Categoría: Frente Histórico

Todo lo relacionado con la historia y el pasado.

  • Vencer o morir

    Vencer o morir

    Hoy voy a dejar descansar a las neofeministas —bastante tienen con los desastres que ellas mismas generan— y voy a hablar de una película francesa; no tanto del film en sí —que no he visto aún— sino de la polémica que ha suscitado. Un verdadero ataque de urticaria entre la progresía bienpensante.

    ¿Motivo? Vencer o morir, así se llama, comete un sacrilegio: rescata a uno de los personajes que se opusieron a la Revolución Francesa y evoca la sangrienta guerra civil que desencadenó en algunas regiones, en este caso en La Vendée, oeste de Francia.

    Algo que por otra parte ha sucedido en todas las revoluciones. Pero como el bando triunfante escribe la historia —o la borra—, se pierde a veces la memoria de todos aquellos a los que fue aplastando en su etapa de consolidación en el poder. Lo hicieron los bolcheviques con los llamados rusos blancos (y con parte de su propia tropa disidente, como los marineros del Kronstadt); lo hizo Fidel Castro con todos los disidentes a los que se fue sacando de encima, arrojándolos al exilio o a la cárcel (o derribando un avión, en algún caso, según se sospecha). 

    Con la Revolución Francesa pasa algo parecido. No pueden borrar la guillotina, entonces culpan exclusivamente a Robespierre y lo demás está todo santificado. 

    El anuncio del estreno de Vencer o morir, que relata la cruzada en 1793 de un general al frente de una tropa desordenada de campesinos en defensa de la monarquía y contra el ejército revolucionario (o republicano), desató una verdadera competencia en los medios por ver quién despedazaba más y mejor la película.

    Se produjo entonces un fenómeno no del todo infrecuente: con unanimidad de la crítica en contra, Vencer o morir se ha convertido en un éxito de taquilla, a pesar de su distribución limitada (nadie le tenía fe). En París sólo se proyectaba en siete salas, un número muy modesto para un estreno en la capital francesa. 

    Las críticas no eran sólo cinematográficas. Además de defenestrar la película, la prensa se hizo eco de declaraciones de referentes del partido LFI (La Francia Insumisa, de Jean-Luc Mélenchon) que llamaban a “una amplia movilización contra la ‘falsificación de la historia’ y ‘la cultura de la cancelación’ que promueve Vencer o Morir”. 

    El film sería, según esta corriente, una “ofensiva reaccionaria” y un avance más en “la empresa ideológica de la derecha ultraconservadora (que) quiere imponer a la sociedad su matriz de lectura de los problemas de nuestro tiempo…” ¿Me parece a mí o el muerto se asusta del degollado?

    Le Monde, el Nouvel Observateur, Télérama (revista de espectáculos), France Inter (radio) y sobre todo el diario de izquierda Libération (¡que le dedicó portada y 5 páginas!) lograron con sus críticas lapidarias que la gente se lanzara en masa a los cines para confirmar por sí misma lo que ya intuía: que si Vencer o morir despertaba semejante odio, algo bueno debía tener, por caso, rescatar un episodio de la historia de Francia poco recordado. Claro que la película deja mal parados a los republicanos que cometieron en La Vendée todo tipo de abusos contra la población civil. Es decir, actuaron con la misma ferocidad que atribuían al absolutismo. O sea, Vencer o morir comete el sacrilegio de meterse con la Revolución Francesa que es más sagrada que la Iglesia Católica.

    La crítica desaforada operó como propaganda de una película modesta que de otro modo quizás no habría sido tan vista. Para Le Monde, es “un bodrio histórico”; para Libération, una “ofensiva conservadora”; según Télérama, “hasta los realistas la odiarán”. Solo Le Figaro, diario de derecha tradicional, dijo que tiene “buen ritmo, elenco acertado” y reconstruye fielmente el hecho histórico.

    Como vimos, la prensa no se limitó a cuestionar la calidad de la película, sino que la acusó de difundir una ideología, señalando la paja en el ojo ajeno. Al parecer la izquierda es la única con legitimidad para hacer el panegírico de sus héroes y de sus epopeyas.

    Lo más llamativo es la intolerancia de que hacen gala frente a libros, films o artículos que no vayan en el sentido de sus creencias. Hoy la izquierda cultural, por llamarla de algún modo, es hegemónica en el discurso público y se siente poseedora exclusiva del derecho al relato. Vivimos una época en la que el macartismo —hoy llamado cancelación— lo ejercen los progresistas. Con toda naturalidad, anatemizan, censuran, reprimen, adoctrinan, apelando a los mismos métodos que otrora denunciaban.

    Por ejemplo, uno de los críticos de la película denunció el uso de la historia “como campo de batalla cultural para los réacs” (apócope de reaccionarios). Otro tituló: “Grossière Terreur” (Terror grosero) y habló de “epopeya imaginaria (sic) de un general realista frente a los ejércitos republicanos”. “Un objeto extraño lleno de lugares comunes” para “la defensa del ‘antes estábamos mejor’ (cuando Francia era una monarquía católica)”, agregaron.

    En este momento, la producción cinematográfica francesa está casi toda centrada en la temática de la corrección política. Pero el público no se siente convocado por el cine edificante.

    Los críticos se burlaban de la aspiración de los realizadores de Vencer o morir de llegar a los 100 mil espectadores; pero la denostada película alcanzó esa cifra en una sola semana. Y lo más aleccionador es que otras películas ensalzadas por los periodistas especializados apenas lograban entre 30 y 70 mil con más de tres semanas en cartel. 

    Te resumo los argumentos de las películas con las que la crítica fue generosa: Les Rascals, desventuras de jóvenes en suburbios donde la extrema derecha gana terreno (31.000 espectadores en dos semanas); Les engagés (Los comprometidos), sobre la ayuda a un joven exiliado para ingresar ilegalmente a Francia (33.500 en seis semanas); Les survivants, argumento similar, en los Alpes el protagonista salva a una joven afgana perseguida por fascistas (66.000 en 3 semanas). Finalmente, Le monde d’hier, una mujer es presidente y enfrenta con coraje a la extrema derecha que Moscú alienta en las sombras: 78 000 espectadores en total, para un film que de tan evidente en su mensaje resulta caricaturesco.

    En comparación, Vencer o Morir, filmada en apenas 18 días con un presupuesto modesto (tres millones de euros) y una difusión moderada, no sólo convocó a 100 mil espectadores en la primera semana, sino que ya se acerca a los 300 mil.

    Esta actitud de la prensa demuestra hasta qué punto se ha instalado como normal que todo el mundo deba plegarse a la doctrina de la corrección política. Y que lo artístico debe subordinársele. Que hasta se pueden —deben— corregir (censurar en realidad) las obras de arte, como vemos que está sucediendo con la reescritura de libros para que encajen en los moldes de lo que es o no aceptable, según los inquisidores laicos del wokismo imperante.

    El sitio Allociné, que recoge opiniones del público, decía: “No es raro que la opinión de la crítica no coincida con la del público, pero en el caso de Vencer o morir, la brecha es enorme”. Los periodistas le dieron 1,4 de puntaje, en una escala del 1 al 5, pero para el público mereció 3,9. 

    Entre los comentarios, la gente destacaba que el film logra emocionar, rescata “una página de nuestra historia”, toca un “tema que merece ser tratado”, es un verdadero “acto de memoria” y “tiene rigor en los hechos narrados”, porque “las guerras de la Vendée fueron verdaderos baños de sangre”. “Se diría un documental con bellas reconstrucciones”, que “permite comprender muy claramente todos los encadenamientos de un período histórico mal conocido”, fue uno de los comentarios.

    La película tiene la particularidad de haber sido filmada y producida por una fundación que desde finales de los 70 administra un sitio llamado Le Puy du Fou, una suerte de parque temático, un Disney francés, tanto o más denostado por la izquierda que la película, porque el lugar rescata mediante juegos y reconstrucciones la historia francesa tradicional, con un tono patriótico que hoy resulta demodé.

    Por ejemplo, Libération denunciaba una operación de soft power, por parte de la familia de derecha que creó el parque. Con el título “Difundir para reinar”, el diario fundado por Jean-Paul Sartre, describía: “Film, viaje organizado, incursiones en escuelas… Convertido en 40 años en el segundo parque de atracciones francés, el Puy du Fou se ha diversificado en todas las direcciones bajo el impulso de Nicolas de Villiers, hijo del muy derechista fundador (Philippe de Villiers). Una empresa de difusión a gran escala al servicio de una ideología reaccionaria”.

    Como en el caso de la película, los franceses tampoco prestaron atención a las críticas: el Puy du Fou recibe dos millones de visitantes por año. 

    Es decir que, a más de dos siglos de distancia de la Revolución Francesa, cientos de miles visitan un sitio donde pueden revivir otros episodios de la historia, mal que les pese a los que no quieren que se recuerde, por ejemplo, que muchos campesinos franceses se alzaron en defensa de la monarquía —algo que contradice el relato revolucionario— y que fueron aplastados sin piedad por los ejércitos republicanos. 

