma, en cierto modo. Dentro del mundo de habla inglesa, los defensores de la justicia social hablan inglés, pero los “despertados” (“woke” en inglés, es decir, aquellos que despertaron a la visión de la justicia social) usan palabras cotidianas de manera diferente al resto de nosotros. Cuando hablan de ‘racismo’, por ejemplo, no se refieren a prejuicios por motivos de raza, sino a, como ellos lo definen, un sistema racializado que impregna todas las interacciones en la sociedad pero que es en gran parte invisible excepto para aquellos que experimentan o que están versados ​​en los métodos ‘críticos’ apropiados que los entrenan para verlo.

    Estos académicos-activistas no solo hablan un lenguaje especializado, mientras usan palabras cotidianas que la gente asume, incorrectamente, que entienden, sino que también representan una cultura completamente diferente, incrustada en la nuestra. Las personas que han adoptado este punto de vista pueden estar físicamente cerca, pero intelectualmente están a un mundo de distancia. Están obsesionados con el poder, el lenguaje, el conocimiento y las relaciones entre ellos. Interpretan el mundo a través de una lente que detecta dinámicas de poder en cada interacción, expresión y artefacto cultural, incluso cuando no son obvios o reales.

    Esta es una visión del mundo que se centra en los agravios sociales y culturales y tiene como objetivo convertir todo en una lucha política de suma cero que gira en torno a marcadores de identidad como la raza, el sexo, el género y la sexualidad. Para un extraño, esta cultura parece haberse originado en otro planeta, cuyos habitantes no tienen conocimiento de las especies que se reproducen sexualmente, y que interpretan todas nuestras interacciones sociológicas humanas de la manera más cínica posible. Pero, de hecho, estas actitudes absurdas son completamente humanas. Dan testimonio de nuestra capacidad repetidamente demostrada para adoptar cosmovisiones espirituales complejas, que van desde el animismo tribal hasta el espiritualismo hippie y las religiones globales sofisticadas, cada una de las cuales adopta su propio marco interpretativo a través del cual ve el mundo entero. Este simplemente trata sobre una visión peculiar del poder y su capacidad para crear desigualdad y opresión.

    Interactuar con los defensores de este punto de vista requiere aprender no solo su lenguaje, que en sí mismo es bastante desafiante, sino también sus costumbres e incluso su mitología de los problemas “sistémicos” y “estructurales” inherentes a nuestra sociedad, sistemas e instituciones. Como saben los viajeros experimentados, comunicarse en una cultura completamente diferente implica más que aprender el idioma. Uno también debe aprender modismos, implicaciones, referencias culturales y etiqueta. A menudo, necesitamos a alguien que no sea solo un traductor sino también un intérprete en el sentido más amplio, alguien que conozca ambos conjuntos de costumbres, para comunicarnos de manera efectiva.

    En nuestro libro Cynical Theories explicamos cómo la teoría de la justicia social se ha convertido en la fuerza impulsora de la guerra cultural de finales de la década de 2010, y propone una forma filosóficamente liberal de contrarrestar sus manifestaciones en la erudición, el activismo y la vida cotidiana. Contamos la historia de cómo el posmodernismo aplicó sus teorías cínicas para deconstruir lo que podríamos estar de acuerdo en llamar las ‘viejas religiones’ del pensamiento, que incluyen creencias religiosas convencionales como el cristianismo e ideologías seculares como el marxismo, así como sistemas modernos cohesivos como la ciencia, el liberalismo filosófico y el ‘progreso’, y los reemplazó con una nueva religión propia, llamada justicia social.

    Es útil que la teoría de la justicia social se haya vuelto cada vez más segura y clara acerca de sus creencias y objetivos. Este desarrollo es, sin embargo, alarmante: ha hecho que la teoría sea mucho más fácil de entender y actuar por parte de los creyentes que quieren remodelar la sociedad. Podemos ver su impacto en el mundo en los ataques de la justicia social a la ciencia y la razón. También es evidente en las afirmaciones de los creyentes que la sociedad está dividida de manera simplista en identidades dominantes y marginadas y está respaldada por sistemas invisibles de supremacía blanca, patriarcado, heteronormatividad, cisnormatividad, capacitismo y gordofobia.

    Por Helen Pluckrose and James Lindsay.

    Traducido de The Spectator.

  • Más cacofonía

    Más cacofonía

    Siguen los ruidos cacofónicos en torno a la guerra de Ucrania. En un artículo para “UnHerd” el Sr. Thomas Fazi analiza la posibilidad de que Estados Unidos haya saboteado el caño bajo el Mar del Norte que llevaba gas de Rusia a Alemania

    Sabotear el caño tendría la doble ventaja de obligar a Alemania a reducir su dependencia del gas ruso y a aumentar su dependencia del gas americano. En otras palabras, aleja a Alemania de la órbita rusa y la aproxima a la órbita americana.

    Cita una frase de George Friedman en su libro “The Next Decade”: “El interés primordial de Estados Unidos, por el cual hemos librado guerras durante siglos, la Primera, la Segunda y la Guerra Fría, ha sido la relación entre Alemania y Rusia, porque unidos son la única fuerza que podría amenazarnos”.

    Este tipo de consideraciones muy “geopolíticas” siempre me han chocado por lo cínicas. Lo único que importa es que Alemania y Rusia no se unan contra USA, como si todo se redujera a un juego de TEG. 

    No importa que Rusia sea una tiranía y que en USA se goce de una cierta libertad (cada vez menos). No importa que durante 50 años Rusia mantuvo colonizada la mitad de Alemania mientras que USA dio plena libertad a la otra mitad. No importa que la economía rusa esté en manos de una cleptocracia mientras que en USA la economía todavía es bastante libre (cada vez menos). No importa que la iglesia ortodoxa rusa sea un agente de la tiranía, a cargo de un compañero de Putin en la KGB. No importan las atrocidades que Rusia cometió en Ucrania durante décadas y las que sigue cometiendo en los territorios ocupados.     

    Es verdad que USA tiene razones geopolíticas para separar a Rusia y Alemania. Pero no son las únicas ni las más importantes. Una hipotética alianza entre la tiranía rusa y la eficiencia alemana crearía una enorme “tiranía eficiente” una especie de “Mordor” al este de Europa. No le conviene a nadie, y menos a los países europeos. Churchill supo verlo en Octubre de 1940. 

    En esos días Molotov estaba en Berlín repartiéndose Europa con Ribbentrop. Entonces Churchill ordenó unos bombardeos feroces, casi suicidas, que sacudieron a Berlín a fondo, al punto que las conversaciones entre los dos cancilleres tuvieron que celebrarse en un refugio anti-aéreo. Cuando Molotov volvió a Rusia le dijo a Stalin que Alemania iba a perder la guerra, que no le convenía esa alianza.   

    Como diría el artículo de Fazi, lo que hizo Churchill “…era parte de una estrategia más amplia para abrir una brecha política entre Europa y Rusia”. 

    El gesto de Churchill le garantizó a Europa muchos años de paz y prosperidad. Ya sé que no fue lo único; que hubo mucho que pelear después de eso; y que no todo salió bien. Pero fue una bisagra del destino, como lo llama en sus memorias. 

  • ¿No serán ellos los que nos odian?

    ¿No serán ellos los que nos odian?

    Chesterton dijo que él se convirtió sin haber leído casi ningún libro de apologética.  Llegó a la conclusión que la Iglesia era verdadera leyendo a sus críticos.  A medida que se iba internando en las obras de los más famosos escépticos, descubrió que sus ataques eran completamente contradictorios.  Algunos decían que la Iglesia era demasiado estricta y otros que era demasiado libertina. Algunos decían que era demasiado machista mientras otros decían que era solo para mujeres. Que los católicos están en contra del sexo para luego decir que sus familias católicas son demasiado grandes.  Su conclusión fue que había dos explicaciones: una es que la Iglesia era espacialmente perversa y que conseguía ofender a todo sentido de moralidad y decencia. La otra era que sus críticos eran perversos y que era la Iglesia la que estaba en el perfecto equilibrio de la virtud. Así como una persona demasiado alta ve a una de estatura normal como enana y un enano ve a una persona de estatura normal como un gigante (vale la pena leer directamente sus palabras).  

    Me acorde de esto cuando el otro día escribía sobre el supuesto odio que tenemos contra “las elites”.   Como concluimos, no, no odiamos a “las Elites”.  Simplemente queremos que tomen responsabilidad por sus actos.

    Pero tal vez una mejor pregunta es si “las Elites” nos odian a nosotros…

    Haciendo una búsqueda rápida por Internet, encontré un folleto de las Naciones Unidas que nos explica que significa “discurso de odio”:

    Odio: emoción intensa e irracional de oprobio, enemistad y aborrecimiento hacia una persona o grupo de personas, por tener determinadas características […]. El “odio” es más que un mero prejuicio y debe ser discriminatorio. El odio es una muestra de un estado emocional u opinión y, por lo tanto, se diferencia de cualquier acto o acción que se haya llevado a cabo. –

    Discurso: cualquier expresión que vierta opiniones o ideas, que comparte una opinión o una idea interna con un público externo. Puede adoptar muchas formas: escrita, no-verbal, visual o artística y puede ser difundida en los medios, incluyendo Internet, material impreso, radio o televisión.

    Si alguno de Uds. alguna vez tuvo el dudoso placer de discutir con uno de “la Contra” probablemente haya experimentado en forma directa esa “emoción intensa e irracional de oprobio” que mencionan.  Y si saben leer y escribir, podemos decir que ese odio es expresado de forma escrita, no-verbal, visual o artística y es difundido en los medios, incluyendo Internet, material impreso, radio o televisión

    Se me vienen algunos ejemplos a la cabeza que tal vez sirvan para ilustrar lo que digo:

    • Todos sabemos que acusar a una religión de ser genocida está muy mal. Si lo decimos sobre los musulmanes seremos tachados inmediatamente de Islamofóbicos. Si lo decimos sobre los judíos, seremos llamados Antisemitas.  Sin embargo, eso es exactamente lo que enseñan sobre el cristianismo en muchas universidades y colegios prestigiosos alrededor del mundo.
    • Hay varias personas conectadas en mayor o menor medida con movimientos terroristas que hoy en día son profesores universitarios, miembros del gobierno, periodistas respetados. Nos lo justifican diciendo que eran “jóvenes idealistas” y que no estuvieron involucrados personalmente en actos violentos y que meramente tenían un papel periférico.  Sin embargo, muchas de esas mismas universidades, editoriales, partidos políticos, medios de comunicación no les tiembla la mano en echar o negar empleo a personas que tienen un pensamiento conservador de derecha. Irónicamente porque los acusan de promover “el odio”.
    • Justo antes del incendio de Notre Dame, hubo una serie de ataques a iglesias en Francia. Por ejemplo, apenas una semana antes la histórica Saint Sulpice fue una de las victimas del vandalismo.  Curiosamente estos ataques pararon después de Notre Dame.  Todo hace suponer que el incendio de Notre Dame fue parte de esa campaña. Si hubiera sido cualquier otra religión, la mera sospecha hubiera sido suficiente para una campana mundial de reflexión para combatir la intolerancia.  En este caso, cuando todavía las llamas estaban ardiendo, los medios de comunicación, el gobierno, las compañías tecnológicas, fueron unánimes en declararlo “un accidente”.  Ningún periodo de reflexión sobre la intolerancia anticatólica.
    • Después de la decisión “Dobbs” de la Corte Suprema de Estados Unidos, hubo ataques violentos a decenas de Iglesias y Centros de atención a mujeres embarazadas.  NADIE fue detenido y menos aun condenado por estos hechos.   Sin embargo, como hemos mencionado en esta página, el FBI ha allanado la casa y arrestado a varios activistas pro-vida por el grave delito de pararse a rezar cerca de una clínica de aborto.

    Y pudiera seguir durante mucho tiempo.  Estoy seguro que mis estimados lectores tendrán unos cuantos más.

    Pero esto es suficiente para preguntarse ¿Será que los partidarios de la “paz”, la “tolerancia”, el “amor universal” son en realidad los primeros generadores de “discursos de odio” en contra de quienes se les oponen?

  • Cacofonía

    Cacofonía

    Si hay algo que la actual guerra en Ucrania me ha enseñado, es que todos vivimos inmersos en cantidades indigeribles de información. En una era en la que cualquiera con acceso a internet puede ponerse a leer las obras completas de Cicerón, o mirar el último video de un misil ruso explotando en Kiev, es muy difícil decidir cómo priorizar la información disponible, que conclusiones sacar de ella y como esta afecta nuestras vidas.

    Dicen que la verdad es la primera víctima de la guerra, y esto no es un fenómeno moderno. Siempre fue así. Lo que es moderno es la velocidad y amplitud geográfica con que la información circula en el mundo. No hacen falta muchos conocimientos técnicos o abundantes fondos (y esta misma Botella es una muestra de esto), para que cualquiera que quiera emitir un sonido en el ciberespacio pueda hacerlo.

    Esta cacofonía digital es generada por incontables entidades públicas y privadas con presupuestos muy diversos que tienen intereses en difundir su opinión y su punto de vista. Como todos, estas deciden a qué hechos darle importancia y a cuales no, siendo la omisión muchas veces tan estridente como el énfasis. Ya no se trata simplemente de informar hechos puntuales. Desde la selección de la noticia, hasta cómo se la entrega, está sirviendo, en menor o mayor grado, el interés del que la presenta.

    Aquellos quienes pretenden la quimera de recibir “sólo los hechos”, para poder “formar su propia opinión”, tienen que recurrir a todo tipo de esfuerzos para “compensar” la parcialidad conocida o supuesta del que entrega la noticia. Ni una legión de expertos sería capaz de verificar en tiempo real la veracidad de las noticias que se generan y entregan en el mundo, y el que absorbe noticias y quiere retener cierta independencia intelectual lo hace sabiendo que sus esfuerzos nunca serían del todo exitosos.

    Para complicar más el asunto, no podemos olvidar que todos cargamos nuestras propias parcialidades, de las que somos más o menos conscientes, creadas y alimentadas desde nuestra infancia como parte de nuestra educación, entorno familiar y opciones de vida. Ellas también determinan nuestro punto de vista, y se requieren actos de honestidad intelectual poco comunes para ser capaces de asomarnos como por una ventana al punto de vista del otro sin perder nuestras propias ideas, pero al mismo tiempo admitiendo que ángulos diferentes pueden sumar al que uno ya tiene.

    En última instancia, se requiere una vida de educación, trabajo y fe en Dios para identificar y adquirir los principios y valores morales, religiosos y humanos que nos deberían servir de guía en nuestra búsqueda de la verdad en un mundo que ha desarrollado el talento de camuflarla muchas veces con maestría. Al igual que el camino de la salvación eterna, esta no es una tarea fácil o popular. Pero si al menos no tratamos de desarrollar estos principios y valores, inevitablemente seremos como un corcho en el océano, avasallados por las opiniones de los que pueden hablar más fuerte que nosotros.

    Volviendo al tema Ucrania, quizás los acontecimientos tácticos en el campo de batalla sean los más fáciles de entender. Al final del día, este lado controla tal territorio, y tal o cual edificio o puente fue o no fue destruido. Pero a la hora de formar un juicio sobre los antecedentes del conflicto, o la moralidad del mismo, para no hablar sobre las consecuencias que este puede tener sobre el futuro de ambos países en pugna y sobre el resto de Europa o el mundo, ahí es donde nos encontramos con el equivalente a una “torta mil hojas”, donde cada camada representa una posible explicación, aparentemente bien razonada y con su propio conjunto de datos para fundamentarla.

    Puestos a deconstruir esta torta y sus mil hojas de hojaldre, las posibilidades de interpretaciones alternativas son incontables. Aquí algunas de ellas:

    • Los únicos ganadores de esta guerra serán, como siempre, los fabricantes de armas que están juntando billones.
    • Estados Unidos y la OTAN están “luchando hasta el último ucraniano” para debilitar a Rusia pero, en realidad, no tienen un interés real o válido por ver una Ucrania independiente.
    • Ucrania nunca debió haber sido independiente porque siempre fue parte de Rusia hasta que Nikita Kruschev se la regaló a los ucranianos.
    • Europa y la OTAN representan políticas anti-cristianas como la ideología de género o el aborto, mientras que Putin lucha contra la homosexualidad y es un líder de “derecha”.
    • Rusia está luchando una guerra defensiva ya que fue provocada por la OTAN y tiene derecho a defenderse.

    Y seguro que hay otras…

    Pese a que todas o alguna de estas interpretaciones, sean tal vez legítimas, en lo personal, e íntimo conocedor de mis propios prejuicios y puntos de vista; nacido y formado durante la Guerra Fría, pocas cosas me harían más feliz que ver a Putin derrotado y que la Rusia que él y sus amigos oligarcas representan sea puesta en su lugar. Ese deseo de mi parte, inevitablemente, goza de cada victoria ucraniana y celebra cada debacle ruso. 

  • El mito del precio justo

    El mito del precio justo

    Introducción de La Botella al Mar: Entre el arsenal de herramientas ineficaces que los gobiernos de índole socialista usan para tratar de tapar la realidad de sus políticas fracasadas, se encuentra la de controlar los precios, para engañar a los ciudadanos sobre el costo real de lo que necesitan, y encubrir de alguna manera las falencias tanto en el área de producción como en el mercado laboral. 

    El control de precios se hace de varias maneras, algunas más dañinas que otras. La preferida de estos gobiernos de índole socialistoide (entre los que se encuentra ciertamente el que actualmente preside pero no dirige Alberto Fernández) es imponer a las empresas un precio máximo que pueden ofrecer a la hora de comercializar sus productos, con la expectativa que sean estas las que sacrifiquen ganancias para subsidiar de esa manera la vida de los consumidores. Es de notar que este es el mecanismo preferido, porque se encuadra con la narrativa de que el Estado viene a rescatar al pueblo de los abusos del capitalismo que no se detiene ni ante al hambre con tal de llenar sus bolsillos. 

    Eufemismos como “precios cuidados” se usan para encubrir lo que es, efectivamente, una política confiscatoria, que abusa del poder del Estado para obligar al proveedor de un bien o al prestador de un servicio, a entregar algo por lo que no está dispuesto a hacerlo. Como no podía ser de otra forma, en su afán de revestir sus actos injustos en la bandera de la “justicia social” o los “derechos de los más necesitados”, usan también las palabras “precios justos” para describir estos controles que son claramente injustos. Como ejemplo reciente, el senador bonaerense Francisco Durañona, del Frente de Todos, tituló el projecto de ley para el control de precios en la provincia de Buenos Aires como “Ley de Precios Justos”.