    Al historiador Guillaume Lancereau, coautor del libro crítico Le Puy du Faux (juego de palabras que sustituye fou —loco— por faux —falso—) no le quedó más remedio que admitir, aunque con una frase retorcida, que Vencer o morir es veraz: “No es un discurso que falsifique la historia, es un discurso que cuenta a partir de elementos relativamente ciertos la historia que quiere contar, la historia del pueblo eterno de la Vendée que se habría alzado en defensa de sus valores eternos, la realeza por un lado, la religión católica por el otro”. 

    Una visión más objetiva es la de André Larané, director de la revista Hérodote: “Es un parque de atracciones que compite con éxito contra los parques venidos de ultramar. Creado en 1979 por un joven enarca [N. de la R: egresado de la Escuela Nacional de Administración, donde se forma la élite de Francia], Philippe de Villiers, apasionado por la historia, enamorado de su región y de inclinación monárquica, le Puy du Fou empezó por recordar los sufrimientos de los vendeanos durante las guerras de La Vendée, para luego abordar el largo plazo, desde los galos hasta nuestros días. (…) El enfoque es ante todo lúdico y familiar: les recuerda a los niños y a sus padres que tienen un pasado y antepasados que, mucho antes que ellos, vivieron, amaron y sufrieron. Esta toma de conciencia es un primer paso indispensable, antes de abordar de modo mucho más serio el estudio de la historia”.

    Otro blanco de las críticas periodísticas fue la distribuidora de Vencer o morir, Saje Distribution, cuyo objetivo es promover películas “basadas en la fe” (¡qué descaro!) y apunta a un nicho de público: los cristianos. Saje difundió recientemente en Francia Unplanned, un film estadounidense contra el aborto y también lanzó la película de Gad Elmaleh, Reste un peu, en la cual el exyerno de Carolina de Mónaco cuenta su conversión al catolicismo. Si les interesa, escribí en Infobae sobre esta película, también muy taquillera.

    Los espectadores de Vencer o morir dijeron estar sorprendidos por la virulencia de la crítica mediática y uno de ellos aventuró: “Tal vez a los periodistas no les gusta que se recuerden los acontecimientos poco gloriosos de la República”. Tal vez.

    Aviso: Si estás cansado de leer, podés detenerse aquí. Lo que sigue es un breve comentario sobre el personaje evocado en Vencer o Morir, el general Charette.

    En 1793, el rey Luis XVI fue guillotinado. La Vendée, región campesina y católica, se sublevó contra los republicanos que ordenaron la represión y se desató una guerra civil.

    François-Athanase Charette de la Contrie, nacido en 1763, era un oficial de la Marina, que como otros franceses había combatido junto a los norteamericanos en su guerra de independencia de los ingleses. Retirado en sus dominios, fue buscado por los campesinos para ponerse al frente de la lucha.

    Los detractores del film relativizan el coraje de Charette, “presentado como un valiente noble militar lleno de honor, cercano al pueblo y resistente al Terror”. Efectivamente era todo eso, más allá de algunos defectos señalados por sus propios camaradas de armas. El mismísimo Napoleón Bonaparte, el hombre que salvó a la Revolución Francesa, y que no dudó en aplastar otras disidencias, no tenía de Charette la visión negativa que vomitan los críticos de Vencer o Morir.

    En el Memorial de Santa Helena, el historiador Emmanuel de Las Cases reprodujo la opinión de Napoleón sobre este general defensor de la monarquía: “…Charette fue la única gran personalidad de este episodio notable de nuestra revolución que, aunque presenta grandes desgracias, no inmola nuestra gloria. Allí se degollaron, pero no se degradaron, recibieron auxilios del extranjero, pero no la vergüenza de estar bajo su bandera y recibir una paga por no ser más que ejecutor de su voluntad. Sí, Charette me deja la impresión de un gran personaje, lo veo haciendo cosas de una energía y una audacia poco comunes, que dejan aparecer al genio”.

    Otros tuvieron opiniones más matizadas e incluso condenatorias. Impulsivo, autoritario, feroz, desafiante, ambicioso, bandolero antes que general, con gran ascendiente sobre las masas campesinas, a las que llevaba al combate con entusiasmo. 

    Charles-Joseph Auvynet, uno de sus colaboradores, lo calificó como “presuntuoso” y “desafiante” pero “desplegando en los últimos instantes de su vida, y ante los reveses, una constancia, una firmeza y una paciencia a toda prueba”, aunque también “una arrogante fatuidad en la prosperidad, una ligereza y una despreocupación (que) le hicieron perder bellas oportunidades, y sobre todo una tendencia a la venganza y a la crueldad” que opacaron sus cualidades.

    Pierre-Suzanne Lucas de La Championnière, compañero de armas, lo describió como un jefe cercano, calmo, sereno, que logró imponer su autoridad de modo completo. Relativiza las acusaciones de exacciones y destaca el buen trato a los prisioneros en los primeros tiempos, a la vez que justifica las represalias posteriores por las masacres que cometieron los republicanos.

    Charette despierta a la vez la condena y la admiración, la execración y la hagiografía. Héroe o bandido o una mezcla de ambas cosas. Casi todos lo destacan por su dignidad en el final, y por su coraje en la adversidad.

    El levantamiento de la Vendée se produjo en marzo de 1793, como reacción ante la persecución religiosa y la conscripción. La insurrección fue popular: los campesinos fueron a buscar a los nobles para que los guiaran al combate. Entre ellos, Charette.

    La orden del Comité de Salvación Pública fue de darles una guerra sin cuartel. Hacia fines de 1793, el ejército católico y realista terminó aniquilado. El general Westermann, que encabezó la represión, se enorgulleció: “Ya no existe La Vendée, murió bajo nuestro sable libre”.

    Ahí no paró la cosa: desde ese momento, hasta junio de 1794, los ejércitos republicanos siguieron castigando a la población, masacrando civiles y destruyendo casas y campos.
     Se calcula que la guerra de La Vendée causó entre 140 mil y 190 mil muertos, el 80 por ciento realistas. 

    A finales de 1793, cuando el grueso del ejército vendeano ya había sido aplastado, Charette, bautizado “Rey de la Vendée”, siguió solo el combate, desarrollando una guerra de guerrillas.

    En febrero de 1795, los termidorianos buscaron poner fin al conflicto. Charette y otros jefes firmaron la paz de La Jaunaye. Pero la tregua durará sólo cinco meses. El 23 de marzo de 1796, Charette fue capturado, condenado a muerte y fusilado. Él mismo dio la orden de disparo. Tenía 32 años. Su cuerpo fue arrojado a una fosa común y no pudo ser recuperado. 

    “¡Cuánto heroísmo perdido!”, le dijo el general Travot al capturarlo. Y la respuesta de Charette fue: “Señor, nada se pierde. Nunca”.

    por Claudia Peiró (cpeiro@infobae.com). Publicado el 27 de febrero en su newsletter “Contracorriente”.

  • Lecciones de San Luis Rey a los gobernantes actuales

    Lecciones de San Luis Rey a los gobernantes actuales

    San Luis Rey se tomaba muy en serio su obligacion de tocar a los escrofulosos (Mycobacterium tuberculosis) diciendo “El Rey te toca, que Dios te cure”. ¿Se imaginan a Alberto Fernández o a Lula tocando escrofulosos? ¡Ni por demagogia lo harían! ¡Qué asco!

    En 1264 (siglo XIII) San Luis recibió la visita oficial del Rey de Inglaterra Enrique III. Hicieron un gran banquete… ¡para los mendigos de Paris!… ¡los dos reyes servían la mesa! Sólo después que los mendigos comieron bien empezó el banquete para los reyes. No lo hicieron por razones electorales; no necesitaban votos. Tampoco lo hicieron para quedar bien ante sus seguidores, o para que la noticia saliera en los diarios, o para exhibir cuán humildes eran (una forma refinada de orgullo). Lo hicieron porque eran católicos practicantes; porque querían hacer méritos ante Dios, irse al Cielo y evitar el Infierno. Ni Alberto Fernández ni Lula entenderían estos conceptos, ni aunque se los expliquen.

    En ese viaje San Luis le devolvió a Enrique III muchas tierras que los reyes de Inglaterra habían tenido en Francia por herencias de Guillermo el Conquistador y Eleonora de Aquitania, pero que su abuelo Felipe Augusto había arrebatado a los ingleses en varias guerras. Así Inglaterra recuperó Normandía, Anjou, Turena, Maine, Poitou, Perigord, Bretaña, Auvernia, Berry, etc, etc. ¡casi la mitad de Francia, sin derramar sangre! En compensación Enrique III realizó el acto de vasallaje a San Luis. La ceremonia se hacía con el vasallo arrodillado ante su señor, con las manos juntas; el señor le tomaba las manos y juraban por su honor mutua fidelidad y ayuda. Para San Luis, muy legalista, este acto de vasallaje era suficiente protección. El Rey de Ingaterra quedaba legalmente atado a nunca levantar la mano contra el Rey de Francia.