    Lamentablemente, en una Argentina en la que no solo las ideas, pero más grave aún, la cultura del peronismo han hecho metástasis y afecta la forma de pensar de nuestros ciudadanos, no son pocos los que al oir lo que no es sino un slogan, “Precios Justos”, instintivamente asienten con la cabeza y consideran que nada más lógico que el Estado haga lo que tenga que hacer para evitar injusticias y proteger a todos de los efectos de estas.

    Esta aceptación es muchas veces subconciente, y encuentra eco no solo en las malas ideas que durante casi 100 años la cultura peronista ha difundido entre nuestra gente, sino que también pareciera basarse en una visión mal entendida y, literalmente “mal educada” de lo que enseñan la Iglesia o el cristianismo sobre la justicia, la caridad y los deberes y derechos del hombre que vive en sociedad.

    Muy hábilmente (y este es un fenómeno que excede las fronteras de nuestro país), los críticos de la economía de libre mercado, adaptan su discurso a su audiencia y, en países donde el cristianismo ha dejado huella, revisten su mensaje con elementos parciales del andamiaje de enseñanzas y principios que el cristianismo y la Iglesia han desarrollado durante siglos en occidente. Cuentan para el éxito de esta estratagema dialéctica, con la falta de formación o educación en estos temas del promedio de la sociedad, más acostumbrada tal vez (y sobre todo en este siglo XXI) a los breves flashes de un meme o el límite de 144 letras de un Tweet.

    En un esfuerzo para educar al público sobre este concepto, transcribimos abajo extractos de una conferencia de Lawrence M. Vance, académico asociado del Instituto Mises, columnista y asesor de políticas de la Fundación Future of Freedom, y columnista, bloguero y crítico de libros. Su conferencia completa, titulada “El mito del Precio Justo” puede leerse acá en su inglés original, y es extensa y altamente recomendable. La traducción es nuestra, y hemos omitido las muchas notas documentales, que, una vez más, puede el interesado ubicar en el original citado.


    1. El concepto de justicia es bíblico: Dios hace llover “sobre justos e injustos”; Cristo murió por nuestros pecados, “el justo por los injustos”; habrá “una resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”. Ahora bien, la expresión precio justo no se encuentra en ninguna parte de las Escrituras. Esto ipso facto no significa, por supuesto, que el concepto deba descartarse de plano. Después de todo, la palabra trinidad tampoco está en la Biblia. La Escritura tiene algunos principios generales sobre cuándo algo es justo y qué debe hacerse con justicia. Por ejemplo: Un hombre justo hace lo que es “lícito y recto”, el juicio y la regla deben hacerse con justicia, los siervos tienen derecho a lo que es “justo e igual”, y debemos seguir que que es “totalmente justo”.

    2. Aunque la Escritura no habla de un “precio justo”, sí leemos de un “peso justo” cuatro veces, de una “medida justa” cinco veces, y de una “balanza justa” dos veces. De hecho, incluso dice en el Libro de los Proverbios que “la balanza falsa es abominación a Jehová, pero la pesa justa le agrada”. Dado que seguir lo que es “totalmente justo” se aplicaría a nuestras transacciones comerciales, la ausencia de fraude sería esencial para que el precio de cualquier mercancía sea justo. Pero uno buscará en vano en las Escrituras cualquier otro concepto de lo que constituye un precio justo.

    3. Bien o mal, el concepto del precio justo siempre estará asociado con el filósofo y teólogo católico medieval Tomás de Aquino. Tomás de Aquino, nacido alrededor de 1225, es universalmente reconocido como el mayor teólogo de la Iglesia Católica. En su gran resumen de teología, la Summa Theologica, Tomás de Aquino analiza el concepto del precio justo en la sección de su “Tratado sobre la prudencia y la justicia” llamada “De las estafas que se cometen al comprar y vender”.

    4. La idea de que hay un precio justo en un intercambio económico monetario no es solo un fenómeno medieval. Es quizás casi tan antiguo como la propia actividad comercial. El concepto se ha encontrado registrado en antiguas inscripciones babilónicas. Esto no debería sorprendernos, ya que desde el principio de los tiempos no ha habido escasez de personas que pensaron que era asunto suyo ocuparse de los asuntos de los demás. Esto es especialmente cierto en el caso de los burócratas gubernamentales que, en nombre de servir al interés público y proteger a los económicamente desfavorecidos, intervienen violentamente en el libre mercado. El concepto erróneo de Aristóteles de igual valor en un intercambio comercial no solo contribuyó a siglos de pensamiento económico confuso; fue revivido y empleado “como justificación filosófica de la doctrina medieval del precio justo”.

    5. Al igual que sus predecesores, Tomás de Aquino mantuvo la necesidad de un precio justo en cada transacción. Al examinar su enseñanza como un todo, vemos una serie de principios:

    • El comerciante realiza un servicio valioso.
    • El comerciante puede hacer negocios sin pecar
    • Comprar y vender son ventajosos para ambas partes.
    • Falsificar la condición de los bienes en una venta es fraude
    • El precio está influenciado por los cambios en la oferta y la demanda.
    • El precio puede variar según la ubicación.
    • El precio puede variar según el tiempo.
    • El precio es una función de la utilidad.
    • El precio justo es una estimación y no se puede fijar con precisión matemática.
    • El precio justo es el precio de mercado actual
    • El precio debe representar el verdadero valor de los bienes.

    6. Es este último concepto el que desvía a Tomás de Aquino. En lugar de considerar el valor como puramente subjetivo, sostenía que “si el precio excede la cantidad del valor de la cosa, o, por el contrario, la cosa excede el precio, ya no hay igualdad de justicia: y, en consecuencia, vender una cosa por más de su valor, o comprarlo por menos de su valor, es en sí mismo injusto e ilegal”. ser considerable”.  Así como “ningún hombre desea comprar una cosa por más de su valor”, así “ningún hombre debe vender una cosa a otro hombre por más de su valor”. 

    7. A su favor, Santo Tomás de Aquino no prescribió ni las autoridades por las cuales ni los medios por los cuales se haría cumplir cualquier desviación del precio justo. Nunca llamó explícitamente a ninguna acción estatal que no sea el establecimiento de pesos y medidas.

    8. Se dejaría a los escolásticos tomistas españoles del siglo XVI enfatizar que no había una forma objetiva de determinar el precio. El jurista Francisco de Vitoria y sus discípulos de la Escuela de Salamanca sostenían que el precio se basaba simplemente en la oferta y la demanda, sin tener en cuenta los costes ni los gastos laborales. La ineficiencia de los productores, la desgracia de los especuladores y cualquier otra consecuencia negativa de la incompetencia o la mala suerte debían ser soportadas por igual por vendedores y compradores. Incluso el vendedor de lujos, superfluidades y frivolidades podía, en ausencia de “fraude, engaño o coerción”, aceptar cualquier precio que un comprador estuviera dispuesto a pagar. Contrariamente a Jean Gerson, canciller de la Universidad de París, quien antes había “sugerido que la fijación de precios se extendiera a todas las mercancías, sobre la base de que nadie debería presumir de ser más sabio que el legislador”, los seguidores de la Escuela de Salamanca como Martín Azpilcueta y Luis de Molina “se opusieron a toda regulación de precios porque era innecesaria en tiempos de abundancia e ineficaz o dañina en tiempos de escasez”.

    9. Decir que estas ideas fueron descuidadas es una subestimación colosal. La historia del pensamiento económico es la historia del intento de grupos de interés especial y niñeras del gobierno para fijar o regular los precios de los bienes y servicios. Aquí estamos cuatrocientos años después en los Estados Unidos de América, ese gran bastión del capitalismo y los mercados libres, ¿y qué vemos? No vemos nada más que intervencionismo, que, como nos recuerda Mises, “es un método para la transformación del capitalismo en socialismo mediante una serie de pasos sucesivos”.

    10. He sostenido que, en ausencia de fraude —no en ausencia de ignorancia, pereza, codicia o estupidez— cualquier precio acordado entre un comprador voluntario y un vendedor voluntario no solo es el precio justo, sino que solo eso es lo que lo hace el precio justo. Un precio justo por un artículo no existe independientemente de una transacción entre el comprador y el vendedor. Es imposible e inmoral que cualquier organismo gubernamental instituya, regule, controle o recomiende lo que es un precio justo. Es imposible porque el estado no es omnisciente; es inmoral porque el estado no tiene autoridad para intervenir en el mercado.

    11. Esto plantea la cuestión del papel del Estado. He sostenido que sería inmoral que el Estado interviniera en el mercado. En el orden natural de las cosas, es normal comerciar con quien y sobre lo que se desee. ¿Por qué debería considerarse criminal si su vecino interfiere por la fuerza con su compra, venta, alquiler, arrendamiento, o préstamo, pero benevolente si el gobierno lo hace? Se supone que el propósito del gobierno es proteger la vida, la libertad y la propiedad. Y como dijo uno de los antifederalistas: “Para cualquier gobierno hacer más que esto es imposible, y todo el que se queda corto es defectuoso”.

    12. Si existe un precio justo, entonces la medida en que influye en las decisiones de fijación de precios de uno debe ser una función de la religión, la ética y la moralidad, no una función de la ley. Incluso admitiré que, bajo ciertas circunstancias, podría ser inmoral cobrar un precio determinado. Pero eso no significa que deba ser ilegal. Los vicios no son delitos. Decir que el precio justo es un imperativo moral es una cosa, pero convertirlo en un dispositivo legal es otra cosa que abre la lata mortal de gusanos de la intervención del gobierno que nunca se puede cerrar. La separación de mercado y estado es tan importante como la separación de iglesia y estado.