    Así hubo paz entre Inglaterra y Francia, hasta que un siglo después (Siglo XIV) los dos países se volvieron a pelear. Para esa fecha el mundo había adoptado los falsos principios que todavía lo gobiernan. No en vano Barbara Tuckman llama al Siglo XIV el “Espejo Distante” del mundo actual. Ahí empezaron los nacionalismos, los absolutismos en nombre del pueblo, el Bien Común separado de la salvación eterna, el maquiavelismo en la política y todo lo que seguimos viendo día a día.

    Como ya dijimos en otro Post citando a Donoso Cortés: ¡Qué triste espectáculo es la humanidad alejada de las vías católicas!

  • Plus ça change, plus c’est la même chose

    Plus ça change, plus c’est la même chose

    Hoy es el aniversario de la muerte de Jose Antonio Primo de Rivera en 1936 a manos de los Republicanos y de Francisco Franco Bahamonde en 1975 a manos de la vejez.  Es por lo tanto un buen momento para recordar los prolegómenos de la guerra civil española y sus paralelismos con el momento actual.

    Recomiendo vivamente los libros de Pio Noa sobre el tema ya que se dedica a demoler los “Mitos de la Guerra Civil” (como se llama su libro más famoso).

    No pretendo aquí ser concienzudo ni hacer una reseña histórica que excedería por mucho el propósito de un simple posteo de un blog.  Pero si me parece interesante destacar que este conflicto se originó en la actitud arrogante, intolerante y fanática de la izquierda que obtuvo el poder por la violencia y el fraude y luego consideró a la derecha en cualquiera de sus expresiones como ilegítima.  Es decir. Nada ha cambiado.

    Durante el año 1933 hay varias intentonas anarquistas y comunistas financiadas y organizadas desde Moscú que pretendían instalar un sistema Estalinista en España.  Esta presión desde su flanco izquierdo hace por lo tanto fracasar el gobierno de Azaña (ya que varios miembros de su coalición simpatizaban con los revolucionarios).  En noviembre, se convocan elecciones, las que son ganadas por una coalición conservadora de derecha.  Esto nunca es aceptado como legítimo por la izquierda, incluyendo el PSOE, el PNV, los Catalanistas y por supuesto por los Comunistas y los Anarquistas, quienes desde un primer momento se dedican a socavar violentamente al gobierno surgido de la voluntad popular. 

    En 1934 hay nuevos alzamientos armados bajo el pretexto que se habían incorporado al gobierno miembros del CEDA (que era un partido de derecha, católico y oficiosamente monarquista) ya que fue considerado “ofensivo” que parlamentarios, legítimamente elegidos, y miembros de la coalición gobernantes ejercieran sus obligaciones cívicas.  El más famoso y violento fue en Asturias en donde se estableció brevemente un sistema soviético que finalmente fue desmantelado.  Es bueno aclarar que no fueron meramente elementos “extremos” los que participaron en esos ataques a la legalidad democrática. Fueron todos los partidos de la izquierda, incluyendo el PSOE.

    A fines de 1935 el Presidente de la República, el “moderado” Alcalá Zamora que había tratado de contemporizar con los revolucionarios, tolerado las tropelías de la izquierda, consideró que un escandalo de los de la vieja usanza era suficiente para disolver el gobierno y convocar elecciones.  Las mismas se llevaron a cabo en un clima de violencia e intimidación por parte de los izquierdistas, y resultaron en una ajustadísima victoria (fraudulenta) para ellos (por alrededor de 2 puntos).  Así volvió al poder Azaña, quien en lugar de tratar de calmar las aguas se rodeo de los elementos más extremos, amnistió a los “insurreccionistas” de 1934 y empezó un hostigamiento sistemático, a través de sus matones en los sindicatos comunistas y anarquistas a cualquier miembro de la derecha.   Esto incluyo el incendio de Iglesias, matanza de sacerdotes, violaciones de monjas, asesinatos a políticos, empresarios y gente de a pie, destrucción de propiedades, etc. 

    La Falange de Jose Antonio Primo de Rivera, que había sido un partido marginal hasta ese momento y que tenía buenas relaciones con el fascismo italiano, vio su popularidad incrementarse drásticamente por que fue percibido como una respuesta proporcionada a la violencia que la izquierda venía ejerciendo desde hacía varios años.  Por supuesto todos los “bien pensantes” que veían en la violencia de izquierda una mera expresión del descontento popular que debía ser aplacado, vieron en la organización de milicias de derecha para enfrentarla un riesgo existencial “a la democracia”. 

    Esto alimento aun mas el ciclo de violencia, que culminó en el asesinato de Calvo Sotelo, uno de los principales líderes de la derecha “civilizada” lo que fue considerado como el detonante del Alzamiento Nacional.  

    Poco han cambiado las tácticas de la izquierda: considerarse los únicos dueños de la verdad (para pedirles prestada una expresión), demonizar a cualquiera que se les oponga, incentivar la violencia de sus matones, sin jamás tomar responsabilidad por ella, pero escandalizarse y rasgarse las vestiduras cuando se les responde proporcionalmente. Robar elecciones y actuar como si fueran la máxima expresión de la legitimidad lo que les da derecho a perseguir a los que se le oponen.   No muy distinto que hoy en día (tal vez con una menor intensidad por razones de conveniencia).

  • Cinco valientes cruzan los Andes

    Cinco valientes cruzan los Andes

    En 1554, Juan Gregorio Bazán queda a cargo de Santiago del Estero cuando Francisco de Aguirre vuelve a Chile con la esperanza de obtener el gobierno de ese “Reyno” por haber muerto Valdivia. La situación del baluarte levantado en la inmensidad desconocida del Tucumán, no podía ser más crítica. Aguirre al partir, “sacó consigo alguna gente española y muchos indios naturales de esta tierra, e cavallos”, por lo que su solitaria y lejana fundación quedó casi desamparada. Si bien, en los papeles, había repartido encomiendas entre 56 conquistadores, los favorecidos arrostraron, durante dos interminables años, la mayor pobreza. Una indigencia tal – se lee en la Información levantada por Alonso Abad – que “vestían cueros e sacaban una cabuya (fibra) a manera de esparto de unos cardones y espinos, a puro trabajo de manos, que hilándolo hacían camisas”.

    Ese desamparo a que los condenaba la naturaleza salvaje, hubiera justificado la despoblación de aquella base conquistadora, en hombres de otra complexión física y con otro temple moral. Pero el sentimiento de la propia responsabilidad y el altivo amor propio, les impelía a quedarse, a no proclamar su fracaso, a no dejar en la estacada a los amigos juríes, expuestos siempre a la venganza de los lules que, irreductibles, los acorralaban dentro de sus “fuertes de paliçadas”.

    Hambres – hasta “comían algunas sabandijas silvestres que nunca los españoles suelen comer sino con mucha necesidad” – miserias sin cuento, desconección total con el mundo civilizado; todo fueron capaces de soportar esos varones de rompe y rasga; todo menos la falta de un sacerdote que le suministrara los auxilios espirituales, tan necesarios para sus fervorosas almas católicas. Por esto, casi “estuvieron por despoblar esta ciudad e yrse al Pirú”.

    Los frailes Alonso Trueno y Gaspar de Carvajal, que acompañaron a Nuñez de Prado, al imperar Aguirre habían abandonado al población tucumana. Si voluntariamente o no, conocemos los testimonios contradictorios de Mexía Mirabal, de Antonio Alvarez, de Francisco de Carvajal y de Cristóbal Pereyra. Por su parte Rodríguez Juárez manifestó al respecto, que ambos dominicanos, “visto la pobreza de esta tierra, y que no avía ni oro ni plata ni otra cosa alguna, mas solo mayz, se bolbieron al Perú, sin quedar en la tierra sacerdote”. De tenor semejante resultan las declaraciones de Miguel de Ardiles, de Gonzalo Sánchez Garzón, de Santos Blásquez, de Juan García, de Pedro Jiménez y de Juan Pérez Moreno.

    Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que desde el alejamiento de los frailes de grado o por fuerza, quedó sin clérigos Santiago del Estero, y que por tan poderosa razón, los fervorosos vecinos en las ceremonias religiosas, y “todos los lunes e sábados”, andaban “en prosición de la yglesia a las hermitas e cruzes, cantando letanías e suplicando a Nuestro Señor les enbiase sacerdotes que les administrasen los sacramentos”. Si alguno de ellos moría, “lo llevavan a enterrar los españoles con hartas lágrimas e con harto desconçuelo, rogando a Dios por él en sus oraciones”.

    Aquellos conquistadores cansados de esperar mas de dos años, “ansí sin sacramentos, no pudiéndolo sufrir, despacharon cinco ombres que fueron al rreyno de Chile a traer sacerdotes”. Y para allá se ponen en movimiento Hernán Mexía Mirabal y Bartolomé Mansilla, junto con Rodrigo de Quiroga, Nicolás de Garnica y Pedro de Cáceres.