    13, Conclusion. Nuestro llamado no es a la codicia, el lucro o el materialismo, es simplemente laissez-faire. Todo lo que queremos es que el gobierno se mantenga fuera del mercado. No necesitamos un estado niñera más de lo que necesitamos un estado omnipotente. No necesitamos sus leyes de usura. No necesitamos sus leyes comerciales. No necesitamos sus leyes laborales. No necesitamos sus leyes antimonopolio. No necesitamos sus controles de precios. No necesitamos sus regulaciones. No necesitamos sus esquemas de redistribución de la riqueza. Y ciertamente no necesitamos a ningún economista cristiano que defienda cualquiera de estas cosas como si tuvieran una base bíblica. Los mitos económicos son difíciles de morir, y en especial el mito del precio justo. La ignorancia económica es grande y se extiende a los niveles más altos de la sociedad.

    por Lawrence M. Vance

  • Los últimos covidianos

    Los últimos covidianos

    Introducción de La Botella al Mar: Pasarán muchos años antes de que todos los hechos relacionados con el Covid-19 y su manejo por parte de los gobiernos y las estructuras de poder del mundo puedan ser analizados con el detalle que se merecen. Si es que algún día todos los hechos salen a la luz. Mientras tanto, este artículo de David Marcus en The Spectator pone el foco, con bienvenido humor, en aquellos que se aferran a sus mascaritas con un fanatismo irracional que formará parte también de lo que sociólogos e historiadores serios tendrán que analizar a la hora de entender qué nos dejó (y qué nos sacó) esta famosa pandemia.


    Caminan entre nosotros. Los últimos covidianos. Los vemos todos los días, enmascarados mientras pasean a su perro en el parque, o solos en su automóvil. Tenemos ese amigo o ser querido que nos acosa con las vacunas y los refuerzos como un ejecutivo de relaciones públicas de nivel medio en Pfizer.

    También está el guerrero de las redes sociales que nunca admitirá que se equivocó con los cierres, e insiste que incluso con nuestra economía y sistema educativo en ruinas, deberíamos estar agradecidos.

    No olvidemos a los funcionarios de salud pública como San Fauci, de quien recientemente supimos que tuvo una ganancia inesperada de mega millones mientras que el poder adquisitivo de los estadounidenses se desplomó. “Oh, no”, advierten, “¡no bajes la guardia ahora! ¡Viene el invierno!”

    Los últimos covidianos no son como los soldados japoneses en las islas después de la Segunda Guerra Mundial que no sabían que el conflicto había terminado; se parecen más a los soldados japoneses que siguen montando guardia en Tokio después de la guerra y le preguntan a una población desconcertada: “¿Por qué haces eso?”.

    El mes pasado, Joe Biden declaró que la pandemia había terminado. Fue uno de esos raros casos en los que el presidente dice algo que realmente tiene sentido. Por supuesto que se acabó. Las restricciones legales locales y estatales han caído casi en el olvido, y la mayoría de los estadounidenses hacen esto y aquello sin pensar en el Rona.

    Aquí en la ciudad de Nueva York, el nuevo mensaje sobre el uso de máscaras en el metro y otros espacios es “tú lo haces”. Esto viene de personas que pasaron dos años ladrando “tú haces lo que te dicen, o si no”. En su apogeo, los ejecutores del bloqueo de Covid, tanto oficiales como de otro tipo, eran tan conciliadores como una dominatriz. Ahora tú estás a cargo, ¿en serio?

    Estas fueron las personas que sufrieron ataques de apoplejía si su máscara cayó debajo de su nariz, que protagonizaron video viral tras video viral de pánico en la tienda de comestibles y diatribas en el asiento del automóvil. Incluso los silenciosos dirigían miradas de acero fundido a los que no tenían máscara, sus ojos enojados y disgustados visibles sobre el ceño fruncido oculto por la máscara.

    Entonces, ¿cómo deberíamos nosotros que hemos dejado atrás los tristes anuncios de televisión de música de piano y el crujido diario de los números de Covid tratar a aquellos que se aferran amargamente a su pandemia?

    Supongo que la bondad debería estar a la orden del día, pero ¿no fue la bondad la que nos metió en este lío en primer lugar? ¿No fue parte de la razón por la que los estadounidenses permitieron que las medidas de bloqueo absurdas y arbitrarias — e ignoradas por sus superiores — durasen tanto tiempo, su deseo de ser amable con los aterrorizados?

    Incluso después de que miles se aglomeraran en protesta contra la violencia policial, como docenas de Lollapaloozas, aún nos dijimos que lo más cortés y decente que podíamos hacer era fingir que nunca sucedieron y mantener el distanciamiento social. Éramos tontos.

    No solo nos tomaron por tontos, sino que se burlaron de nosotros y nos castigaron, nos despidieron de nuestros trabajos, nos llamaron asesinos de abuelas, nos excluyeron de las redes sociales, nos multaron por administrar nuestros negocios y, en general, nos trataron bastante mal. ¿Simplemente olvidamos todo eso?

    Nadie cree que sea una buena idea acercarse a las personas que usan una máscara y comenzar a regañarlas, a pesar de que alguna vez fue una parte perfectamente normal del día si uno desafiaba los protocolos. Pero, ¿qué tal un poco de vergüenza suave? Un guiño y una sonrisa mientras les decimos: “Recuerda, no te toques la cara”. O tal vez, “llamó 2020 y quiere recuperar tu obediencia sin sentido”. Se creativo.

    Hay dos problemas con dejar el pasado en el pasado e ignorar las fobias hipocondríacas de nuestros conciudadanos. Uno, ver las caras de las personas, ir a trabajar en las oficinas y tener interacciones sociales normales son parte de una sociedad que funciona. Pero además, los últimos covidianos están tratando de ocular a un verdadero desfile de mentiras covidianas.

    Cuanto más tiempo se les permita fingir que el covid sigue siendo una emergencia que debe ser parte de todo lo que hacemos, más razonables parecerán los absurdos de 2020, como lavar los alimentos y no tocar los picaportes, y más justificados parecerán los bloqueos inmorales.

    La verdadera amabilidad aquí es decirles a las personas que no tienen un riesgo raro, único y específico de Covid que se ven completamente ridículas cuando continúan con estas precauciones absurdas que no funcionaron en primer lugar. Es como usar una camiseta que dice: “No tomes nada de lo que digo en serio”.

    Si todos estábamos juntos cuando llegó el momento de apagar las luces y acurrucarnos en nuestras casas para combatir el virus, entonces todos debemos estar juntos cuando salgamos de nuestra pesadilla de encierro. Es hora de quitarse la máscara de la cara o enfrentar el hecho de que pareces un tonto. Y no es trabajo de nadie más fingir que no lo sos.

    por David Marcus

  • El ambientalismo como religión

    El ambientalismo como religión

    Introducción de La Botella al Mar: Cuando Marx dijo que “la religión es el opio de los pueblos”, estaba repitiendo parte del mensaje de una corriente de pensamiento que se hizo fuerte desde la época de la Ilustración y el Enciclopedismo. Estos pregonaban que la humanidad, iluminada por la razón y la ciencia, estaba finalmente dejando atrás las épocas obscuras de la credulidad y la supertición. El auge de innovación tecnológica alcanzado en la segunda mitad del siglo XIX, parecía confirmar para algunos estas expectativas y haber relegado a Dios a las páginas de los libros de historia. Aunque las dos guerras mundiales del siglo XX temperaron la creencia optimista de un futuro de constante mejora para una humanidad libre de las cadenas del oscurantismo, aún entonces corrientes influyentes en la sociedad presentaban a la ciencia como una alternativa o una refutación misma de la religión.

    Sin embargo, iniciado el siglo XXI, estamos constatando que la humanidad que le dio la espalda o pretendió “matar a Dios” como dijo Nitzche, no lo ha reemplazado por la tan mentada racionalidad despojada de misterios. Lo que está ocurriendo, lo que estamos viendo, es el reemplazo del Dios y la religión verdaderas, por dioses y religiones falsas, que dependen aún más de la fe ciega otrora criticada, que impone otros dogmas en reemplazo de los antes condenados y que cuenta con su propia Inquisición, mucho más eficaz en aislar y “cancelar” a los herejes de lo que cualquier tribunal eclesiástico lo fuera en tiempos pasados.

    El artículo que sigue, una tesis publicada en 2010 por Joel Garreau, detalla la estructura, preceptos y dogmas de una de las muchas religiones modernas: el ambientalismo. La traducción es nuestra. Esperamos que sea de su interés.


    La religión tradicional está pasando por un momento difícil en algunas partes del mundo. La mayoría en gran parte de los países europeos han dicho a los encuestadores de Gallup en los últimos años que la religión no “ocupa un lugar importante” en sus vidas. En toda Europa, la asistencia a las iglesias de orientación judeocristiana ha disminuido, al igual que la adhesión a prohibiciones religiosas como las que condenan los nacimientos fuera del matrimonio. Y mientras que los estadounidenses siguen siendo, en promedio, mucho más devotos que los europeos, hay focos demográficos y regionales en este país que se asemejan a Europa en sus creencias y prácticas religiosas.

    El rechazo de la religión tradicional en estas áreas ha creado un vacío que es poco probable que quede sin llenar; la naturaleza humana parece exigir una búsqueda de orden y sentido, y hoy en día no faltan opciones en el menú de las creencias. Algunos buscadores sincretizan la teología judeocristiana con el espiritualismo oriental o de la Nueva Era. Otros buscan a través de la ciencia las respuestas definitivas de nuestros orígenes, o sueñan con la trascendencia de la alta tecnología al fusionarse con las máquinas; cualquier enfoque no depende solo del racionalismo sino de la fe en la bondad de lo que el racionalismo puede ofrecer.

    Para algunos individuos y sociedades, el papel de la religión parece ser ocupado cada vez más por el ecologismo. Se ha convertido en “la religión elegida por los ateos urbanos”, según Michael Crichton, el difunto escritor de ciencia ficción (y escéptico del cambio climático). En un discurso de 2003 ampliamente citado, Crichton describió las formas en que el ecologismo “reasigna” las creencias judeocristianas:

    Hay un Edén inicial, un paraíso, un estado de gracia y unidad con la naturaleza, hay una caída de la gracia a un estado de contaminación como resultado de comer del árbol del conocimiento, y como resultado de nuestras acciones hay un día de juicio. que viene por todos nosotros. Todos somos pecadores energéticos, condenados a morir, a menos que busquemos la salvación, lo que ahora se llama sustentabilidad. La sustentabilidad es la salvación en la iglesia del medio ambiente. Así como la comida orgánica es su comunión, esa oblea libre de pesticidas que beben las personas adecuadas con las creencias correctas.

    En partes del norte de Europa, esta nueva fe es ahora la corriente principal. “Dinamarca y Suecia flotan como botes pequeños, contentos y duraderos de la vida secular, donde la mayoría de las personas no son religiosas y no adoran a Jesús o Vishnu, no veneran los textos sagrados, no oran y no dan mucha credibilidad a los dogmas esenciales de las grandes religiones del mundo”, observa Phil Zuckerman en su libro de 2008 Sociedad sin Dios. En cambio, escribe, estos lugares se han vuelto “limpios y verdes”. Esta nueva fe tiene implicaciones políticas muy concretas; los países donde tiene más aceptación tienden también a haber instituido políticas que los activistas climáticos respaldan. Para comprender mejor el futuro de la política climática, debemos comprender de dónde proviene la “ecoteología” y hacia dónde es probable que conduzca.

    De la teología a la ecoteología

    El zoólogo alemán Ernst Haeckel acuñó la palabra “ecología” en el siglo XIX para describir el estudio de “todas esas complejas relaciones mutuas” en la naturaleza que “Darwin ha demostrado que son las condiciones de la lucha por la existencia”. Por supuesto, la humanidad ha estado estudiando de cerca la naturaleza desde el principio de los tiempos. La religión de la Edad de Piedra ayudó a la primera investigación ecológica de la humanidad sobre la realidad natural, sirviendo como una guía esencial para comprender y ordenar el medio ambiente; fue a través de la historia y el mito que el hombre prehistórico interpretó el mundo natural y le dio sentido. La supervivencia requería saber cómo relacionarse con especies alimenticias como bisontes y peces, depredadores peligrosos como osos y poderosas fuerzas geológicas como volcanes, y el surgimiento de la agricultura requirió experiencia en los ciclos estacionales de los que depende el sustento de la civilización.

    Nuestro enfoque exclusivamente occidental del mundo natural fue moldeado fundamentalmente por Atenas y Jerusalén. Los antiguos griegos iniciaron una observación filosófica sistemática de la flora y la fauna; de su trabajo surgió el largo estudio de la historia natural. Mientras tanto, las enseñanzas judeocristianas sobre el mundo natural comienzan con el principio: hay un solo Dios, lo que significa que hay un orden cognoscible en la naturaleza; Él creó al hombre a Su imagen, lo que le da al hombre un lugar elevado en ese orden; y le dio al hombre dominio sobre el mundo natural:

    Y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo». También les dijo: «Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. [Génesis 1:28-29]

    En su ensayo seminal “Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica”, publicado en la revista Science en 1967, el historiador Lynn Townsend White, Jr. argumenta que esos preceptos bíblicos hicieron del cristianismo, “especialmente en su forma occidental”, la “religión más antropocéntrica” que mundo ha visto.” En marcado contraste con el animismo pagano, el cristianismo postuló “un dualismo entre el hombre y la naturaleza” e “insistió en que es la voluntad de Dios que el hombre explote la naturaleza para sus propios fines”. Mientras que los credos paganos más antiguos daban una cuenta cíclica del tiempo, el cristianismo presumía una dirección teleológica de la historia y, con ella, la posibilidad de progreso. Esta creencia en el progreso era inherente a la ciencia moderna que, unida a la tecnología, hizo posible la Revolución Industrial. Así fue el poder de controlar la naturaleza alcanzado por una civilización que había heredado la licencia para explotarla.

    Para White, esto no fue un desarrollo histórico positivo. Escribiendo solo unos años después de la publicación del éxito de taquilla ecológico Silent Spring de Rachel Carson, White compartió la preocupación por la destrucción de la naturaleza por parte de la cultura tecno-industrial. Cualquier beneficio que la innovación científica y tecnológica haya traído a la humanidad fue eclipsado por los poderes de extracción y procesamiento “fuera de control” de la vida industrial y la degradación mecánica de la tierra. El cristianismo, escribe White, “carga con una enorme carga de culpa” por la destrucción del medio ambiente.

    White creía que la ciencia y la tecnología no podían resolver los problemas ecológicos que habían creado; nuestra herencia cristiana antropocéntrica está demasiado arraigada. “A pesar de Copérnico, todo el cosmos gira alrededor de nuestro pequeño globo. A pesar de Darwin, no somos, en nuestros corazones, parte del proceso natural. Somos superiores a la naturaleza, la despreciamos y estamos dispuestos a usarla para nuestro más mínimo capricho”. Pero White no estaba del todo sin esperanza. Aunque “ningún nuevo conjunto de valores básicos” “desplazará a los del cristianismo”, tal vez el cristianismo mismo pueda ser reconcebido. “Dado que las raíces de nuestro problema son en gran medida religiosas, el remedio también debe ser esencialmente religioso”. Y así, White sugiere como modelo a San Francisco, “el mayor revolucionario espiritual en la historia occidental”. Francisco debería haber sido quemado como hereje, escribe White, por tratar de “sustituir la idea de la igualdad de todas las criaturas, incluido el hombre, por la idea del gobierno ilimitado del hombre en la creación”. Aunque Francisco fracasó en convertir el cristianismo hacia su visión de humildad radical, White argumentó que algo similar a esa visión es necesario para salvar el mundo en nuestro tiempo.

    El ensayo de White causó revuelo, por decir lo menos, convirtiéndose en la base de innumerables conferencias, simposios y debates. Una de las críticas más serias a la tesis de White aparece en el libro de 1971 del teólogo Richard John Neuhaus In Defense of People, una amplia acusación del surgimiento de la meliflua “teología de la ecología”. Neuhaus argumenta que nuestro marco de derechos humanos se basa en la comprensión cristiana de la relación del hombre con la naturaleza. Derrocar a este último, como White esperaba que sucediera, hará que el primero se derrumbe. Y Neuhaus argumenta que White malinterpreta a su propio candidato para un santo patrón ecológico:

    Lo que White y otros subestiman, y lo que fue tan impresionante en Francisco, es el enfoque incesante en la gloria del Creador. La línea de responsabilidad de Francisco conducía directamente al Padre y no a la Madre Naturaleza. Francisco no rendía cuentas a la naturaleza sino a Dios. Francisco es el santo favorito de casi todos y la gentil compasión de su visión abarcadora es, vista selectivamente, susceptible a casi cualquier argumento o estado de ánimo… No fueron las pretensiones de la creación sino las pretensiones del Creador las que se apoderaron de Francisco.

    Otros escritores cristianos se unieron a Neuhaus para condenar el intento del movimiento ecológico de subvertir o suplantar su religión. “Nosotros también queremos limpiar la contaminación en la naturaleza”, objetó Christianity Today, “pero no contaminando las almas de los hombres con un paganismo revivido”. La revista jesuita América llamó al ambientalismo “una herejía estadounidense”. El teólogo Thomas Sieger Derr lamentó “una preferencia expresa por la preservación de la naturaleza no humana frente a las necesidades humanas dondequiera que sea necesario elegir”. (Stephen R. Fox relata estas respuestas en su libro de 1981 John Muir and His Legacy: The American Conservation Movement).

    La ecologización del cristianismo

    Desde la perspectiva de hoy, parece que el consejo de White ha sido escuchado en todas partes. Las ecoteologías vagamente basadas en conceptos extraídos del hinduismo o el budismo se han vuelto populares en algunos círculos de Baby Boomers. Los neopaganos aceptan alegremente la designación de “abraza-árboles” y dicen que nacieron “verdes”. Y, lo que es más sorprendente, el cristianismo ha comenzado a aceptar el ecologismo. Los teólogos ahora hablan rutinariamente de “mayordomía”, una doctrina de la responsabilidad humana por el mundo natural que une las interpretaciones de los pasajes bíblicos con las enseñanzas contemporáneas sobre la justicia social.