    Corajudos, aguantadores de “nieves, fríos y hambres” esos cinco Capitanes recorrieron leguas y leguas acosados “por la mucha gente de guerra muy velicosa que ay en el camino”, y cruzaron “con gran riesgo de sus vidas”, los Andes “fragosos y tempestuosos”. Al otro lado de “la cordillera de Chile” los indios “alçados” de Copiapó les cierran el paso. Esto produce desánimo en algunos componentes del quinteto temerario, que insinúan el regreso al pago santiagueño, lo cual frustraría los propósitos del viaje; pero “el averse atrevido el dicho Capitán Hernán Mexía solo a adelantarse”, logró que los indecisos le siguieran, y al cabo de “muchos meses, con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo que los faboreció”, pudieron tornar los expedicionarios al punto de partida, trayendo, desde La Serena, un sacerdote; el padre Juan Cidrón.

    En tan abnegada como conmovedora hazaña – que si no tuviera a su favor los documentos de la historia tomaríase por leyenda hagiográfica o novela de caballería – Hernán Mexía Mirabal, Bartolomé Mansilla, Rodrigo de Quiroga, Nicolás de Garnica y Pedro de Cáceres, no olvidaron que, amén de los espirituales, el hombre necesita otros sustentos para vivir. En consecuencia, junto al clérigo Cidrón, “traxeron algunas semillas de trigo, cevada y otras cosas de Castilla; e algodón, que es de que al presente los naturales se bisten e cubren, haziendo mantas e camisetas”; y “plantas de ubas e árboles frutales, obejas, bacas e otros ganados”; conjunto de bestias y especies botánicas que se introducían, por primera vez, en aquella agreste región de los juríes.

    Así fue como esos desamparados conquistadores santiagueños – para decirlo con palabras de uno de ellos, Santos Blasquez – “se dieron a sembrar muchas semillas ansy de trigo como cebada, plantando viñas e otros árboles de Castilla, e fueron criando ganados, yeguas, vacas y ovejas, con que fue la tierra adelante, e se a sustentando con todos sus travajos, e dende este tiempo se comenzó a comunicar esta provincia con el Pirú e Chile”.

    De tal suerte, a los fieros arrestos de la guerra se sumaron, a partir de entonces, las mansas actividades agropecuarias, con su consecuente industria rudimental. Y quedó establecido, con regularidad relativa, un intercambio de colaboración entre aquel núcleo de cultura, que se iba desarrollando en Santiago del Estero, y los otros centros ya evolucionados peruanos y chilenos; desde donde había venido el inmediato impulso conquistador: hombres y recursos que casi siempre aportaba un Capitán empresario, “a su costa y minción”; con fundadas esperanzas – claro está – de que gastos y desvelos, ocasionados en el “real servicio”, le vendrían a ser retribuídos con creces, más tarde, por la Corona.

    Y no es impertinente repetir, que aquellas expediciones – gajes de hombres de acción, como Mexía Mirabal – que incursionaban dispersas, generalmente desconectadas las unas de las otras, dentro de un área de casi un millón y medio de kilómetros cuadrados, lejos de responder a las viarazas empíricas de sus respectivos caudillos – cual se ha dicho tan a menudo con ligereza – encontrábanse subordinadas, en primera instancia, a las directivas precisas de ciertos funcionarios con dotes de estadistas; cuyos planes de gran envergadura – “ideologías” los llama Levillier – demuestran hoy, a quienes estudian historia, la coherencia con que fue llevada a cabo la empresa fundacional de España. Tanto Vaca de Castro y La Gasca en el Perú, como Valdivia y Hurtado de Mendoza en Chile, y el excepcional realizador Francisco de Aguirre en el mismo campo de sus hazañas, y el Virrey Toledo en Lima, y en Charcas el Oidor Matienzo, resultan, en definitiva – cuando no, a la vez, ejecutores prácticos – los creadores intelectuales, los formidables estrategas que concibieron el gigantesco designio de incorporar el Tucumán y el Río de la Plata a la Corona de España; vale decir, a la civilización occidental.

    Sin aquellas ciudades fundadoras – puntos fortificados adecuadamente dispuestos – los conquistadores españoles hubieran sido física y moralmente aniquilados por los indios salvajes. Bien dice Romualdo Ardissone al respecto: “Al transcurrir la existencia del conquistador en el campo, separado de sus semejantes, en contacto diario con el indio, pierde su cultura, sus elementos europeos se atenúan, y a la larga se barbariza; el indio y la naturaleza que lo rodean, lo embisten, lo barnizan, lo conquistan. Grave es el problema para el europeo, más grave aún para sus hijos cuya educación progresivamente y con rapidez alarmante, cobra caracteres indígenas, intensificados por la mezcla de sangre que se hace poco menos que imposible impedir. En cambio, la existencia de ciudades trae la convivencia, el trato continuo o frecuente, el roce con los semejantes; la vida social logra salvar el caudal de costumbres e ideales traídos de Europa. El conquistador puede conservar y aún intensificar la superioridad con respecto al indígena, al cual sirve de ejemplo para que se le acerque siempre más en sus costumbres. La función educativa, política y militar de las ciudades es de primer orden, de aquí el interés de fundarlas”.

    Carlos F. Ibarguren, en Los Antepasados, a lo largo y mas allá de la historia argentina, Tomo IX.

  • Los intelectuales

    Los intelectuales

    Aunque a veces no parezca, el hombre es un animal racional. El intelecto y la razón es lo que nos distingue del resto de la creación, y en la medida que el hombre ha moldeado la sociedad en base a ideas o creencias sanas, estas sociedades han sido fructíferas y mejorado su condición en esta tierra. Nuestra propia civilización occidental tiene sus raíces en la remota Grecia, donde los filósofos empezaron a idear el concepto de que fuimos creados a imagen de Dios, del alma inmortal, la felicidad, la libertad, los derechos del hombre, y la democracia misma. Pasaron siglos entre la primera aparición documentada de estas ideas y su difusión a Roma, donde estas continuaron creciendo, plasmándose en el derecho codificado y los rudimentos de un estado moderno. Otros siglos pasaron hasta que la semilla del Cristianismo echó raíces en esa civilización y la hizo propia.

    El reconocimiento de la primacía de la razón sobre otros aspectos de la naturaleza humana como pueden ser las pasiones o las necesidades del momento, es la base misma de la educación. Comenzando en el seno de la familia, y siguiendo durante toda una vida, educamos a nuestros hijos en conceptos que los forman como individuos primero, pero también están destinados a regir o al menos sugerir como deben ser las relaciones con sus semejantes, en otras palabras, a la vida en sociedad.

    Es acá donde el paso de los siglos nos debería dar el gran beneficio de identificar y adoptar ideas y conceptos que han “funcionado” mientras descartamos lo que ha fracasado. Reduciendo esto a lo más básico, la mera existencia de bibliotecas, libros u otros medios de retener información, es un “ayuda-memoria” valiosísimo en este sentido. Pero más allá de esto, la humanidad ha desarrollado también tradiciones, costumbres y formas que también son un “archivo viviente” de las ideas y conceptos que pretende preservar para las generaciones futuras.

    Como católicos creemos también que “Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros”, dejándonos una Iglesia para preservar y difundir sus enseñanzas, y ayudarnos a plasmar estas en nuestras vidas individuales y también como sociedad.

    Muchos de los males que nos aquejan, surgen de una pseudo-liberación del hombre y la sociedad de este corpus de conocimiento o tradiciones que componían el entramado de nuestra civilización occidental. En ese sentido, es clave el papel que en esta revolución han jugado un gran número de intelectuales en los últimos 200 años.

    Así explica Paul Johnson el fenómeno en su libro Los Intelectuales:

    Durante los últimos doscientos años, la influencia de los intelectuales ha crecido constantemente. De hecho, el surgimiento del intelectual secular ha sido un factor clave en la configuración del mundo moderno. Visto contra la larga perspectiva de la historia, es en muchos sentidos un fenómeno nuevo. Es cierto que en sus encarnaciones anteriores como sacerdotes, escribas y adivinos, los intelectuales han pretendido guiar a la sociedad desde el principio. Pero como guardianes de culturas hieráticas, ya fueran primitivas o sofisticadas, sus innovaciones morales e ideológicas estaban limitadas por los cánones de la autoridad externa y por la herencia de la tradición. No eran, ni podían ser, espíritus libres, aventureros de la mente.

    Con el declive del poder clerical en el siglo XVIII, surgió un nuevo tipo de mentor para llenar el vacío y captar la atención de la sociedad. El intelectual secular puede ser deísta, escéptico o ateo. Pero estaba tan dispuesto como cualquier pontífice o presbítero a decirle a la humanidad cómo conducir sus asuntos. Proclamó, desde el principio, una especial devoción por los intereses de la humanidad y el deber evangélico de promoverlos con su enseñanza. Aportó a esta tarea autoproclamada un enfoque mucho más radical que sus predecesores clericales. No se sentía atado por ningún corpus de religión revelada. La sabiduría colectiva del pasado, el legado de la tradición, los códigos prescriptivos de la experiencia ancestral existían para ser seguidos selectivamente o rechazados por completo según lo decidiera su propio sentido común. Por primera vez en la historia humana, y con creciente confianza y audacia, los hombres se levantaron para afirmar que podían diagnosticar los males de la sociedad y curarlos con sus propios intelectos sin ayuda: más aún, que podían idear fórmulas mediante las cuales no sólo la estructura de la sociedad pero los hábitos fundamentales de los seres humanos podrían transformarse para bien. A diferencia de sus antecesores sacerdotales, no eran servidores e intérpretes de los dioses sino sustitutos. Su héroe fue Prometeo, quien robó el fuego celestial y lo trajo a la tierra.