    En noviembre de 1979, una docena de años después del ensayo de White, el Papa Juan Pablo II designó formalmente a Francisco de Asís como santo patrón de los ecologistas. Durante las siguientes dos décadas, Juan Pablo abordó repetidamente en términos apasionados la obligación moral de “cuidar toda la Creación” y argumentó que “el respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana se extiende también al resto de la Creación, que se llama unirse al hombre en la alabanza de Dios.” Su sucesor, Benedicto XVI, también se ha pronunciado sobre el medio ambiente, aunque de forma menos conmovedora. “Esa misma normalidad”, argumenta un corresponsal del National Catholic Reporter, “parece notable. Benedicto simplemente dio por sentado que su audiencia reconocería el medio ambiente como un objeto de legítimo interés cristiano. Lo que revela el tono práctico, en otras palabras, es hasta qué punto el catolicismo se ha ‘reverdecido’”.

    El protestantismo estadounidense también se ha vuelto verde. Numerosas congregaciones están construyendo “iglesias verdes”, eligiendo glorificar a Dios no erigiendo santuarios altísimos, sino construyendo lugares de culto con mayor eficiencia energética. En algunas denominaciones, los programas para reciclar o compartir vehículos parecen tan comunes como las colectas de alimentos. Las celebraciones del Día de la Tierra patrocinadas por la iglesia están muy extendidas.

    Incluso algunos evangélicos se están volviendo hacia el ambientalismo. Luis E. Lugo, director del Foro Pew sobre Religión y Vida Pública, habla de su “sensibilidad ambiental más amplia”:

    Una vez que se traduce a términos bíblicos, [los evangélicos] levantan el estandarte ambiental usando frases que resuenan en la comunidad: “Cuidado de la creación”. Eso lo coloca inmediatamente en un contexto evangélico en lugar de los argumentos empíricos sobre el medio ambiente. “Este es el mundo que Dios creó. Dios les dio el mandato de cuidar este mundo”. Es un llamamiento religioso muy directo.

    Dicho esto, el ampliamente difundido “reverdecimiento de los evangélicos” no debe exagerarse. Los líderes evangélicos conservadores siguen desconfiando de la agenda ambientalista y de cualquier ataque a la destreza industrial que pueda verse como un socavamiento de la grandeza nacional estadounidense. Muchos evangélicos están irritados por la crítica de los ecologistas a la descripción del Génesis del lugar del hombre en el orden natural. Y los evangélicos están alerta a cualquier indicio de culto pagano. Además, los datos de las encuestas disponibles, ciertamente bastante escasos, pintan un panorama mixto. En una encuesta de 2008 realizada por Barna Group, una firma de opinión pública con sede en California que se concentra en temas de la iglesia, el 90 por ciento de los evangélicos que respondieron dijeron que “les gustaría que los cristianos asumieran un papel más activo en el cuidado de la creación” (con dos tercios diciendo que estaban totalmente de acuerdo con ese sentimiento). Pero el término “cuidado de la creación” no se había asimilado (el 89 por ciento de los encuestados que se identificaron como cristianos dijeron que nunca habían oído hablar de él). Y tanto la encuesta de Barna como otra encuesta de 2008 realizada por Pew encontraron que los evangélicos tienden a ser mucho más escépticos sobre la realidad del calentamiento global que otros cristianos estadounidenses o la población en general.

    En la medida en que los evangélicos y los ambientalistas se acerquen entre sí, puede haber beneficios para cada lado. Para las iglesias con congregaciones que envejecen, los temas ecológicos supuestamente ayudan a atraer a nuevos miembros más jóvenes a las bancas. ¿Y qué esperan ganar los activistas ambientales al reclutar iglesias para su causa? “Soldados de a pie, es la respuesta corta”, dice Lugo.

    Calvinismo de carbono

    Más allá de influir, incluso se podría decir colonizar, el cristianismo, el movimiento ecológico puede verse cada vez más como una especie de religión en sí misma. Es de “carácter casi religioso”, dice Lugo. “Genera su propio conjunto de valores morales”.

    Freeman Dyson, el brillante e inconformista físico octogenario, está de acuerdo. En un ensayo de 2008 en New York Review of Books, describió el ambientalismo como “una religión secular mundial” que ha “reemplazado al socialismo como la principal religión secular”. Esta religión sostiene “que somos administradores de la tierra, que despojar el planeta con los productos de desecho de nuestra vida lujosa es un pecado, y que el camino de la rectitud es vivir lo más frugalmente posible”. La ética de esta nueva religión, continuó,

    se les enseña a los niños en jardines de infancia, escuelas y universidades de todo el mundo… Y la ética del ambientalismo es fundamentalmente sólida. Los científicos y los economistas pueden estar de acuerdo con los monjes budistas y los activistas cristianos en que la destrucción despiadada de los hábitats naturales es mala y la preservación cuidadosa de las aves y las mariposas es buena. La comunidad mundial de ecologistas, la mayoría de los cuales no son científicos, tiene una posición moral elevada y está guiando a las sociedades humanas hacia un futuro esperanzador. El ecologismo, como religión de esperanza y respeto por la naturaleza, llegó para quedarse. Esta es una religión que todos podemos compartir, creamos o no que el calentamiento global es dañino.

    Describir el ambientalismo como una religión no equivale a decir que el calentamiento global no es real. De hecho, la evidencia de ello es abrumadora, y hay poderosas razones para creer que los humanos lo están causando. Pero sin importar su base empírica, el ambientalismo está tomando progresivamente la forma social de una religión y satisfaciendo algunas de las necesidades individuales asociadas con la religión, con importantes implicaciones políticas y normativas.

    William James, el psicólogo y filósofo pionero, definió la religión como la creencia de que el mundo tiene un orden invisible, junto con el deseo de vivir en armonía con ese orden. En su libro de 1902 Las variedades de la experiencia religiosa, James señaló el valor de una comunidad de creencias y prácticas compartidas. También valoró la búsqueda individual de espiritualidad, una búsqueda de significado a través de encuentros con el mundo. Más recientemente, el difunto filósofo analítico William P. Alston describió en The Encyclopedia of Philosophy lo que él consideraba las características esenciales de las religiones. Incluyen una distinción entre objetos sagrados y profanos; actos rituales centrados en objetos sagrados; un código moral; sentimientos de asombro, misterio y culpa; adoración en presencia de objetos sagrados y durante los rituales; una cosmovisión que incluye una noción de dónde encaja el individuo; y un grupo social cohesivo de personas de ideas afines.

    El ambientalismo se alinea bastante fácilmente con ambas versiones de la religión. A medida que el cambio climático transforma literalmente los cielos sobre nosotros, el ecologismo basado en la fe presenta cada vez más santos, pecados, profetas, predicciones, herejes, demonios, sacramentos y rituales. El principal de sus hombres santos es Al Gore, quien, según sus partidarios, fue crucificado en las elecciones de 2000, luego resucitó de entre los muertos políticos y ascendió al cielo dos veces, no solo como una deidad Nobel, sino como un ángel de los Premios de la Academia. Habla del “cuidado de la creación” y cita la Biblia con la esperanza de atraer a los evangélicos.

    Vender indulgencias está pasado de moda en estos días. Pero ahora puede mitigar su culpa comprando compensaciones de carbono. El fuego y el azufre también están muy de moda, acompañados de un olor inconfundible de autoritarismo: “Un profesor que escribe en el Medical Journal of Australia pide al gobierno australiano que imponga un cargo de carbono de $5,000 por cada nacimiento, tarifas anuales de carbono de $800 por niño y proporcionar un crédito de carbono para la esterilización”, escribe Braden R. Allenby, profesor de ingeniería ambiental, ética y derecho de la Universidad Estatal de Arizona. Un “artículo en New Scientist sugiere que el problema con la obesidad es la carga adicional de carbono que impone al medio ambiente; otros que uno de los principales costos sociales del divorcio es la carga de carbono adicional que resulta de la división de las familias”. Allenby, escribiendo en un artículo de 2008 en GreenBiz.com, continúa:

    Un estudio reciente del Ministerio de Desarrollo Sostenible de Suecia sostiene que los hombres tienen un impacto desproporcionadamente mayor en el calentamiento global (“las mujeres provocan considerablemente menos emisiones de dióxido de carbono que los hombres y, por lo tanto, considerablemente menos cambio climático”). El presidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático afirma que aquellos que sugieren que el cambio climático no es un desafío catastrófico no son diferentes a Hitler…. E.O. Wilson llama a esas personas parásitos. La columnista del Boston Globe Ellen Goodman escribe que “los que niegan el calentamiento global ahora están a la par con los que niegan el Holocausto”.

    La gran cantidad de lenguaje vicioso empleado para reformular las tendencias sociales y culturales en términos de su huella de carbono sugiere el surgimiento de lo que Allenby llama un nuevo y peligroso “fundamentalismo del carbono”.

    Algunos observadores detectan paralelismos entre el movimiento ecológico y la Iglesia medieval. “Uno podría ver a los Greenpeacers como cruzados, con el industrial como el infiel”, escribe Richard North en New Scientist. Eso puede ser exagerado, pero parece que esta nueva religión tiene su parte de herejes excomulgados. Por ejemplo, desde que se atrevió a desafiar la ortodoxia ambientalista, Freeman Dyson se ha descubierto a sí mismo descrito de diversas formas como “un idiota pomposo”, “un fanfarrón”, “un pozo negro de desinformación” y “un viejo loco cabalgando hacia la puesta del sol”. Por su parte, Dyson permanece alegremente impenitente. “Tenemos suerte de poder ser herejes hoy sin ningún peligro de ser quemados en la hoguera”, ha dicho. “Pero desafortunadamente soy un viejo hereje…. Lo que el mundo necesita son jóvenes herejes”.