    Una de las características más marcadas de los nuevos intelectuales seculares fue el gusto con el que sometieron a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico. ¿Hasta qué punto habían beneficiado o perjudicado a la humanidad estos grandes sistemas de fe? ¿Hasta qué punto estos papas y pastores habían vivido de acuerdo con sus preceptos, de pureza y veracidad, de caridad y benevolencia? Los veredictos pronunciados tanto sobre las iglesias como sobre el clero fueron duros. Ahora, después de dos siglos durante los cuales la influencia de la religión ha seguido disminuyendo y los intelectuales seculares han desempeñado un papel cada vez mayor en la configuración de nuestras actitudes e instituciones, es hora de examinar su historial, tanto público como personal. En particular, quiero centrarme en las credenciales morales y de juicio de los intelectuales para decirle a la humanidad cómo comportarse. ¿Cómo dirigían sus propias vidas? ¿Con qué grado de rectitud se comportaron con familiares, amigos y asociados? ¿Eran justos en sus tratos sexuales y financieros? ¿Dijeron y escribieron la verdad? ¿Y cómo sus propios sistemas han resistido la prueba del tiempo y la praxis?

    Paul Johnson pone el foco en la vida e ideas de estos intelectuales modernos, y con el estilo que le es característico, los presenta de una forma muy clara y cuestiona si son merecedores o no de la admiración que posibilitó la difusión de sus ideas. Ciertamente recomendamos la lectura de este libro a todos los que les interese el papel que las ideas juegan en nuestras vidas.

  • ¿No nos cansamos del fracaso?

    ¿No nos cansamos del fracaso?

    Fuimos un país que supo tener aspiraciones de grandeza. Dueño de un extensísimo territorio y dotado de requizas naturales envidiables, la Argentina salió de las convulsiones de las Guerras de la Independencia y las Guerras Civiles que le siguieron, apuntando alto y con un plan, cuyos voceros más claros fueron tal vez Alberdi y la Constitución de 1853. Sin entrar en la minucia de la historia y la discusión eterna sobre si tal o cual personaje o tal o cual política fue lo mejor para el país (lo que a su vez deriva muchas veces en una discusión sobre que tipo país queremos tener, o hasta quienes somos), me animo a decir que en líneas generales, el medio siglo comprendido entre 1880 y 1930 nos vió en un camino de crecimineto en un largo listado de indicadores que, en su época, marcaban el progreso de una nación y su gente: educación, ferrocarril, exportaciones, cierta estabilidad política, salud, ciencia y otros. (1)

    Si hay debate sobre si ese medio siglo representó una época dorada para la Argentina o no, empieza a haber más consenso entre historiadores y opinólogos en que la revolución de Uriburu en 1930 marca un quiebre del orden institucional y da inicio a una época “infame”. Los detractores de José Félix, limitan la infmamia a una década, excluyendo así a lo peor, a lo más “infame” y nocivo que produjeron los varios golpes militares en la Argentina: la subida al poder del Coronel Perón que muy hábilmente usó los recursos del Estado para construir una base política aprovechando las necesidades reales de los trabajadores.

    Es a mi entender este acontecimineto (el surgimineto del movimiento “Justicialista” o más exactamente “Peronista”) que puso a nuestro país en un rumbo de decadencia que ya tiene casi 100 años de duración y no parece tener arreglo a corto plazo. El éxito de las nefastas y fluidas ideas que manienen vigente a este movimiento y sus múltiples metamorfosis, no es mérito exclusivo de Juan Domingo. Es inegable que el cocktail de autoritarismo, demagogia, facilismo, corrupción, mentira y hasta terrorismo, encontró tierra fértil en un porcentaje elevado de la población de nuestro país, sin cuya colaboración activa o pasiva, esto nunca hubiese ocurrido o, como en el caso de muchos experimentos fracasados en la historia política del mundo, ya hubiese sido rechazado y mandado a los libros de historia, al capítulo titulado “Cosas que no deben hacerse nuevamente”.

    Por más que nos pese, tenemos que reconocer que la razón por lo que esto todavía no ocurrió es porque los argentinos como nación no hemos dado la espalda a la receta tóxica que el peronismo nos invita a beber. Casi 100 años de vigencia representan entre tres y cuatro generaciones que han mamado esto y no conocen otra cosa. Más que las ideas, la “personalidad” del peronismo ha hecho metástasis en nuestra sociedad. El resentimiento hacia los más exitosos o los que tienen más, la idea de que se puede hacer plata sin trabajar, esa convicción de que el Estado puede y debe resolver muchos de los problemas de la sociedad, un “anti-americanismo” visceral; son todas manifestaciones de una forma de pensar que contamina las ideas de muchísimos argentinos… aún de aquellos que jamás reconocerían ser “peronistas”.

    Por si queda alguna duda de que esto es así, sólo basta mirar la trayectoria del último gobierno “no peronista”, liderado por Mauricio Macri. No representó un repudio de las políticas que vienen siendo nefastas hace décadas. Los piqueteros siguieron en control de las calles, los planes sociales aumentaron como nunca, ninguna ley estructural cambió. Esto no lo digo sólo como una crítica a Marci o al “Cambiemos” de entonces. Lo digo como prueba de que los argentinos no estábamos entonces (¿estaremos ahora?) listos para apoyar seriamente el mencionado cambio, aún en el caso de que el PRO y sus aliados hayan sido capaces de producirlo, algo de lo que no tengo certeza alguna. Y sólo se hicieron falta las elecciones siguientes para que el electorado “vuelva al redil”, eligiendo a Alberto Fernández, individuo gris cuya única credencial fue el haber sido seleccionado por Cristina Fernández de Kirchner.

    Y así seguimos nuestra decadencia sin fin, probando recetas fracasadas. ¿No nos cansaremos nunca?


    (1) Hay quienes dicen que esos “años dorados”, los de “la generación del ’80”, sólo sirvieron para enriquecer “a la clase dirigente”, y que “el pueblo” no se benefició. Que Argentina era de hecho dos Argentinas, una pobre y otra rica. Es lo mismo dicen de la división de la riqueza en nuestros días, con el famoso estribillo de que “los ricos están cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres”, o cuando reniegan sobre el tan malvado “1%” que tiene la riqueza del mundo. Sin ser un economista (¡ni de lejos!), sospecho que esas frases propagandísticas esconden el hecho que tanto entonces como hoy, la riqueza de un país o de algunos, termina beneficiando a los que no son tan ricos. Sabemos que hoy en día al menos, la existencia de los penta-billonarios no es freno para que los niveles de pobreza hayan caido en el mundo, y que el promedio de la población vive mejor de lo que vivía hace 100 años, en términos materiales al menos.

  • Mediocres por los siglos de los siglos

    Mediocres por los siglos de los siglos

    En al año 45 a.C., cuando Cicerón (en la foto) se encontraba en el ostracismo y alejado de la vida pública, pasó un tiempo en su casa en Tusculum — a 25 km de Roma por la Vía Latina — lugar de residencia preferido de muchos romanos acaudalados. Allí escribió las Tusculanae Disputationes, una serie de cinco libros destinados a popularizar la filosofía de la antigua Grecia entre sus contemporáneos.

    Entre los temas que desarrolla se encuentra el de la felicidad, y que es y no es necesario para obtenerla. Entre muchos otros, toca el de la popularidad, y hasta qué punto gozarla es una fuente de placer o un peso. “¿Por qué debe el sabio seguir el placer de la multitud, en lugar de buscar la verdad sin importarle la presión popular?”, nos pregunta. “Ciertamente sería el ápice de la estupidez darle importancia a la opinión de la masa, cuando a cada uno de ellos como individuos los miramos de arriba porque son obreros sin educación”, nos responde él mismo.

    En ese contexto nos habla de Hermodorus, que vivió en el siglo IV a.C., miembro de la Academia de Platón y que estuvo presente en la muerte de Sócrates. Llegó a ser un hombre prominente en Éfeso, pero fue expulsado de la ciudad por sus compatriotas que Cicerón cita como diciendo: “A nadie entre nosotros se le puede permitir que sobresalga sobre los demás. Cualquiera que aspire a algo así, tiene que irse y vivir en otro lugar, entre otra gente.” Esta oda a la mediocridad, que causó el exilio de Hermodorus, llevo a Heráclito (según nos sigue contando Cicerón) a declarar que toda la población de Éfeso debería haber perdido la vida por proferir tal despreciable afirmación.

    Dejando ese castigo draconiano propuesto por Heráclito de lado, el punto de vista expresado por los habitantes de Éfeso hace 2.400 años es tan parte de la naturaleza humana hoy como lo fue entonces. El mediocre no sólo quiere que lo dejen en paz y no lo empujen a superar sus propias debilidades y falencias, pero resiente y quiere suprimir a aquellos que se destacan, ya que representan la manifestación viva de su propias falencias.

    Y al igual que en la Éfeso del siglo IV a.C., hay estados en pleno siglo XXI que promocionan la mediocridad y castigan la excelencia. Desarrollan estructuras de incentivos, sean culturales o fiscales, para premiar al que, para hablar en criollo, “se queda en el molde” y castigar al que no lo hace. El tan mentado “paraíso socialista escandinavo” es un ejemplo — según me han contado varios que, cual Hermodorus se han exilado del mismo — de una sociedad donde ser exitoso más allá de ciertos parámetros atrae el castigo no sólo de pesadas cargas impositivas, pero también una censura social que mira con malos ojos al que descolla.

    Sin tener que cruzar océanos y llegar a la lejana Suecia, nuestra propia Argentina peronizada sufre del mismo síndrome. Es larga la lista de argentinos cuyo talento y trabajo no ha sido reconocido por sus compatriotas. Y, las experiencias de argentinos que triunfan en el extranjero, son suficientemente numerosas como para proveer evidencia anecdótica de que, una vez libres del peso de la mediocridad nacional imperante, los esfuerzos de muchos son recompensados y destacan como no destacan acá.

    Es triste notar cómo la mediocridad perdura en el corazón del hombre desde el inicio de la historia conocida hasta nuestros días. Pero, también es esperanzador comprobar que ciertos elementos básicos de la naturaleza humana no cambian, pese a los esfuerzos de los ilusos (¿o deberíamos decir mentirosos?) que ignoran este hecho. Dicen vulgarmente que Dios ciega al que quiere perder. Y los ciegos que pretenden redefinir cosas tan inmutables como la existencia de sólo dos sexos, o la influencia de las pasiones o malas tendencias en el comportamiento humano, harían bien en estudiar la historia y darse cuenta que algunas cosas no cambian ni cambiarán nunca. Aunque sea la existencia de los que destacan en un mar de mediocres, de los cuales hay tantos hoy como entonces.

  • La brújula, la espada y la cruz

    La brújula, la espada y la cruz

    530 años atrás, un 12 de octubre a las 2 de la mañana, Rodrigo de Triana ve tierra americana por primera vez desde su puesto abordo de La Pinta, una de las famosas carabelas al mando de Cristóbal Colón. 

    Con la salida del sol, y como leemos en el diario del jefe de la expedición, “llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda la Armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se ajuntó allí mucha gente de la isla.” (1)

    Habiendo llegado, no tardaron mucho en darse cuenta que no estaban en “las Indias” que buscaban. Con esta realización confirmada, cambiaria el propósito de la travesía que se había mentado para establecer una nueva ruta comercial (es de notar que no había a bordo de las carabelas ni sacerdote ni militar alguno), y el viaje sería el detonante de algo totalmente diferente.

    Sin entrar en tecnicismos sobre si esta fecha recuerda o no un “descubrimiento”, el hecho es que Colón, no sólo se topa con América por primera vez, pero vuelve con éxito y comparte con otros su experiencia y conocimientos, lo que hace más significativa aún su travesía. En el plazo de diez años cruzará con éxito el Atlántico tres veces más, uniendo definitivamente a España – y por extensión a toda Europa – con las costas del Caribe, Venezuela y Centro América. 

    Al tiempo que celebramos el descubrimiento de América, también festejamos lo que fue un verdadero derroche de energía e imaginación que se desencadenaron en el alma colectiva de los recientemente unificados reinos de España, al entender que tenían entre manos tierras ignotas a explorar. Desde el primer momento, Fernando e Isabel y sus descendientes, administraron la conquista de todo el continente americano, supervisando la transfusión de la sangre de un pueblo que logró en tiempo récord cristianizar, asimilar y poblar el “Nuevo Mundo”, plantando la semilla y construyendo las bases de las naciones de las que hoy formamos parte.

    El modelo a seguir surgió casi de inmediato. Nobles e hidalgos aportaban financiación y el “músculo” militar de la aventura, que se hacía en nombre de la Corona. Esta, a su vez, retenía autoridad final sobre lo actuado por estos, y no solo adquiría soberanía sobre las nuevas tierras sino que también insistió desde el principio que la misión evangelizadora debía ser parte de cualquier empresa. Cerrando el cuadro administrativo, no podemos dejar de mencionar a los escribanos, abogados y juristas que notariaban lo actuado; informando al poder central en gran detalle, generando una inmensa carga burocrática que, algunos dicen, terminó siendo fatal a los intereses de España con el correr de los años, aunque invaluable para los historiadores e investigadores que siguieron.

    Encuadradas en este modelo, hubo centenares de expediciones de diversa magnitud, que conformaron una verdadera carrera conquistadora sin precedentes en la historia. Para poner en perspectiva la dimensión de esta obra, recordemos que pasaron menos de 100 años entre la llegada accidental de Colón a una diminuta isla del Caribe y estos hitos:

    • Fundación de La Havana en 1515.
    • La caída del imperio Azteca en 1521.
    • La caída del imperio Inca en los años 1530.
    • Fundación de Cartagena, Colombia en 1533.
    • Fundación de Lima, Perú en 1535.
    • Primera fundación de Buenos Aires, en 1536.
    • Fundación de Asunción, Paraguay, en 1537.
    • Fundación de Santiago, Chile, en 1541.
    • Juan Rodríguez Cabrillo llega a California en 1542.
    • Fundación de Potosí, Bolivia, en 1545.
    • Fundación de San Agustín en Florida, Estados Unidos en 1565.
    • Fundación de San Miguel de Tucumán, Argentina, en 1565.
    • Fundación de Córdoba, Argentina, en 1573.
    • La segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580.
    • Fundación de Salta, Argentina, en 1582.

    Fue como si el genio español, restringido y asfixiado durante 800 años por una Reconquista que parecía no terminar nunca (convengamos que el territorio siendo reconquistado de los musulmanes era más bien pequeño), hubiese explotado cual vapor en una olla a presión una vez que cayó Granada y se abrieron las puertas del mar a las tierras de horizontes sin límites.

    América ofrecía un sinfin de oportunidades sea al militar, al explorador, al artesano o al misionero. Y en lo que sería un gran éxito del “marketing” de la época, hasta sedujo al aventurero, sugiriendo por medio de leyendas la posibilidad de riquezas fabulosas que quedaron grabadas para siempre en el imaginario colectivo. Una vez que cayeron los aztecas, o todo su oro no pudo salvar al Inca, se oye desde lugares siempre un poco más lejanos, el canto seductor de riquezas fabulosas esperando para entregarse al corajudo que llegue primero. Leyendas como La Ciudad de los Césares o El Dorado (2), sirvieron para que millares de kilómetros cuadrados sean explorados y para que tras los pasos del aventurero desilusionado siguiesen los fundadores de ciudades y los que buscaban su fortuna en el trabajo.  

    Porque al final del día, (con algunas notables excepciones), los conquistadores no fueron premiados con riquezas fáciles o fabulosas. Fue la tierra misma, la que muchos regaron con su sangre, la que recompensó sus esfuerzos y bendijo a sus descendientes (3). Fue en esta tierra en la que se asentaron desde el primer momento los misioneros, sacerdotes y evangelizadores, que levantaban la cruz y las iglesias a cuya sombra encontraron refugio y salvación los habitantes originarios. Fue a esta tierra a la que vinieron también millares de hombres y mujeres (en su mayoría españoles durante estos primeros cien años), y la convirtieron en propia, generando con el pasar de los años una identidad única, derivada de la española, pero diferente a ella por las circunstancias de la geografía y el mestizaje. 

    Muy acertadamente Faustino Rodríguez San Pedro acuña en 1913 el término “Día de la Raza”, para festejar la unión entre España e Iberoamérica,  para que “se conmemore la fecha del descubrimiento de América, en forma que a la vez de homenaje a la memoria del inmortal Cristóbal Colón, sirva para exteriorizar la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano, hoy prósperos Estados.”

    Es esa historia y esa unión (y no a los “pueblos originarios” como algunos pretenden ahora) lo que celebramos hoy.

    Desde hace tiempo que la figura de Colón es vilipendiada. No olvidemos que fueron sus contemporáneos españoles, que conocieron de cerca sus defectos, los que lo apartaron de posiciones de gobierno. Por eso es que Colón muere en la pobreza y despojado de sus títulos. Más adelante, es la “Leyenda Negra”, anti-española y anti-católica, que con fines claramente propagandísticos, suma Colón a un listado de horrores cometidos por los rivales de Inglaterra. En tiempos más recientes, el frenesí anti-columbino que incluye la destrucción o remoción de sus estatuas por el mundo entero, va mucho más allá de ser un acto “anti-español” y es un estribillo del mismo movimiento que usa el ambientalismo como excusa para socavar y posiblmemente destruir lo que queda de los valores cristianos de la civilización occidental (4). Colón no es criticado ya por sus defectos (que los tuvo y muchos), pero por haber posibilidado que la civilización europea (entonces cristiana) se implantase en América.