    Muchos de los que argumentan que el ambientalismo se ha convertido en una religión lanzan la palabra “religión” como un peyorativo. Este desdén tiene sus raíces en una proposición incontrovertible: no puedes razonar tu camino hacia la fe. Esa es la idea detrás del “salto de fe”, o el salto a la fe, en la formulación original de Kierkegaard: el acto de creer en algo sin, o a pesar de, evidencia empírica. Kierkegaard argumentó que si elegimos la fe, debemos suspender nuestra razón para creer en algo superior a la razón.

    Entonces, aquellos en el lado derecho del espectro político que retratan el ambientalismo como una religión lo hacen porque, si la fe no es inherentemente alcanzable a través de la racionalidad, y si el ambientalismo es una religión, entonces el ambientalismo es completamente irracional y debe ser desacreditado e ignorado. Esa es la esencia del discurso de Michael Crichton de 2003. “Cada vez más”, dijo, “parece que los hechos no son necesarios, porque los principios del ambientalismo tienen que ver con las creencias”. El ambientalismo, argumentó, se ha divorciado totalmente de la ciencia. “Se trata de si vas a ser pecador o te salvarás. Ya sea que vaya a ser una de las personas del lado de la salvación o del lado de la perdición. Si vas a ser uno de nosotros, o uno de ellos”.

    Un ataque similar de la derecha proviene de Ray Evans, un empresario, político y escéptico del calentamiento global australiano:

    Casi todos los ataques a la industria minera generados por el movimiento ambientalista [en la década de 1990] procedían del norte de Europa y Escandinavia, y no me tomó mucho tiempo darme cuenta de que estábamos tratando con creencias religiosas, que la las élites del norte de Europa y Escandinavia (las élites políticas, las élites intelectuales, incluso las élites empresariales) eran, de hecho, creyentes en una forma u otra de ecologismo y al margen de los hechos. Algunas de las políticas más extrañas surgían de estos países con respecto a los metales. Me encontré teniendo que averiguar: “¿Por qué es así?” — porque a primera vista estaban locos, pero eran muy fuertes y tendrías que decir que cuando las personas se aferran a las creencias sobre el mundo natural, y se aferran a ellas independientemente de cualquier evidencia de lo contrario, entonces tú ‘ estás tratando con la religión, no estás tratando con la ciencia…

    En segundo lugar, satisface una necesidad religiosa. Necesitan creer en el pecado, lo que significa que el pecado es igual a la contaminación. Necesitan creer en la salvación. Bueno, el desarrollo sostenible es la salvación. Necesitan creer en una humanidad que necesita la redención, por lo que se obtiene la redención al dejar de usar combustibles de carbono como el carbón y el petróleo, etc. Por lo tanto, satisface una necesidad religiosa y una necesidad política, por lo que se aferran a ella con tanta tenacidad, a pesar de toda la evidencia de que todo es una tontería.

    Los izquierdistas también a veces menosprecian el ambientalismo como una religión. En su caso, la principal objeción suele ser pragmática: el racionalismo produce cambios y la religión no. Así, por ejemplo, el radical de los años sesenta Murray Bookchin consideró patética la forma en que el ambientalismo se conectaba con la espiritualidad de la Nueva Era. “El verdadero cáncer que aqueja al planeta es el capitalismo y la jerarquía”, escribió. “No creo que podamos contar con oraciones, rituales y buenas vibraciones para quitar este cáncer. Creo que tenemos que combatirlo activamente y con todo el poder que tenemos”. Bookchin, un revolucionario que se describe a sí mismo, descartó la espiritualidad verde como “escamosa”. Dijo que su propia marca de “ecología social”, por el contrario, “no se basa en encantamientos, sutras, diagramas de flujo o caprichos espirituales. Es declaradamente racional. No trata de obsequiar formas metafóricas de mecanismos espirituales y biologismos crudos con ‘Eco-la-la’ taoísta, budista, cristiano o chamánico”.

    El profeta y el hereje

    En la década de 1960, un químico británico que trabajaba con el programa espacial estadounidense tuvo una idea. El planeta Tierra, se dio cuenta James Lovelock, se comporta como un sistema vivo complejo del cual los humanos somos, en efecto, algunas de sus partes. Los componentes físicos de la tierra, desde su atmósfera hasta sus océanos, se integran estrechamente con todos sus organismos vivos para mantener la química climática en un equilibrio autorregulador ideal para el mantenimiento y la propagación de la vida.

    Su idea resultó tener valor científico. Sin embargo, Lovelock probablemente sería solo una nota a pie de página en la historia científica en lugar de la celebridad intelectual muy condecorada que es, excepto por una cosa: nombró a este vasto organismo planetario en honor a la diosa griega que personificaba la tierra, Gaia, y describió a “Ella” como “viva”.

    Su Hipótesis de Gaia no solo fue predeciblemente controvertida en el mundo de la ciencia, como corresponde a un replanteamiento radical de la compleja biosfera de la Tierra, sino que fue venerada y vilipendiada por aquellos que vieron que encajaba perfectamente con la espiritualidad teñida de la Nueva Era. Esto era cierto a pesar de que describe su tiempo en el Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena como uno en el que “no todos éramos hippies con nuestras chicas rockeras”. Para bien y para mal, Lovelock no solo le dio al planeta una personalidad, sino que creó una para sí mismo, convirtiéndose en “lo más parecido que tenemos a un profeta del Antiguo Testamento, aunque su deidad no es Jehová sino Gaia”, como señaló recientemente el Sunday Times.

    A pesar de que Lovelock continúa haciendo todo lo posible para ser un empirista, su libro de 2009 The Vanishing Face of Gaia: A Final Warning, publicado el año en que celebró su noventa cumpleaños, ha sido reseñado como la jeremiada colérica de un profeta sobre la fatalidad planetaria, tachonada de con parábolas de posible salvación para unos pocos.

    Ser abrazado por la izquierda espiritual le ha dado fama y atención a Lovelock. Sin embargo, son una maravilla los desafíos que Lovelock ha creado para sí mismo al cambiar las mentes de los fanáticos. En Vanishing Face, por ejemplo, Lovelock, siempre científico, considera con mente abierta las posibilidades de que los humanos luchen contra el calentamiento global mediante la reingeniería intencional del planeta. Una idea que discute es adaptar cada avión comercial en la tierra para permitirles, mientras vuelan, cada uno de ellos rociar una o dos toneladas de ácido sulfúrico en la estratosfera todos los días en el futuro previsible. La idea es que esto creará moléculas que harán que la energía solar se refleje hacia el espacio, reemplazando la reflectividad de los casquetes polares que se derriten.

    Entonces, le dices a Lovelock: Has logrado difundir esta idea de que el planeta es un organismo vivo. Mucha gente está totalmente convencida de su hipótesis e incluso lo ven como un profeta. ¿Cómo empezaría a vender esta idea de inyectar ácido sulfúrico a un ser vivo que algunos ven en términos religiosos?

    “Sí, especialmente cuando piensas en el papel del elemento azufre en la teología antigua”, responde Lovelock. “El diablo: el olor a azufre revela su presencia. Escucho lo que dices muy claramente. Nunca he tenido que venderlo a verdes religiosos hasta ahora. No tengo muchas ganas de trabajar”.

    Sobre el ecologismo cada vez más basado en la fe, Lovelock dice: “Estoy totalmente de acuerdo contigo. Veo a los humanos como probablemente teniendo un deseo evolutivo de tener una ideología, para justificar sus acciones. El pensamiento verde es como las religiones cristiana o musulmana: es otra ideología”.

    En términos de salvar a Gaia, ¿considera que el calvinismo del carbono es una ventaja neta o una desventaja neta?

    “Un menos neto. A menudo escuchas a los ambientalistas decir que uno debe hacer esto o lo otro, como no volar, porque no hacerlo puede salvar el planeta. Es pura arrogancia imaginar que podemos salvar a Gaia. Está bastante más allá de nuestra capacidad. Lo que tenemos que hacer es salvarnos a nosotros mismos. Eso es muy importante. A Gaia le gustaría.

    ¿A Gaia le gustaría?

    “Sí. Tengo que tener mucho cuidado aquí, porque me malinterpretan mal. No pretendo que Gaia sea una entidad sensible y ese tipo de cosas. Es realmente metafórico. Habiendo dicho eso—”

    ¿Gaia pensaría que es importante que nos salvemos a nosotros mismos?

    “Exactamente. Nuestra evolución de la inteligencia es algo de inmenso valor para el planeta. Podría hacer, eventualmente, parte de él, un planeta inteligente. Más capaz de lidiar con problemas como asteroides entrantes, explosiones volcánicas, etc. Así que nos veo como altamente beneficiosos y, por lo tanto, ciertamente vale la pena salvarlos”.

    La buena noticia sobre los religiosos verdes, dice Lovelock, es que pueden ser dirigidos. Los santos como él pueden cambiar de opinión. “Tengo una experiencia personal aquí. Hace algo así como cinco años en Gran Bretaña hicieron una gran encuesta. Casi no había nadie” a favor de la energía nuclear. Ahora, gracias en gran parte al cabildeo de Lovelock, al menos en su propio relato, la gran mayoría de los británicos están a favor de la energía nuclear.