    Las elites intelectuales de la izquiera y la progresía mundial, disfrazadas de “tribunal popular” o de “defensores de los pueblos originarios”, prenteden juzgar a Colón con sus criterios modernos y su agenda ideologizada, y contrastan al navegante con una visión idílica de la vida en América antes de la llegada de los europeos. Colón y los que siguieron sus pasos habrían llegado a un paraíso perdido, donde existía una sociedad perfecta en plena armonía con la naturaleza. Un paraíso vírgen de los horrores y los pecados de Europa.

    Ambas visiones son falsas. Ni España impementó en América un genocidio organizado de los “pueblos originarios”, ni estos pueblos vivían idílicamente. Es bueno recordar que tanto los españoles como los indígenas, eran todos humanos. Hombres de su época y sus culturas, con sus virtudes y sus defectos. Eso dicho, una de las civilizaciones era Crisitana (al menos aspiracionalmente) y con la visión antropológica que esta posee sobre los derechos del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. La otra estaba aun sumida en las tinieblas del paganismo y como los sacrificios humanos de los aztecas y otras prácticas aberrantes del continente atestiguan, representaba una cosmovisión que no podía coexistir con la que llegaba de Europa en las tres carabelas con la cruz en sus velas. Al final del día (y para enorme ventaja de todo el continente y amargura de los neo-paganos) prevaleció la Crisitana.

    En última instancia, la brújula de Colón abrió el camino a la espada del conquistador y a la cruz del misionero. Esta combinación permitió en nuestro continente el desarrollo de una sociedad criolla en la que fue posible, en las palabras de Carlos Ibarguren (h) “el establecimiento formal de la familia cristianamente constituida; la práctica de las virtudes domésticas que ella supone; el apego al suelo mediante la propiedad territorial heredable de generación a generación; lazos morales, todos esos, entre la tierra y la sangre, que cimentan la paz, el orden, el hábito comunitario; vale decir el amor a la patria, nacido con el arraigo de la estirpe al terrón nativo.” (5)

    Es por eso que digo con orgullo: ¡Gracias Colón!


    (1) Ver El primer viaje a las Indias Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas.

    (2) Es interesante notar como estas fabulosas ubicaciones están geográficamente en las antípodas de Sudamérica. Jerónimo Luis de Cabrera (nieto) llega desde Córdoba hasta el volcán Villarica en Chile en busca de la Ciudad de los Césares. E incontables expediciones como la del aventurero paranoico Lope de Aguirre (ver biografía de Tula Cervín en Los Antepasados) buscaron el mítico El Dorado en la selva a amazónica entre Brasil, Colombia y Venezuela. Podríamos agregar a esta lista la mítica Fuente de la Eterna Juventud que trajo a Juan Ponce de León y muchos otros a Florida en Estados Unidos.

    (3) Como botón de muestra de una larguísima lista de conquistadores y las vicisitudes de sus andares y muertes en América, recomiendo leer la biografía de Juan Gregorio Bazán escrita por Carlos F. Ibarguren en Los Antepasados.

    (4) Para leer más sobre el tema, ver El ambientalismo como religión.

    (5) Ver Los Antepasados, de Carlos F. Ibarguren. Biografia de Hernán Mexía de Mirabal.


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  • El mito del precio justo

    El mito del precio justo

    Introducción de La Botella al Mar: Entre el arsenal de herramientas ineficaces que los gobiernos de índole socialista usan para tratar de tapar la realidad de sus políticas fracasadas, se encuentra la de controlar los precios, para engañar a los ciudadanos sobre el costo real de lo que necesitan, y encubrir de alguna manera las falencias tanto en el área de producción como en el mercado laboral. 

    El control de precios se hace de varias maneras, algunas más dañinas que otras. La preferida de estos gobiernos de índole socialistoide (entre los que se encuentra ciertamente el que actualmente preside pero no dirige Alberto Fernández) es imponer a las empresas un precio máximo que pueden ofrecer a la hora de comercializar sus productos, con la expectativa que sean estas las que sacrifiquen ganancias para subsidiar de esa manera la vida de los consumidores. Es de notar que este es el mecanismo preferido, porque se encuadra con la narrativa de que el Estado viene a rescatar al pueblo de los abusos del capitalismo que no se detiene ni ante al hambre con tal de llenar sus bolsillos. 

    Eufemismos como “precios cuidados” se usan para encubrir lo que es, efectivamente, una política confiscatoria, que abusa del poder del Estado para obligar al proveedor de un bien o al prestador de un servicio, a entregar algo por lo que no está dispuesto a hacerlo. Como no podía ser de otra forma, en su afán de revestir sus actos injustos en la bandera de la “justicia social” o los “derechos de los más necesitados”, usan también las palabras “precios justos” para describir estos controles que son claramente injustos. Como ejemplo reciente, el senador bonaerense Francisco Durañona, del Frente de Todos, tituló el projecto de ley para el control de precios en la provincia de Buenos Aires como “Ley de Precios Justos”.

    Lamentablemente, en una Argentina en la que no solo las ideas, pero más grave aún, la cultura del peronismo han hecho metástasis y afecta la forma de pensar de nuestros ciudadanos, no son pocos los que al oir lo que no es sino un slogan, “Precios Justos”, instintivamente asienten con la cabeza y consideran que nada más lógico que el Estado haga lo que tenga que hacer para evitar injusticias y proteger a todos de los efectos de estas.

    Esta aceptación es muchas veces subconciente, y encuentra eco no solo en las malas ideas que durante casi 100 años la cultura peronista ha difundido entre nuestra gente, sino que también pareciera basarse en una visión mal entendida y, literalmente “mal educada” de lo que enseñan la Iglesia o el cristianismo sobre la justicia, la caridad y los deberes y derechos del hombre que vive en sociedad.

    Muy hábilmente (y este es un fenómeno que excede las fronteras de nuestro país), los críticos de la economía de libre mercado, adaptan su discurso a su audiencia y, en países donde el cristianismo ha dejado huella, revisten su mensaje con elementos parciales del andamiaje de enseñanzas y principios que el cristianismo y la Iglesia han desarrollado durante siglos en occidente. Cuentan para el éxito de esta estratagema dialéctica, con la falta de formación o educación en estos temas del promedio de la sociedad, más acostumbrada tal vez (y sobre todo en este siglo XXI) a los breves flashes de un meme o el límite de 144 letras de un Tweet.

    En un esfuerzo para educar al público sobre este concepto, transcribimos abajo extractos de una conferencia de Lawrence M. Vance, académico asociado del Instituto Mises, columnista y asesor de políticas de la Fundación Future of Freedom, y columnista, bloguero y crítico de libros. Su conferencia completa, titulada “El mito del Precio Justo” puede leerse acá en su inglés original, y es extensa y altamente recomendable. La traducción es nuestra, y hemos omitido las muchas notas documentales, que, una vez más, puede el interesado ubicar en el original citado.


    1. El concepto de justicia es bíblico: Dios hace llover “sobre justos e injustos”; Cristo murió por nuestros pecados, “el justo por los injustos”; habrá “una resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”. Ahora bien, la expresión precio justo no se encuentra en ninguna parte de las Escrituras. Esto ipso facto no significa, por supuesto, que el concepto deba descartarse de plano. Después de todo, la palabra trinidad tampoco está en la Biblia. La Escritura tiene algunos principios generales sobre cuándo algo es justo y qué debe hacerse con justicia. Por ejemplo: Un hombre justo hace lo que es “lícito y recto”, el juicio y la regla deben hacerse con justicia, los siervos tienen derecho a lo que es “justo e igual”, y debemos seguir que que es “totalmente justo”.

    2. Aunque la Escritura no habla de un “precio justo”, sí leemos de un “peso justo” cuatro veces, de una “medida justa” cinco veces, y de una “balanza justa” dos veces. De hecho, incluso dice en el Libro de los Proverbios que “la balanza falsa es abominación a Jehová, pero la pesa justa le agrada”. Dado que seguir lo que es “totalmente justo” se aplicaría a nuestras transacciones comerciales, la ausencia de fraude sería esencial para que el precio de cualquier mercancía sea justo. Pero uno buscará en vano en las Escrituras cualquier otro concepto de lo que constituye un precio justo.

    3. Bien o mal, el concepto del precio justo siempre estará asociado con el filósofo y teólogo católico medieval Tomás de Aquino. Tomás de Aquino, nacido alrededor de 1225, es universalmente reconocido como el mayor teólogo de la Iglesia Católica. En su gran resumen de teología, la Summa Theologica, Tomás de Aquino analiza el concepto del precio justo en la sección de su “Tratado sobre la prudencia y la justicia” llamada “De las estafas que se cometen al comprar y vender”.

    4. La idea de que hay un precio justo en un intercambio económico monetario no es solo un fenómeno medieval. Es quizás casi tan antiguo como la propia actividad comercial. El concepto se ha encontrado registrado en antiguas inscripciones babilónicas. Esto no debería sorprendernos, ya que desde el principio de los tiempos no ha habido escasez de personas que pensaron que era asunto suyo ocuparse de los asuntos de los demás. Esto es especialmente cierto en el caso de los burócratas gubernamentales que, en nombre de servir al interés público y proteger a los económicamente desfavorecidos, intervienen violentamente en el libre mercado. El concepto erróneo de Aristóteles de igual valor en un intercambio comercial no solo contribuyó a siglos de pensamiento económico confuso; fue revivido y empleado “como justificación filosófica de la doctrina medieval del precio justo”.

    5. Al igual que sus predecesores, Tomás de Aquino mantuvo la necesidad de un precio justo en cada transacción. Al examinar su enseñanza como un todo, vemos una serie de principios:

    • El comerciante realiza un servicio valioso.
    • El comerciante puede hacer negocios sin pecar
    • Comprar y vender son ventajosos para ambas partes.
    • Falsificar la condición de los bienes en una venta es fraude
    • El precio está influenciado por los cambios en la oferta y la demanda.
    • El precio puede variar según la ubicación.
    • El precio puede variar según el tiempo.
    • El precio es una función de la utilidad.
    • El precio justo es una estimación y no se puede fijar con precisión matemática.
    • El precio justo es el precio de mercado actual
    • El precio debe representar el verdadero valor de los bienes.

    6. Es este último concepto el que desvía a Tomás de Aquino. En lugar de considerar el valor como puramente subjetivo, sostenía que “si el precio excede la cantidad del valor de la cosa, o, por el contrario, la cosa excede el precio, ya no hay igualdad de justicia: y, en consecuencia, vender una cosa por más de su valor, o comprarlo por menos de su valor, es en sí mismo injusto e ilegal”. ser considerable”.  Así como “ningún hombre desea comprar una cosa por más de su valor”, así “ningún hombre debe vender una cosa a otro hombre por más de su valor”. 

    7. A su favor, Santo Tomás de Aquino no prescribió ni las autoridades por las cuales ni los medios por los cuales se haría cumplir cualquier desviación del precio justo. Nunca llamó explícitamente a ninguna acción estatal que no sea el establecimiento de pesos y medidas.

    8. Se dejaría a los escolásticos tomistas españoles del siglo XVI enfatizar que no había una forma objetiva de determinar el precio. El jurista Francisco de Vitoria y sus discípulos de la Escuela de Salamanca sostenían que el precio se basaba simplemente en la oferta y la demanda, sin tener en cuenta los costes ni los gastos laborales. La ineficiencia de los productores, la desgracia de los especuladores y cualquier otra consecuencia negativa de la incompetencia o la mala suerte debían ser soportadas por igual por vendedores y compradores. Incluso el vendedor de lujos, superfluidades y frivolidades podía, en ausencia de “fraude, engaño o coerción”, aceptar cualquier precio que un comprador estuviera dispuesto a pagar. Contrariamente a Jean Gerson, canciller de la Universidad de París, quien antes había “sugerido que la fijación de precios se extendiera a todas las mercancías, sobre la base de que nadie debería presumir de ser más sabio que el legislador”, los seguidores de la Escuela de Salamanca como Martín Azpilcueta y Luis de Molina “se opusieron a toda regulación de precios porque era innecesaria en tiempos de abundancia e ineficaz o dañina en tiempos de escasez”.

    9. Decir que estas ideas fueron descuidadas es una subestimación colosal. La historia del pensamiento económico es la historia del intento de grupos de interés especial y niñeras del gobierno para fijar o regular los precios de los bienes y servicios. Aquí estamos cuatrocientos años después en los Estados Unidos de América, ese gran bastión del capitalismo y los mercados libres, ¿y qué vemos? No vemos nada más que intervencionismo, que, como nos recuerda Mises, “es un método para la transformación del capitalismo en socialismo mediante una serie de pasos sucesivos”.

    10. He sostenido que, en ausencia de fraude —no en ausencia de ignorancia, pereza, codicia o estupidez— cualquier precio acordado entre un comprador voluntario y un vendedor voluntario no solo es el precio justo, sino que solo eso es lo que lo hace el precio justo. Un precio justo por un artículo no existe independientemente de una transacción entre el comprador y el vendedor. Es imposible e inmoral que cualquier organismo gubernamental instituya, regule, controle o recomiende lo que es un precio justo. Es imposible porque el estado no es omnisciente; es inmoral porque el estado no tiene autoridad para intervenir en el mercado.

    11. Esto plantea la cuestión del papel del Estado. He sostenido que sería inmoral que el Estado interviniera en el mercado. En el orden natural de las cosas, es normal comerciar con quien y sobre lo que se desee. ¿Por qué debería considerarse criminal si su vecino interfiere por la fuerza con su compra, venta, alquiler, arrendamiento, o préstamo, pero benevolente si el gobierno lo hace? Se supone que el propósito del gobierno es proteger la vida, la libertad y la propiedad. Y como dijo uno de los antifederalistas: “Para cualquier gobierno hacer más que esto es imposible, y todo el que se queda corto es defectuoso”.

    12. Si existe un precio justo, entonces la medida en que influye en las decisiones de fijación de precios de uno debe ser una función de la religión, la ética y la moralidad, no una función de la ley. Incluso admitiré que, bajo ciertas circunstancias, podría ser inmoral cobrar un precio determinado. Pero eso no significa que deba ser ilegal. Los vicios no son delitos. Decir que el precio justo es un imperativo moral es una cosa, pero convertirlo en un dispositivo legal es otra cosa que abre la lata mortal de gusanos de la intervención del gobierno que nunca se puede cerrar. La separación de mercado y estado es tan importante como la separación de iglesia y estado.

    13, Conclusion. Nuestro llamado no es a la codicia, el lucro o el materialismo, es simplemente laissez-faire. Todo lo que queremos es que el gobierno se mantenga fuera del mercado. No necesitamos un estado niñera más de lo que necesitamos un estado omnipotente. No necesitamos sus leyes de usura. No necesitamos sus leyes comerciales. No necesitamos sus leyes laborales. No necesitamos sus leyes antimonopolio. No necesitamos sus controles de precios. No necesitamos sus regulaciones. No necesitamos sus esquemas de redistribución de la riqueza. Y ciertamente no necesitamos a ningún economista cristiano que defienda cualquiera de estas cosas como si tuvieran una base bíblica. Los mitos económicos son difíciles de morir, y en especial el mito del precio justo. La ignorancia económica es grande y se extiende a los niveles más altos de la sociedad.

    por Lawrence M. Vance

  • Recordando y aprendiendo una lección de Lepanto

    Recordando y aprendiendo una lección de Lepanto

    Introducción de La Botella al Mar: Hace 451 años, la armada católica bajo el mando de Don Juan de Austria derrota la flota musulmana en Lepanto. Este evento se considera clave en frenar la expansión turco-musulmana en el Mediterráneo. Hace 8 años Nicholas Frankovich publica esta nota en First Things, con una reflexión que sigue y seguirá tan vigente como entonces. La compartimos con nuestros lectores para recordar la célebre victoria naval de la Cristiandad y continuar la lucha en nuestros días.


    Durante los meses previos a la Batalla de Lepanto, librada este día hace 443 años, el Papa Pío V instó a los fieles a rezar por la victoria militar contra las fuerzas musulmanas que pretendían asaltar Italia desde la costa del Adriático. Específicamente, instó a los católicos de Europa a rezar diariamente el santísimo rosario de la Santísima Virgen María. Prevaleció la armada cristiana, y en el calendario romano el 7 de octubre fue dedicado a Nuestra Señora de las Victorias.

    Victoria, qué palabra de oro. Los cristianos de épocas anteriores apreciaron su valor. ICXC NIKA, escribieron. Cristus vincit. Cristo es victorioso. O, más coloquialmente, Cristo gana.

    En general, los cristianos en el mundo desarrollado ahora huyen de esa idea. Están medio enamorados de la derrota, para identificarse así mejor con los pobres y los oprimidos, con Cristo en la cruz, como si la abnegación fuera un fin en sí mismo y no el medio para la victoria sobre la muerte y el príncipe de este mundo.

    En su coqueteo con el pacifismo, los cristianos liberales son aprensivos incluso con el la idea del combate espiritual, en parte porque les da vergüenza creer en los espíritus, el orden de criaturas al que pertenecen los espíritus malignos. Es un grave error no hacer distinción entre ellos y nuestro prójimo de carne y hueso, detrás del cual se esconden y utilizan como escudo humano. A veces actúan por él, con él y en él. Puedes reconocerlos en su comportamiento precisamente cuando se vuelve inhumano. Lean la descripción de Michael Novak de lo que Alfa Mustafa infligió al general Marcantonio Bragadino durante el período previo a Lepanto. O recuerden la tortura a los cristianos en nuestros días. Podrías también ver videos de decapitaciones. Pero no lo hagas. Te tentarán a disfrutar de un espíritu vengativo.

    Sabemos que está mal tratar a nuestro prójimo como lo haríamos con el diablo. Necesitamos que se nos recuerde que es igualmente incorrecto tratar al diablo como tratamos a nuestro prójimo.

    por Nicholas Frankovich


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