    Bjørn Lomborg comparte la fe de Lovelock en la democracia. Él cree que la gente quiere hacer el bien, y si te acercas a ellos sobre esa base, puedes hacer que entren en razón. Lomborg es el autor danés de The Skeptical Environmentalist (publicado en inglés en 2001) y director del Copenhagen Consensus Center. Ha sido ridiculizado por oponerse al Protocolo de Kioto y otras medidas para reducir las emisiones de carbono a corto plazo debido a la evidencia que ve de que no logran sus objetivos. En cambio, argumenta que debemos adaptarnos a los inevitables aumentos de temperatura a corto plazo y gastar dinero en investigación y desarrollo para soluciones ambientales a más largo plazo, así como otras crisis mundiales apremiantes como la malaria, el SIDA y el hambre. Argumenta, por ejemplo, que llevar vitamina A y zinc al 80 por ciento de los 140 millones de niños en el mundo en desarrollo que carecen de ellos es una prioridad más alta que reducir las emisiones de carbono. El costo, argumenta, sería de $ 60 millones por año, lo que generaría beneficios para la salud y el desarrollo cognitivo de más de $ 1 mil millones.

    A pesar de su herejía, Lomborg cree que el empirismo puede prevalecer sobre la fe. Él cree que, en una democracia, si sigues defendiendo tu caso con calma, racionalidad y simpatía, la gran mayoría puede llegar a pensar que tienes más sentido que los verdaderos creyentes. “Creo que la mayoría de la gente quiere hacer el bien”, dice.

    No solo quieren rendir homenaje a cualquier dios o religión que sea el sabor del año. En realidad, quieren ver resultados concretos que dejen a este planeta como un lugar mejor para el futuro. Así que trato de involucrarlos de una manera racional en lugar de una manera religiosa. Por supuesto, si las mentes de las personas están completamente decididas, no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Pero mi sensación es que la mayoría de la gente no va en esa dirección. Mi sensación es que en prácticamente cualquier área, probablemente tengas un 10 por ciento de verdaderos creyentes a los que simplemente no puedes alcanzar. Y probablemente también el 10 por ciento que simplemente lo menosprecia y no le importa un comino. Pero el 80 por ciento son personas que están ocupadas viviendo sus vidas, amando a sus hijos y haciendo otros planes. Y creo que ese es el 80 por ciento que quieres alcanzar.

    Entonces, ¿por qué tanta gente quiere quemarte en la hoguera?

    Oh, por supuesto. Ciertamente muchos de los sumos sacerdotes han estado detrás de mí. Pero me lo tomo como un cumplido. Simplemente significa que mi argumento es mucho más peligroso. Si solo fuera un tipo loco que despotricaba fuera de la reunión religiosa, entonces podría no importar. Pero yo soy el tipo que dice, tal vez podrías hacerlo de manera más inteligente. Tal vez podrías ser más racional. Tal vez podrías gastar tu dinero de una mejor manera.

    Mucha gente me ha estado persiguiendo con un comportamiento totalmente desproporcionado si esto fuera realmente una discusión sobre hechos. Pero continuamente trato de hacer de esto un argumento sobre la racionalidad. Porque cuando haces eso, y tus oponentes tal vez exageran y van más allá del argumento racional, aparece en la conversación. La mayoría de la gente comenzaría a decir: “Vaya, qué raro que hayan llegado tan lejos”.

    Esto no significa negar que el calentamiento global también es un problema grave. Pero, de nuevo, pregunto: ¿por qué lo abordamos solo de la manera en que habla el dogma actual: reducir las emisiones de carbono ahora mismo y sentirse bien consigo mismo? En lugar de centrarse en hacer nuevas innovaciones que [permitirían a todos] reducir las emisiones de carbono a largo plazo de forma mucho más económica, más eficaz y con muchas más posibilidades de éxito.

    Cuando haces esos argumentos dobles, creo que el 80 por ciento del que hemos hablado comienza a decir: “Ese tipo tiene mucho sentido. ¿Por qué las otras personas están continuamente casi echando espuma por la boca? Y siempre diciendo: “No, no, no, hay que reducir las emisiones de carbono y ese tiene que ser el problema más grande del mundo”.

    Creo que esa es la manera de contrarrestar gran parte de esta discusión. No se trata de meter el pie en el campo religioso también. Es simplemente mantenerse firme en el lado racional y seguir diciendo: “pero sé que quieres hacer el bien en el mundo”.

    Lovelock y Lomberg, profeta y hereje, honrado y vilipendiado, uno esperando acción hoy y el otro esperando soluciones mañana, sin embargo, cada uno profesa confianza en un eventual respaldo democrático a su plan. Hable acerca de un acto de fe.

    La nueva religión y política

    Las dos caras del ambientalismo religioso, la ecologización de la religión dominante y el aumento del calvinismo del carbono, pueden transformar cada una de ellas el debate político y normativo sobre el cambio climático. En el primer caso, el creciente interés cristiano en la mayordomía podría desestabilizar la división política que durante mucho tiempo ha caracterizado las guerras culturales. Aunque la atracción de los problemas sociales ha hecho que la derecha parezca un hogar natural para los evangélicos, un compromiso con el ambientalismo podría llevarlos a alinearse más con la izquierda. Incluso si no se produce un realineamiento importante, el vínculo entre los evangélicos y la derecha podría aflojarse un poco. (Y más allá de la política, otras posiciones de larga data pueden ser sacudidas. Los activistas y científicos que durante mucho tiempo despreciaron a los evangélicos debido a sus puntos de vista sobre la evolución o las cuestiones de la vida tendrán que acostumbrarse a trabajar con los nuevos “soldados de a pie” ambientales y viceversa. viceversa.)

    Una preocupación más profunda es la expansión del irracionalismo en la elaboración de políticas públicas. Por supuesto, ningún debate político puede reducirse jamás a cuestiones de pura razón; siempre habrá valores y visiones fundamentalmente en conflicto que no pueden resolverse solo con la racionalidad. Pero la retórica de muchos ecologistas es más que una simple resolución de esas diferencias fundamentales. El lenguaje de los fundamentalistas del carbono “indica un cambio de [buscar ayudar] al público y a los formuladores de políticas a comprender un tema complejo, a demonizar el desacuerdo”, como ha escrito Braden Allenby. “Los procesos exploratorios y basados ​​en datos de la ciencia son sofocados por la inculcación de sistemas de creencias que se basan en la fuerza arquetípica y emotiva…. Se confía en la autoridad de la ciencia no para la iluminación fáctica sino como base ideológica para la política autoritaria”.

    No hay nada inusual en que los seres humanos tomen más de un camino en su búsqueda de la verdad: la ciencia al mismo tiempo que la religión, por ejemplo. Tampoco tiene nada de raro hacer política pública sin datos suficientes. Lo hacemos todo el tiempo; el mundo a veces lo exige.

    La buena noticia de hacer política pública en alianza con la fe es que puede suscitar cierto afán benéfico. Las personas tienden a ser más profundamente conmovidas por la fe que por la razón sola, por lo que la fe puede ser muy efectiva para lograr el cambio necesario, como lo demuestra el movimiento de derechos civiles, entre otros.

    La mala noticia es que el enfoque empírico surgió en gran parte para mitigar los peligros del celo, para evitar que la sangre fluya por las calles. Un enfoque estricto en los hechos y la razón siempre que sea posible puede evitar errores y excesos en la política. Pero, ¿puede alguien que ha hecho del ecologismo una fe, cuya visión del mundo y estilo de vida han sido completamente moldeados por él, adaptarse a los hechos cambiantes? Porque el único hecho que conocemos de manera confiable sobre el futuro del clima del planeta es que los hechos cambiarán. Es simplemente demasiado complejo para ser modelado de manera exhaustiva y precisa. Como bromea el climatólogo Gavin Schmidt, hay una forma sencilla de producir un modelo perfecto de nuestro clima que predirá el clima con un 100 por ciento de precisión: primero, comience con un universo que sea exactamente como el nuestro; luego espera 14 mil millones de años.

    Entonces, ¿qué sucede si, por ejemplo, descubrimos que no es posible devolver el medio ambiente a las condiciones que deseamos, como espera James Lovelock? ¿Qué sucede si se acumula evidencia de que debemos abordar el cambio climático con métodos que los calvinistas del carbono no aprueban? ¿Hasta qué punto, si es que hay alguno, aceptarían los devotos de lo “natural” la reingeniería del planeta? ¿Cuánto tiempo llevará, si es que llega a hacerlo, que la energía nuclear sea aceptada como ecológica?

    En los años venideros, veremos si los debates supuestamente científicos sobre el medio ambiente realmente pueden llevarse a cabo solo por los hechos y la razón, o si el cambio necesario, cualquiera que sea, requerirá una nueva Reforma. Porque si los asuntos ambientales realmente se han convertido en asuntos de fe, si el ambientalismo se ha convertido en un nuevo frente en las guerras culturales de larga data, entonces ¿qué lugar queda para la función crucial de la toma de decisiones pragmática y democrática?

    por Joel Garreau


    Joel Garreau es el autor de Radical Evolution: The Promise and Peril of Enhancing Our Minds, Our Bodies, and What it Means to be Human (Doubleday, 2005); de la cátedra Lincoln de Derecho, Cultura y Valores de la Universidad Estatal de Arizona; y Senior Future Tense Fellow en New America Foundation. Este artículo fue desarrollado durante una beca de periodismo Templeton-Cambridge en Ciencia y Religión en la Universidad de Cambridge.


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